| Hoy cuando me disponía a hablar contigo, a través de estas páginas, alguien me ha llamado. Me necesitaba. Mi primera reacción ha sido de fastidio: “Qué querrán ahora”; “Yo tengo algo muy importante que hacer”; “Esto es preciso”; “¡Qué inoportuno!”; “No puedo ir”; etc... etc...
A disgusto, cargada de energía negativa, he salido de casa al encuentro del necesitado.
Nos hemos encontrado. Ha transcurrido la tarde y hemos hablado. Me ha contado sus problemas, lo mal que lo está pasando. Sin darme cuenta, poco a poco, me he ido “olvidando” de Ti y de aquello tan importante que tenía que hacer para Ti. Me he ido empapando del dolor, de la angustia y la preocupación del otro. Mis propias preocupaciones, temores y angustias han quedado relegados a un segundo término. Acompañándole, me iba sintiendo útil. Sentía sinceras ganas de ayudarle, de aligerarle la carga. Sólo podía escuchar.
Al despedirnos, he notado su rostro más sereno, su cuerpo más relajado. “Llámame cuando me necesites”, le he dicho, y yo misma me he sorprendido de mis palabras.
De vuelta a casa, el disgusto inicial había desparecido; la energía, ahora, era positiva. Me sentía a gusto conmigo misma. Llena, crecida, valiente, capaz de todo. Transformada.
¿Qué ha pasado?... He sido capaz de compartir mi tiempo con el otro, he sido capaz de darle un poco de cariño, de escucharle, de amarle. Y esto, realmente transforma.
Creo que hoy, he estado más de cinco minutos contigo, Señor.
SANTORAL ROMANO
Ss. Tomás ap.; Anatolio ptca.; Beltrán, Cresto, Dato, Eusebio, Germán obs.; Dartina, Heliodoro cfs.; Eulogio, Jacinto, Marcos, Muciano, Mustiola, Ireneo ms.; León II p.
|