|
DÍA 1
SALMO 62: EL ALMA SEDIENTA DE DIOS
¡Oh Dios!, tú eres mi Dios, por ti madrugo,
mi alma está sedienta de ti
mi carne tiene ansia de ti,
como tierra reseca, agostada, sin agua.
|
¡Cómo te contemplaba en el santuario
viendo tu fuerza y tu gloria!
Tu gracia vale más que la vida,
te alabarán mis labios.
Toda mi vida te bendeciré
y alzaré las manos invocándote.
Me saciaré de manjares exquisitos,
y mis labios te alabarán jubilosos.
En el lecho me acuerdo de ti
y velando medito en ti,
porque fuiste mi auxilio,
y a la sombra de tus alas canto con júbilo;
mi alma está unida a ti,
y tu diestra me sostiene.
REFLEXIÓN Parece que nuestra época ha descubierto la oración íntima. Este Salmo expresa la oración de un hombre muy avanzado en el camino de la oración. Sus actitudes religiosas son de tal sublimidad e intensidad mística, que al hacerlas nuestras, nos sentimos poco sinceros. ¿Quién de nosotros puede decir lealmente: “Permanezco horas enteras hablándote, mi Dios”; o esto otro: “Te busco desde la aurora..., mi alma tiene sed de Ti”?...
Ahora bien, quizá, en el contexto materialista del mundo moderno, a fuerza de recitar y repetir las palabras ardientes del Salmo — ¡palabras inspiradas por Dios! — nuestros corazones se transformarán poco a poco y “los labios alegres”, “el grito de alegría”, “los ojos ardientes”... acabarán por arrastrar también lo profundo del corazón (Noël Quesson).
SANTORAL ROMANO
Ss. Venancio, Hugo, Celso, Dodolino, Prudencio, Leuconio, Melitón obs.; Víctor, Esteban, Teodora, Marcela, Qinciano, Ireneo ms.; Vinebaldo, Valerio, Walerico, Macario abds. |