“Yo os aseguro: nadie que haya dejado casa, hermanos, hermanas, madre, padre, hijos, o hacienda por mí y por el Evangelio, quedará sin recibir el ciento por uno: ahora al presente, casas, hermanos, hermanas, madres, hijos y hacienda, con persecuciones; y en el tiempo venidero, vida eterna. Y muchos primeros serán últimos y los últimos, primeros” (Mc 10, 28-31)
? Cabe preguntarse: ¿Qué es lo que Pedro y el resto de discípulos habían dejado?... Y evidentemente esta pregunta nos vale también para nosotros. A todos, cuando tenemos que hacer una opción de vida, nos resulta fácil — en mayor o menor medida — dejar los bienes materiales, la familia, los amigos. Pero ¿qué hay de la copla de “dejarnos a nosotros mismos” ?... Esto es otro cantar. Uno puede prescindir de cosas, sobrellevar la ausencia de personas queridas. Pero con la opción de vida tomada, ¿dejamos ese yo impertinente, que pugna por no abandonar el lugar –nosotros mismos — donde se ha instalado? ¡Cuánto cuesta!...
? Jesús hace una promesa: quien desde ya, deja todo lo que tiene, recibe mucho más que lo que ha dejado. Este tesoro es la misma intimidad de Jesús. Pero ¡ojo! al dato: no va a ser una intimidad “confitada”, como si de entrar en una pastelería se tratara. La persecución está asegurada, el mismo Jesús nos la comunica. Persecución que tiene dos vías: la exterior a uno mismo y la que se desarrolla dentro de nosotros: esa lucha titánica entre lo que deseamos hacer y no hacemos, y lo que hacemos y no quisiéramos hacer.
¡Señor, libértame de todo lo que me ata
y no me deja caminar con libertad!
SANTORAL ROMANO
Ss. Leandro ob.; Gabriel de la Dolorosa, Baldomero, Onésima, Geroncio cfs.; Alejandro,
Acundio, Antígono, Fortunato, Julián, Euno ms.; Procopio mj.; Taleo erm.