REFLEXIÓN PERSONAL
Mucho es lo que me ha enseñado el sabio. Sólo me queda estudiar sus enseñanzas con detenimiento, y una vez que las haya entendido, llevarlas a la práctica. La meditación es como un mirarse al espejo: descubro mis faltas. El llevarlas a la práctica es como tomar la medicina: me cura de mis males, me alegra la vida, me hace ser feliz. Ahí radica el éxito de mi vida.
¿Quién es este sabio que tan profundos y sencillos secretos me ha descubierto? ¿A quién he de agradecerle sus desvelos para llevarme por el camino de la felicidad? Su nombre es Simón, el hijo de Sirá. Él es el sabio que habla de lo que ha visto y entendido. ¡Que el Señor le recompense por tanto bien como ha hecho!
El mejor modo que tengo yo para compensar –de algún modo– sus muchos trabajos es vivir de acuerdo con sus consejos, de modo que un día, si me aplico a ellos con tenacidad, yo también pueda adquirir esa sabiduría. Entonces yo también podré enseñar a otros cómo vivir felizmente. Del mismo modo que Simón, el hijo de Sirá, me entregó un enorme tesoro al enseñarme a ser feliz, así yo también el mejor tesoro, la mejor limosna, lo mejor que puedo hacer por los demás es ayudarlos a ser felices. Por eso es tan importante que yo sea feliz. No es egoísmo, es amor: es el deseo de enseñar a mis hermanos, que sufren, el camino que condice a la felicidad.
SANTORAL ROMANO
Ss. Martina, Félix, Matías, Armentario, Barsén, Hipólito, Lesmes, Feliciano, Filapiano, Alejandro, Sabina y Serena, Aldegunda, Jacinta de Mariscotis, Tialdilde, ...