Sujetas los párpados de mis ojos,
y la agitación no me deja hablar.
Repaso los días antiguos,
recuerdo los años remotos;
de noche lo pienso en mis adentros,
y meditándolo me pregunto:
¿Es que el Señor nos rechaza para siempre
y ya no volverá a favorecernos?
¿Se ha agotado ya su misericordia,
se ha terminado para siempre su promesa?
¿Es que Dios se ha olvidado de su bondad,
o la cólera cierra sus entrañas?
REFLEXIÓN
En la noche de su agonía, y en el Gólgota, Jesús experimentó también el sentimiento de estar abandonado por Dios: “Dios mío, Dios mío ¿por qué me has abandonado? (Mc 15,34). Cuando el salmista dice “de noche extiendo mis manos sin descanso”, podemos orar con los enfermos, con los perseguidos, con los encarcelados, con los parados, para quienes las noches son largas horas de insomnio...
Pero este Salmo nos brinda la ocasión de entender la oración como lucha. Frecuentemente consideramos la oración como un “discurso”, cuando ante todo es un “acto”. El hombre que ora no gimotea, lucha. En este Salmo tenemos a un hombre decidido a ir hasta las últimas consecuencias en su combate: “Se alzan mis manos sin descanso... Mi alma rehúsa el consuelo”. Jesús nos dio ejemplo en esta obstinada perseverancia, que hace de la oración algo muy distinto a “huir de la realidad” (Noël Quesson).
SANTORAL ROMANO
Ss. Juan Bautista de la Salle fd.; Peleusio pb.; Donato, Rufino, Aquilina, Calopio, Ciriaco ms.; Epifanio, Estanislao, Perpetuo, Saturnino obs.; Afraates anac.; Tetelmo, Hegesipo cf.