Y dijeron aquellos jefes al rey: “Ea, hágase morir a ese hombre, porque con eso desmoraliza a los guerreros que quedan en esta ciudad y a toda la plebe, diciéndoles tales cosas. Porque este hombre no procura en absoluto el bien del pueblo, sino su daño”. Dijo el rey Sedecías: “Ahí le tenéis en vuestras manos, pues nada podría el rey contra vosotros”.
Ellos se apoderaron de Jeremías, y lo echaron a la cisterna de Malkiyías, hijo del rey, que había en el patio de la guardia, descolgando a Jeremías con sogas. En el pozo no había agua, sino fango, y Jeremías se hundió en el fango
(Jeremías, 38, 3-6).
REFLEXIÓN
Tranquilos, que el rey, bien aconsejado, se arrepiente y ordena que saquen a Jeremías de la cisterna. Con lo cual lo único que consigue es que el pobre Jeremías siga pasándolo mal en todos los capítulos que faltan de su libro.
Es el destino de los profetas: pasarlo mal. Y es que Dios suele ponerlos en un aprieto muy serio: les ordena que digan en el momento humanamente más inoportuno, a los menos inclinados a hacerles caso, algo que ninguno de ellos tiene las más mínimas ganas de oír. Y claro, la reacción de esa gente es la de siempre: matar al mensajero, como dicen que acostumbraban a hacer algunos reyes de épocas oscuras cuando alguien les llevaba malas noticias.
Los profetas son necesarios, pero son también incómodos. Dicen verdades como puños, pero no suelen ser aceptadas. Amenazan –o amenazaban, porque ahora parece que nos hemos vuelto más “educados”– con la ira de Dios, y eso no le gusta a nadie. Dicen hacia dónde hay que ir, pero la gente va por la vida en sentido contrario.
Decididamente, son un incordio. Y lo malo es que siguen siéndolo.
Porque también hoy hacen falta profetas que hagan como Jeremías. Personas que, quizá con palabras menos tremendistas que las de entonces, digan también verdades como puños a gente que no quiere escucharlas. Personas que se la jueguen ante la injusticia de unos gobernantes, o ante el racismo de unos energúmenos, o ante los atropellos de unos poderosos, o ante los crímenes de unos irresponsables.
Personas que sepan que arriesgan su vida por decir lo que dicen, o por hacer lo que hacen, o por vivir lo que viven. Personas valientes que nos hagan valientes a los demás, que no lo somos; personas que sean nuestro ejemplo; personas que nos contagien, que buena falta nos hace.
Pero... ¿nos dejamos contagiar?... Y, más difícil todavía, ¿estamos dispuestos a ser nosotros también profetas?... Porque no abundan, y nos hacen mucha falta.
SANTORAL ROMANO
Ss. Queremón, Hunguero obs.; Demetrio, Honorato, Floro, Flaviano, Isquirión, Zenón ms.; Adam, Ultán confesores.