¡Quién pusiera un cómitre sobre mis pensamientos / y un sabio instructor en mi mente / que no perdonase mis ignorancias ni disimulase mis pecados! / Para que no aumenten mis ignorancias / ni se multipliquen mis pecados; / para que no caiga ante mis adversarios / ni se alegre el enemigo de mi ruina.
Señor, Padre y Dueño de mi vida, / no me entregues a su capricho; / no permitas que mis ojos sean soberbios, / aparta de mí los malos deseos; / gula y lujuria no se apoderen de mí, / no me entregues a pasión vergonzosa (Eclo 22,27 – 23,6)
REFLEXIÓN PERSONAL
Las palabras del Sabio han ganado mi corazón y he tomado la decisión de seguir la senda que él me dice lleva a la felicidad. Sin embargo, ¡estoy tan acostumbrado a buscar la felicidad de un modo equivocado! Por eso no la he encontrado nunca. He mirado siempre en mi provecho inmediato únicamente. He prescindido siempre de mirar lo que pueda hacer feliz al que está a mi lado.
Mis palabras han sido tantas veces para impresionar a los demás, mostrándoles lo mucho que soy y lo mucho que valgo, que he acabado yo mismo creyéndolas. Pero como no son ciertas, no me han proporcionado felicidad, sino que me han engañado aún más. He querido tanto que los demás admirasen mi poder, mi inteligencia, mi habilidad que he ido creando un personaje ficticio de mí mismo. Hoy me cuesta mucho trabajo seguir disimulando y engañando.
Quisiera abrir mi corazón a Dios, reconocerme ante él tal como soy, tan pobre y tan necesitado. Quisiera pedirle que ponga cerca de mí al sabio, al maestro que me haga ver con claridad cuáles son mis errores, para poder cambiarlos. Sólo así podré ser realmente grande, ya que así seré feliz. Sólo así seré fuerte, pues no me engaño. El Sabio me enseña su oración.
SANTORAL ROMANO
Ss. Fulgencio, Marcelo, Bernardo, Pedro, Acursio, Adyuto, Otón, Julio, Tolomeo, Honorato, Ticiano, Melas, Valerio, Rolando, Priscila, Frisio... |