Tañed para el Señor fieles suyos,
dad gracias a su nombre santo;
su cólera dura un instante;
su bondad, de por vida;
al atardecer nos visita el llanto,
por la mañana, el jubilo.
Yo pensaba muy seguro: "No vacilaré jamás".
Tu bondad Señor, me aseguraba el honor y la fuerza;
pero escondiste tu rostro, y quedé desconcertado.
A ti, Señor, llamé, supliqué a mi Dios:
"¿Qué ganas con mi muerte,
con que yo baje a la fosa?
¿Te va ha dar gracias el polvo,
o va a proclamar tu lealtad?
Escucha, Señor, y ten piedad de mí;
Señor, socórreme".
REFLEXIÓN
El Misterio Pascual es el corazón de la fe cristiana. Un cristiano no es simplemente alguien que “cree en Dios”. Esto lo hacen prácticamente todas las grandes religiones. Lo específico del cristiano es que nosotros “creemos en Jesucristo muerto y resucitado”. El credo primitivo se resumía en esta breve afirmación. En nuestros tiempos actuales, ávidos de síntesis concretas, el cuerpo de Cristo resucitado es uno de los polos que resumen todo.
Cualquier persona tiene conciencia de que la humanidad está “herida, enferma”. Cuando todo va bien, cuando estamos contentos, tenemos la tentación de decir: “¡Jamás nada me turbará!” Ésta es la gran tentación del hombre moderno: creer que ha dominado las fuerzas nocivas. De ahí, el riesgo de alejarse de Dios: “¡No necesito de Él, me bastan mis fuerzas!” Sin embargo basta poca cosa, basta que Dios “oculte su rostro” y todo está perdido. Sin Dios el hombre es poca cosa. Por eso los cristianos creemos que Dios envió a su Hijo para curar la humanidad herida y enferma por el pecado (Noël Quesson).
SANTORAL ROMANO
Ss. Hermenegildo, Eugenia de Córdoba, Martín I p. ms.; Carpo, Urso, obs.; Pápilo, Agatónica, Agatodoro, Eleuterio, Zoilo, Teodosio, Justino, Quintiliano, Dadas ms.; bta. Margarita de Città di Castell, o.p.