ESTRUCTURA HOLÍSTICA DEL SER HUMANO
El ser humano concebido de modo holístico,
o sea en su totalidad, es todo él intercomunicado. Sus
aspectos somáticos, psicológicos, culturales, axiológicos… se
interconectan formando un todo único. Así, pues, sus
búsquedas, sus experiencias sensibles tienen necesidad de
manifestarse no sólo en esta área sino que llama en su ayuda
a otras partes del cuerpo, de la cultura… etc. La experiencia
religiosa se vive y se expresa a través de palabras, gestos,
acciones, comportamientos...
Vamos a analizar los elementos más típicos
de la expresión religiosa. Hemos de advertir que la mayoría
de ellos son "expresiones simbólicas" y, por lo tanto, si
queremos entenderlos, no debemos quedarnos en ellos mismos,
sino que debemos mirar hacia la realidad que simbolizan.
1. EL MITO
El mito religioso es un relato,
generalmente dramático, situado en un pasado remoto, que
tiene como finalidad explicar el porqué y el para qué de lo
que existe, referido al Misterio Ultimo.
Hay mitos de muy diversas clases. Los hay
que se refieren a los orígenes de los dioses (teogonías) o
del universo (cosmogonías). Otros son explicaciones de
ciertos aspectos de la creación (mitos cosmogónicos) o del
hombre (mitos antropológicos) o del fin del mundo (mitos
escatológicos), etc.
Los mitos teístas –teogonías, cosmogonías,
apocalipticos– tienen a la divinidad por objeto y expresan
las relaciones fundamentales entre Dios, creador de todo
bien, y el hombre, que sabe que el mundo pertenece a Otro.
Los mitos antropológicos tienen al hombre
como protagonista de los mitos (por ejemplo: origen de la
guerra (Caín y Abel); libertad y responsabilidad del cuidado
del universo (cuidado del Paraíso…), la desviación y
contradicción humana (el tema adánico de la caída). Así
también el mito órfico, centrado en la migración de las almas
y en su reencarnación indefinida en los cuerpos, que son
cárceles del alma...
Todos ellos tienen como función explicar
el sentido de aquello que el hombre encuentra en su
existencia. Pero, con facilidad, pueden ser interpretados
erróneamente, si no conocemos la estructura mítica con que
están construidos.
Todo mito posee una parte externa, un
lenguaje, unos referentes culturales, una poesía metafórica…
que actúa como envoltorio. Y un contenido profundo, más
abstracto e ideológico que es lo que se nos quiere
manifestar. Es el objetivo del mito. Llegar a entender este
aspecto es fundamental.
Si nos quedamos sólo en el relato
literario (la letra del mito), descubriremos que es una
ficción; lo que se nos narra es un acontecimiento que no ha
ocurrido así o simplemente se ha inventado de planta. Pero si
atendemos al significado del mito, vemos que el mito es real,
describe la realidad de la vida del hombre y proclama la
verdad de esa realidad. Por eso el mito es un relato en el
que el hombre religioso se identifica siempre con él. En él
ve reflejada su propia existencia y la entiende así, llena de
sentido. El mito es lo que el misterio quiere manifestar al
hombre. Comprenderlo es comprender un poco más al Misterio, a
lo Santo.
2. LA DOCTRINA RELIGIOSA
La doctrina religiosa supone un mayor
grado de abstracción que el mito. Se desarrolla a través de
aclamaciones cúlticas (culto), fórmulas dogmáticas
(confesiones de fe), normas prácticas de conducta (moral),
elaboración sistemática de la fe de una comunidad (teología)
e integración racional de la misma en la visión que el hombre
tiene de sí y del mundo, etc.
a) El cauce normal para que se exprese
la actitud religiosa (o culto) es una institución religiosa.
