REFLEXIÓN PERSONAL ¡Cuántas veces he buscado un maestro que me indique el camino que conduce a Dios! Es cierto que los libros me han enseñado muchas cosas, pero no me responden a las preguntas que yo me hago. ¿Dónde estará ese maestro? Y sin embargo la respuesta es muy sencilla: basta con que mire a mi alrededor. Todo cuanto existe me enseña una faceta del camino. Puede que no sea la respuesta a una pregunta que yo quiero hacer, pero sin duda es la respuesta a la pregunta que más necesito saber.
Quizás yo busco que mi maestro sea un anciano venerable, cuya simple presencia impresione. Quizás pretendo que su sabiduría sea apabullante, que sepa el por qué de todas las cosas que yo ignoro. O que sea valiente, o que sea hermoso, o que sea ....
Y Dios responde a mi petición enviándome el maestro adecuado, el que me conviene en este momento: ¡quizás en la figura de una abeja! Pero, ¿qué puede enseñarme a mí una abeja? Mira la abeja; parece que no sirve para nada; es de los seres más pequeños entre los que vuelan, pero sin embargo almacena el alimento más dulce para la boca de los hombres.
Así ocurre con todas las cosas: si las miramos bien, son un maestro que nos enseña la dulce esencia de su saber, como la abeja.
SANTORAL ROMANO
Ss. Higinio, Palemón, Salvio, Leucio, Donato, Agento, Pedro, Severo, Teodosio, Honorata...
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