| Llora al muerto porque le falta la luz; / llora al necio porque le falta el sentido; / aunque mejor es llorar al muerto, que ya descansa, / pues la vida del necio es peor que la muerte; / el luto de un muerto dura siete días; / el de un necio o impío, toda la vida (Eclo 22,9-12)
REFLEXIÓN PERSONAL ¡Qué agradables de escuchar son las palabras del Sabio, que me indican el camino de la felicidad! Sus consejos son oro precioso, pues con ellos puedo alcanzar el objetivo más querido de mi vida: la felicidad. Pero mi ignorancia es tal que, al escucharlos, en vez de mirar cómo me pueden aprovechar en mi vida, cómo he de estar atento a los obstáculos de los que él me habla, dirijo mi mirada a los otros, para ver si ellos los cumplen o no. En el colmo de mi ignorancia, al oír el consejo del sabio corro para enseñárselo al necio, para que él cambie su conducta. ¿Por qué pretendo que cambie el otro, cuando a mí me cuesta tanto cambiar? ¿No es más prudente tratar de poner en práctica en mi vida aquello que me enseña el sabio?...
Y es que enseñar a un necio es una tarea muy difícil. Cierto que yo quiero ayudar a los demás a ser felices, pero para ello he de saber cómo ayudar. Si yo no he recorrido el camino de la felicidad, ¿cómo voy a hablar de él a los demás? ¿Cómo encontraré el modo más adecuado de llegar a su corazón si el mío es todavía como una piedra?
El sabio me dice que no empiece mi camino lanzándome a enseñar sabiduría al necio, ya que esa labor es ardua; sólo el sabio puede enseñar al necio, ¡y no siempre consigue que le oiga! Yo, pues, lo que he de hacer es esforzarme en llegar a ser sabio, para así poder ayudar a los demás a encontrar el camino a la felicidad.
SANTORAL ROMANO
Ss. Prisca, Librada, Faustina, Margarita, Atenógenes, Cirilo, Sulpicio, Venerando, Volusiano, Leobardo, Moisés, Amnonio, Deícola... |