Tres elementos son necesarios para ello: uno, girarse hacia
el Absoluto, es decir, una espiritualidad (una mística);
otro, una simbólica expresiva, es decir, una mítica (unos
símbolos); y tercero, una regulación social y unifomadora de
las formas de expresividad (unos ritos). Esta organización
hace que la mística sea vivida y que la mítica sea
comunicable. Ritos y mitos, además de unir a la divinidad,
refuerzan la solidaridad del grupo.
b) Con el culto la actitud religiosa
se exterioriza y se convierte en un acto compartido y
gratificante de vivir el misterio a través de la alegría (fascinans)
o del temor (tremens) que produce en nosotros. Sus funciones
son: Indicar lo que sucedió en la actuación divina;
escenificar lo que significa en el "aquí" y "ahora" de la
celebración; y periodizar cuanto se ha realizado en unos
momentos cronológicos (fiestas) y en un espacio acotado
(templos)
c) Los principales actos de culto son:
la oración (invocación reverente que eleva todo el ser hacia
el Misterio en una actitud de apertura hacia lo santo; y los
rituales propiamente dichos, que vienen a ser la
identificación con el mito que se expresa y se exterioriza
mediante una serie de acciones (ritos), gestos (símbolos) y
palabras (oraciones).
d) La oración. La oración es la
palabra por la que el hombre religioso eleva su mente, su
corazón y todo su ser hacia el Misterio Ultimo en una
alabanza, una súplica, e incluso, a veces, en una queja. La
oración es, probablemente, la expresión religiosa más típica
y más auténtica. Es el reconocimiento más patente de que toda
la existencia está referida al Misterio Ultimo.
La oración brota de un sentimiento de
dependencia, pero en todas las religiones su lenguaje es más
próximo al amor y a la poesía que al temor. Cuando hacemos un
recorrido por todas las formas de oración que nos ofrecen las
distintas religiones, vemos que el hombre religioso vive una
serena confianza y una gran paz ante la divinidad.
Hemos de distinguir entre oración y
"conjuro". El conjuro es una fórmula mágica, uno de los
componentes imprescindibles en la técnica de la magia. La
recitación del conjuro tiene como finalidad producir un
efecto "sobrenatural" (o más bien de control de lo oculto).
A veces hay personas que hacen un uso
mágico de la oración recitando sus fórmulas para conseguir
"automáticamente" algo, pero está claro que no se trata aquí
de una práctica religiosa. No es ése el sentido auténtico de
la oración, ni siquiera en las religiones primitivas. La
oración es un sentimiento de abandono, de confianza, de
reconocimiento fascinador, de temor obediente, o de rebeldía
racional frente a lo Santo, frente al Misterio que se nos
manifiesta. Un juego variadísimo de oraciones encontramos en
todas las religiones.
e) El rito. Como hemos dicho
antes, el hombre religioso se identifica con el arquetipo de
su existencia, reflejado en el mito. Esa identificación no se
produce sólo de forma subjetiva, sino que se expresa, se
exterioriza mediante una serie de acciones y gestos. Son los
ritos.
En las religiones mito y rito aparecen
íntimamente ligados. El mito es la palabra sagrada y el rito
la acción que la hace presente aquí y ahora. O bien, al
revés, el rito es la acción sagrada y el mito la palabra que
la explica y la motiva.
Existen ritos de conjuro para alejar
peligros o evitar daños (el ruido, el soplo, la saliva, el
fuego, el agua y otros gestos); ritos de tránsito, que
garantizan el éxito futuro de los momentos de transición de
que se compone la vida natural (el nacimiento, la pubertad,
el matrimonio, la muerte); ritos de sacrificio, que introduce
en el ámbito de lo sagrado una realidad profana (la
"víctima") para consagrarla y que, al ponerse del lado de la
divinidad, queda separada de sus usos profanos, con lo que
queda asegurada la expiación y la comunión.
El mito expresa con palabras el mundo de
lo trascendente y el rito lo hace presente. Así, por el rito,
el hombre manifiesta "aquí" (templo, santuario…) y "ahora"
(celebración, liturgia, fiesta….) con gestos, acciones y
palabras la relación de unión o de compenetración entre la
propia vida del hombre (lo Profano) y la realidad
sobre-natural (lo Santo). El hombre religioso cree en la
"eficacia de los ritos", no porque se trate de una acción
mágica, sino porque son el lugar de encuentro con lo
trascendente (un sacramento) y porque, en definitiva, dan un
auténtico sentido a la existencia.
f) Las leyes de pureza. Otro elemento
que nos encontramos en todas las religiones es el conjunto de
leyes de prohibición de "lo impuro" y de adquisición de la
pureza. Veamos su sentido.
