REFLEXIÓN PERSONAL
Cuando tratamos con las demás personas somos muy puntillosos si no reconocen nuestras cualidades. De un cierto modo, tenemos el derecho de que se reconozca lo que hacemos bien. El problema suele residir en que, a veces, ciframos nuestra felicidad en el reconocimiento ajeno de nuestros méritos, de modo que si pasa desapercibido algo que hayamos hecho bien, nos creemos marginados por los demás y –quizás– los más desgraciados de los hombres.
Pero lo que quizás sea aún más curioso es que nosotros mismos solemos ser muy olvidadizos de los méritos de los demás. ¡Qué pocas veces nos alegramos de lo que los demás hacen bien! Lo damos por descontado. Apenas nos fijamos en ello.
El sabio nos recuerda que nos alegremos de lo bueno que hacen los hombres, para elogiarlo. Un corazón generoso es generoso también con el aprecio del bien que hacen los demás. Si han sido gobernadores sabios y prudentes, nos alegramos de su sabiduría y prudencia.
El ser feliz y alegrarse de lo que los demás hacen bien, en realidad no cuesta tanto: no tenemos que dar nada de los nuestro para ello. Y sin embargo es tan valioso como la generosidad y la limosna. Su valor reside en lo que cambia nuestro corazón. En el fondo quisiéramos que sólo se nos alabase a nosotros, y sentimos envidia del bien ajeno. Sin embargo, reconociendo y proclamando lo que los demás han hecho bien aumenta sin duda nuestra alegría. ¡Hay tantas cosas que otros han hecho bien! Si nos alegramos por ello, no hay duda que siempre tendremos razones para estar alegres. Por eso, para ser felices, dice el sabio, hay que alegrarse y elogiar el bien que los otros han hecho.
SANTORAL ROMANO
Ss. Tomás de Aquino, Tirso y Flaviano, Adyutor, Julián, Valerio, Virilo, Juan, Santiago, Radegunda, Ricardo...