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con Dios
LA PALABRA DE DIOS ES
"ESPÍRITU Y VIDA"

DICIEMBRE 2005

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Por Javier Laveaga Vitoria, dominico

DÍA 29

TOMÁS EL DESCONFIADO 

Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Los otros discípulos le decían: “Hemos visto al Señor”. Pero él les contestó: “Si no veo en sus manos la señal de los clavos y no meto mi dedo en el agujero de los clavos y no meto mi mano en su costado, no creeré”.


Ocho días después estaban otra vez sus discípulos dentro y Tomás con ellos. Se presentó Jesús en medio estando las puertas cerradas, y dijo: “La paz con vosotros”. Luego dice a Tomás: “Acerca aquí tu dedo y mira mis manos; trae tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo sino creyente”. Tomás le contestó: “Señor mío y Dios mío”. Dícele Jesús: “Porque me has visto has creído. Dichosos los que no han visto y han creído” (Juan, 20, 24-29).

 

REFLEXIÓN

Hay momentos en que uno desearía que se lo tragase la tierra. Y estoy seguro de que, para Tomás, éste fue uno de ellos.

La verdad es que el evangelista lo escenifica perfectamente. Cuando leemos el texto nos parece estar viendo la escena, con Jesús que aparece de repente y Tomás que se queda sucesivamente lívido, asustado, avergonzado y finalmente arrepentido. Su “Señor mío y Dios mío” no es el final que arregla todo. Todavía le queda por escuchar la última reconvención de Jesús: “Porque has visto has creído...”

Lo que en aquellos momentos sucede es tan novelesco que corremos el peligro de quedarnos con lo que allí se cuenta y no llegar más allá del personaje. Un personaje que hasta se nos hace simpático después del ridículo que acaba de hacer.

La verdad es que deberíamos ponernos a pensar unos momentos en que hay muchos “Tomás” por ahí –y quizá nosotros seamos uno de ellos– que no se fían de nada ni de nadie, que niegan hasta lo más evidente, que no quieren ceder un ápice en sus opiniones, que quieren ser siempre los que tienen la razón y que posiblemente, si se encontraran en una situación como la de Tomás, le pedirían a Jesús el carnet de identidad antes de arrodillarse –si es que se arrodillaban– ante Él.

Estoy seguro de que la fe de Tomás cambió radicalmente después de aquel encuentro con Jesús. Y supongo también que el resto de su vida lo pasó arrepentido y deseando borrar aquel episodio desafortunado. Pero no sé si nosotros estaríamos también dispuestos a hacer otro tanto.

Porque por mucho que Jesús nos lo critique solemos estar más dispuestos a permanecer en nuestro error que a aceptar que los demás tienen la razón.

 

SANTORAL ROMANO

Ss. Tomás Becket ob. y m.; Trófimo, Teodo­ra, Alberto cfs.; Calixto, Félix, Bonifacio, Do­mingo, Víctor, Primiano ms.; Crescente, Cas­trense obs.; Ebrulfo, Vidal, Marcelo abds.; David rey y prof.