El "tabú" y la impureza: "Lo que -con
la palabra indonesia adoptada por los etnólogos- se llama
‘tabú’ es precisamente esa condición de los objetos, de las
acciones o de las personas ‘aisladas’, ‘prohibidas’ por el
peligro que su contacto lleva consigo. En general es o se
convierte en tabú todo objeto, acción o persona que aparezca
poseída por la fuerza de una naturaleza más o menos incierta"
(Mircea Eliade)
Mediante el tabú se pretende evitar ser
contagiado o poseído por esa fuerza de naturaleza incierta.
Se elude el contacto con situaciones, objetos o personas que
la tengan: se aísla a los muertos, a los enfermos, a la mujer
en menstruación, a determinados animales, al sexo, a
determinadas zonas geográficas... Todo esto es tabú.
La persona que no respeta el tabú se
convierte en impura. El hombre impuro es aislado a su vez.
Pierde su capacidad de relación, incluso con el Misterio
Ultimo, ya que lo divino es sobrenaturalmente puro,
incontaminado, inmutable, santo.
Las leyes de pureza y la moral:
Paralelamente al ‘tabú’, encontramos en las religiones una
serie de leyes para obtener la pureza requerida en el hombre.
Tienen una doble finalidad: restablecer el orden perturbado
por la trasgresión del tabú y hacer al hombre capaz de
relacionarse con el Misterio Ultimo. Podemos decir que todas
las normas morales de las religiones tienen aquí su
justificación. Incluso las normas de relación con el prójimo
encuentran su explicación última en la necesidad de
presentarse puro ante la divinidad.
Hay que acomodar la propia persona a la
‘santidad’ del Misterio Ultimo para poder relacionarse con
él, y así alcanzar la plenitud de la propia existencia. En el
fondo, todo se reduce, como dice el libro del Levítico, a un
solo precepto: ‘Sed santos, porque yo, Yawé, vuestro Dios,
soy Santo’ (Lv.19,2)"
3. MANIFESTACIONES EN LA ÉTICA, LA
ESTÉTICA Y LA SOCIEDAD
Otras manifestaciones externas de la
actitud religiosa se dan en la ética, la estética y la
sociedad.
a) En la ética. Si no se puede reducir
la religión a la moral, lo que sí resulta claro es la
ineludible repercusión de la vivencia religiosa en las
costumbres. ¿Por qué? Porque la relación del hombre religioso
con lo divino es totalizadora y abarca todas las facetas y
dimensiones del ser humano. Así también la dimensión
operativa o ética de la persona.
Si las pautas de conducta dependen de los
valores y del misterio (lo santo), la relación con Él ha de
implicar obligaciones morales y de relación con los demás. Si
lo Santo abre al hombre a la esperanza y a la fascinación con
el Más Allá (el otro nivel), lo que sucede aquí no puede, ni
debe seguir deshumanizando a las personas, autoderrotándolas
obligándolas a vivir una existencia sin horizonte.
En fin, la fe en lo Santo y su adoración
son hechos sociales que conllevan ordenaciones morales y
jurídicas a las que llamamos una actitud de exigencia moral (
ej. moral budista, moral hinduista, moral cristiana…)
b) En la estética. La actitud
religiosa se manifiesta también en el arte, en una manera muy
especial de arte: el arte "religioso". Este es un medio
privilegiado de comunicación inter-subjetiva. El objetivo de
dicha comunicación no es primariamente una verdad sino un
sentimiento, una emoción, que implica por sí misma esa
vivencia (el ámbito de lo sagrado).
Íntimamente emparentado con la
espiritualidad y la mística el arte religioso manifiesta una
pluralidad de templos, estatuas, símbolos, objetos de culto…
que invaden la mayor parte del arte desarrollado por el ser
humano. El arte religioso tiene también su simbolismo y sus
interpretaciones pedagógicas y catequéticas conectadas con la
doctrina y los mitos.
c) En la sociedad. Sin pretender medir
el grado de influencia de la religión sobre la sociedad o
viceversa, hay que reconocer que el carácter social es
constitutivo de la actitud religiosa como expresión de la
misma, hasta el punto de que la experiencia religiosa
individual debe homologarse con la colectiva. No se salva uno
solo sino junto con otros.
La razón es simple: la absoluta
superioridad axiológica (de los valores) de la religión
(axiología de máximos) respecto a un mundo intra-profano (una
axiología de mínimos).
