El Señor es benigno y justo,
nuestro Dios es compasivo;
el Señor guarda a los sencillos:
estando yo sin fuerzas me salvó.
Alma mía, recobra tu calma,
que el Señor fue benigno contigo:
arrancó mi vida de la muerte,
mis ojos de las lágrimas
mis pies de la caída.
¡Caminaré en presencia del Señor
en el país de la vida!
REFLEXIÓN
Jesús cantó este Salmo en la tarde del Jueves Santo, en acción de gracias por su última Cena antes de la pasión. Esta circunstancia no impide que lo recitemos nosotros por los oprimidos de hoy, los desesperados de hoy, los enfermos graves de hoy. La imagen de la “red de muerte” y de los “lazos del abismo” es sugestiva. Cuántos hombres y mujeres de nuestro mundo están “atados”, inmovilizados por limitaciones físicas, sociológicas o morales, de las cuales no pueden librarse.
Recitar los salmos, orar con ellos no es de ninguna manera marginarse de la realidad de este mundo. Nuestro “oficio litúrgico” es justamente orar por todas las necesidades del mundo. La condición humana en su totalidad está presente en los salmos (Noël Quesson).
SANTORAL ROMANO
Ntra. Sra. de Montserrat; Ss. Tertuliano, Antimo, Teófilo obs.; Anastasio p.; Pedro Armengol cf.; Cástor, Esteban ms.; Zita v.; Zósimo mj.; Teodoro, Juan abds.; Pedro Canisio cf.; bta. Hosanna de Kotor, o.p.