Sucedió que, yendo de camino, cuando estaba cerca de Damasco, de repente le rodeó una luz venida del cielo, cayó en tierra y oyó una voz que le decía: “Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?” Él respondió: “¿Quien eres tú, Señor?” Y él: “Yo soy Jesús, a quien tú persigues. Pero levántate, entra en la ciudad y se te dirá lo que debes hacer”.
Los hombres que iban con él se habían detenido mudos de espanto; oían la voz, pero no veían a nadie. Saulo se levantó del suelo y, aunque tenía los ojos abiertos, no veía nada. Le llevaron de la mano y le hicieron entrar en Damasco (Hechos, 9, 1-8)
REFLEXIÓN
Hay frases y acontecimientos en la Biblia que nos pasan desapercibidos, o que los olvidamos con facilidad poco después de leer el texto. No ocurre lo mismo en este caso. ¿Quién no recuerda el encuentro del camino de Damasco y, sobre todo, quién no tiene grabada en su memoria la frase “Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues”.
Cada vez que leo este texto me viene a la memoria un cuadro de Caravaggio, el pintor barroco italiano del claroscuro. En él se ve a Pablo –Saulo todavía– tendido en el suelo, con las manos levantadas hacia la voz que oye, y al pie de su caballo. Todo ello pintado con zonas del cuadro muy iluminadas y otras absolutamente tenebrosas.
Y pienso en este cuadro porque nuestra vida, como la de Saulo, está siempre compuesta de luces y de sombras, de buenos y malos momentos, de problemas y soluciones.
Saulo vivía en tinieblas, y de repente se le hizo la luz. Es curiosa la paradoja: en realidad, Saulo no se queda ciego en el encuentro con el Señor. Saulo estaba ciego antes, ciego de furia contra los discípulos de ese mismo Jesús con el que se encuentra ahora. Y en ese momento, cuando parece quedarse ciego, es cuando empieza a ver. Tardará un poco, claro está, porque un cambio radical en la vida requiere tiempo, pero llegará a la luz que es Cristo.
Saulo necesitó caerse del caballo para encontrar un camino distinto del que estaba recorriendo. Quizá nosotros necesitemos también algo parecido, quizá necesitemos –o mejor, seguro que necesitamos– un encuentro con Cristo que nos haga salir de nuestra ceguera y nos encamine hacia una luz nueva.
Un desengaño, la muerte de alguien muy querido, una nueva amistad, un ambiente, un lugar que nos impresione, y tantas otras cosas, pueden representar para nosotros un encuentro que cambie nuestra vida.
Pablo tuvo ese encuentro y cambió. ¿Estamos dispuestos nosotros a cambiar? Porque si sólo nos parecemos a Pablo en que nos encontramos con Dios y no en que cambiamos nuestra vida, ¿no os parece que nos estaríamos quedando a mitad de camino y nunca llegaríamos a nuestro destino?...
SANTORAL ROMANO
Ss. Francisco Javier, Agrícola cfs.; Claudio, Crispín, Hilaria, Mauro, Jasón, Esteban, Casiano, Víctor, julio ms.; Atalia abdsa.; Audencio, Carpo, Lucio obs.; Teodoro ptca.; Teódulo estilita; Sofonías profeta.