Por José Luis Sierra Valentí o.p.
Las ciencias de la religión, propiamente dichas, nacen en Occidente en la segunda mitad del siglo XIX, cuando han entrado en crisis las estructuras del pensamiento y del lenguaje religioso tradicionales. Sin embargo, el camino recorrido anteriormente es muy largo. En él las religiones habían ido desarrollando sus sistemas que constan principalmente de un mensaje, cuya expresión central tiene lugar en la celebración, pero que «se acompaña, por una parte, de una ideología explicativa de sí misma y, por otra, de un programa de aplicación, sea ad intra para la vida y organización de sus fieles, sea ad extra para la vida y la organización de la sociedad en la cual se implanta o aspira a controlar» (H. Desroche).Tanto la ideología como el programa necesitan, en segunda instancia, de unas categorías teóricas y prácticas que se aureolan a veces con el carácter de absoluto, propio de lo religioso, pero que con el correr del tiempo algunas de ellas empiezan a aparecer como aleatorias. Se produce entonces una tensión desde dos direcciones: desde dentro, como defensa a ultranza de esas categorías al considerar que, si fallan ellas, falla lo religioso; y desde fuera, como ataque a lo religioso por identificarlo igualmente con esas categorías, ya caducas, en que ha fraguado. Se pone así en marcha un forcejeo, en esa segunda instancia, sobre una cuestión que en el fondo no pertenece a la esencia de lo religioso, sino a la necesidad de irse expresando mediante categorías continuamente renovadas. Al final, todo se resume en una lucha de «representaciones» (míticas, filosóficas, figurativas y hasta folclóricas) más que de realidades.
Esto es, en apretado resumen y marcando las tintas, lo ocurrido en Occidente en las relaciones entre la religión y la ciencia o, mejor, sus distintas ciencias: de la naturaleza, del hombre, de la sociedad y de la misma religión. Así, trabajosamente y salvando escollos y esquizofrenias, es como se fueron clarificando los objetivos de las llamadas «ciencias de la religión» a medida que se iba configurando cada una de ellas.