En ti confiaban nuestros padres;
confiaban y los ponías a salvo;
a ti gritaban, y quedaban libres;
en ti confiaban, y no los defraudaste.
Pero yo soy un gusano, no un hombre,
vergüenza de la gente, desprecio del pueblo;
al verme, se burlan de mí,
hacen visajes, menean la cabeza:
”acudió al Señor, que lo ponga a salvo;
que lo libre si tanto lo quiere”...
Mi garganta está seca como una teja,
la lengua se me pega al paladar;
me aprietas contra el polvo de la muerte.
Me acorrala una jauría de mastines,
me cerca una banda de malhechores;
me taladran las manos y los pies,
puedo contar mis huesos.
REFLEXIÓN
El Viernes Santo se dieron en Jesús hasta los más mínimos detalles sugeridos por el salmista: la agonía, la infamia del suplicio, la sed, los miembros dislocados, la sangre que mana de pies y manos, el golpe de gracia con la lanza, las vestiduras dadas a los verdugos, los insultos, las acusaciones... Se expresa un punzante sufrimiento, casi insoportable en su realismo, pero Jesús no tiene rabia ni lanza maldiciones contra sus verdugos. Gime, sí, pero expresa su dolor en medio de una paz profunda, con acentos de esperanza: “En Ti esperaron nuestros padres”, “Tú eres mi Dios”...
El ritmo de este Salmo nos permite llegar a lo profundo del alma de Jesús: “¡Dios mío, Dios mío!, ¿por qué me has desamparado?”. Pero la resurrección, la gloria y la alabanza estaban en su corazón mientras permanecía en la cruz (Noël Quesson)
SANTORAL ROMANO
Ss. María Cleofé, Casilda de Toledo cfs.; Prócoro, Demetrio, Conceso, Hilario, Eusiquio, Heliodoro, Basilio, Rufino, Isidoro, Eugeniano, Celso, Anastasio ms.; Acacio, Marcelo, Hugo obs.; Waldetrudis v.