Cualquier nueva comunidad religiosa se
organiza: creando símbolos religiosos (el culto edifica la
comunidad); elaborando relatos religiosos (mitos explicativos
de la vida); fijando en fórmulas dogmáticas (las creencias
del grupo); proveyéndose de un ceremonial litúrgico para la
celebración comunitaria. Dichos aspectos fomentan la cohesión
social, estructurando unos estamentos de personas
especializadas (jerarquía social, magisterial y sacerdotal).
4. MEDIACIONES EN LAS QUE SE HACE PRESENTE
EL MISTERIO ("HIEROFANÍAS")
Entendemos por "hierofanía" la
manifestación de la realidad trascendente en una realidad
mundana. "Lo sagrado se manifiesta en un objeto profano" (M.Eliade).
La existencia de las hierofanías es un hecho fácilmente
observable en todas las religiones. Además de muy numerosas,
esas realidades son muy variadas. Toda la historia religiosa
es un proceso permanente de sacralización de determinadas
realidades antes tenidas por profanas y por otro lado de un
proceso de secularización de otras antes consideradas
sagradas. Pero la hierofanía («algo sagrado se nos muestra»)
tiene su estructura.
El lugar hierofánico elegido suele estar
ubicado en la misma la naturaleza (un monte, un río, un
nacimiento, un camino), y también la historia y los
acontecimientos de un pueblo (es el caso de la historia
religiosa de Israel). Se materializa en la misma persona
humana. Lo santo se presenta bajo un aspecto humano. Avatares
de Krishna (Hinduismo), Jesucristo (Cristianismo)
Hay además una ruptura de nivel gloriosa y
triunfal. Lo Santo se manifiesta con esplendor, con gloria,
colorido, sonidos, impresiones sobre-humanas ("por encima de
lo que el ojo vio, el oído oyó, la mente entendió…")
La hierofanía es una limitación del
Misterio. En todas las clases de hierofanía el Misterio se
acerca al hombre, se mundaniza, se objetiva, se limita, para
ser captado mejor por éste. El Misterio se hace presente en
las realidades hierofánicas, pero se hace presente como
Misterio, es decir, que no se convierte en objeto del mundo.
Las realidades mundanas quedan así "transfiguradas"; son
convertidas en símbolos (la zarza ardiendo) de una realidad
invisible que, sin perder su condición invisible, se hace
presente a través de ellas. Es indudable que el hombre no
inventa esos símbolos por completo, pero también parece claro
que el hombre interviene en el proceso hierófanico
proyectando sus categorías culturales y su experiencia
interna.
Existen, también, otras manifestaciones
relacionadas con el misterio hierofánico. En íntima conexión
con las mediaciones en que el Misterio se hace presente al
hombre se sitúan las expresiones de todo tipo en que el
hombre manifiesta, y así vive y realiza, su actitud interior
de acatamiento y de adoración ante el Misterio.
Así las diferentes capacidades del hombre
hacen surgir manifestaciones diferentes de reconocimiento de
la trascendencia.
- Su capacidad espacial provoca la
creación de lugares sagrados, santuarios...
- Su capacidad temporal provoca tiempos
litúrgicos o sagrados, fiestas...
- Su capacidad racional provoca doctrinas,
dogmas, teologías...
- Su capacidad sentimental provoca
fervores y emociones religiosas...
- Su capacidad social provoca grupos,
comunidades, iglesias, sectas...
CONCLUSIÓN
Las religiones, sobre todo las
monoteístas, reclaman una vivencia no sólo individual de sus
creencias sino también social: el "creo" va unido al
"creemos". No se trata de negar las diversidades sino de
confrontarlas para enriquecer, fortalecer y compartir las
creencias.
Difícilmente habrá una fe sin práctica,
sin ética. Una y otra se inscriben en la realidad humana. Si
la experiencia espiritual se sitúa en el lugar más íntimo del
ser, éste precisa de una fundamentación de su fe
contrastándola con la comunidad o institución de creyentes de
su mismo credo, incluso de otros credos.
Cuando la fe es comprometida y
comprometedora, precisa de la ayuda de quienes están más
capacitados por razonables motivos para orientar la pureza y
el sentido de las creencias. Mientras encauza, fortifica la
convivencia y salvaguarda de fanatismos o de la seducción de
las sectas, la creencia religiosa esquiva tanto el vértigo
del individualismo como el del colectivismo.