| Veo crecer a mis hijas, Señor, y te doy gracias por ello.
A veces me gustaría poder apartarlas de los peligros de la vida, pero también sé que al hacerlo las privaría del placer de descubrirlos y vencerlos.
Otras veces querría evitarles problemas, proporcionarles una vida fácil, pero también sé que al hacerlo, ¿cómo podrían seguir creciendo?...
A menudo pienso, que son mi posesión más preciada, pero también sé que no tengo derecho a poseerlas, que poseer algo es ser su dueño, y yo no soy dueña de mis hijas, yo sólo soy su madre. Poseerlas sería ahogarlas, y yo tengo que ser aire fresco para ellas.
¿Por qué no pensarán y actuarán como yo?, ¿ por qué no serán como yo?, me digo. Pero también sé que su belleza estará en que logren ser personas únicas e irrepetibles. Diferentes a mí. Y sé que así he de amarlas. Y sé que nuestra diferencia nos enriquece.
Sé también que mi puerta ha de estar abierta para entrar y salir. Que por mi puerta un día saldrán al mundo, que volarán por él y que yo no podré volar por ellas. Ese día disfrutarán de la libertad que da el sentirse libres. Yo sólo me habré dejado doblegar por Ti, el Arquero, y les habré ayudado a ponerse las alas.
SANTORAL ROMANO
Ss. Ansegiso, Aurelio ob.; Bársaba, Marina, Colomba, Pablo, Sabino, Julián, Máximo, Macrobio, Casia, Paula; Severa, Severo, Timoteo pca. José el Justo, Víctor, Vulmaro cfs.; Edelwita reina; Geneveo ab.; Elías prof. |