¿ Por qué me cuesta tanto hablar contigo, Señor?...
Cuando por la noche, en el silencio de mi habitación, cansada de una dura jornada de trabajo, de una, a veces, dura, jornada familiar, o tal vez, de una dura batalla conmigo misma y con mis contradicciones, busco la paz interior que tanto necesito, busco el descanso, la seguridad que sólo puede proporcionarme tu abrazo fuerte, tu regazo, e intento contarte mis cosas, mis alegrías y tristezas, mis olvidos, mis meteduras de pata, mis luchas diarias, mis triunfos... intento pedirte ayuda... ¿Por qué entonces irrumpen en mi mente pensamientos diversos que me llevan a otros intereses, a otras personas, a otros lugares?... ¿Qué derecho tienen estos pensamientos, intereses, personas o lugares para interponerse entre Tú y yo?...
Entonces aparece la angustia. La angustia de “querer y no poder”. Hasta que finalmente, rendida, me vence el sueño. Un día más.
¿Sabes lo que pienso?... Creo que Tú estas viviendo ese momento conmigo, que tal vez Tú también estás sufriendo con mi angustia, que tal vez ese sueño reparador me lo envías Tú.
“No sufras más”, me dices. Y como me quieres, y sabes de mi esfuerzo, me dejas descansar. No quieres nada malo para mí.
Mañana será otro día y necesitaré la fuerza para enfrentarme a él. ¿Tal vez en ese descanso, después de la lucha, esté Tu abrazo, Tu fuerza, Tu regazo...?... Tal vez no me cueste tanto hablar contigo.
SANTORAL ROMANO
Ss. Aarón; Anastasio, Basilio ab.; Cayo pb.; Romualdo, Casto, Secundino, Julio ms.; Regina (Carolina), Simeón, Teobaldo, Teodorico cfs.; Galo, Hilario, Arnoldo, Leoncio, Martín ob.; Domiciano ab.; Ester reina. |