Amad a vuestros enemigos, y rezad por los que os persiguen. Así seréis hijos de vuestro Padre que está en el cielo, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia a justos e injustos. Porque si amáis a los que os aman, ¿qué premio tendréis? ¿No hacen también lo mismo los publicanos? Y si saludáis sólo a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de extraordinario? Por tanto sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto»
(Mateo 5, 43-48).
REFLEXIÓN
A nuestro siglo se le ha denominado “siglo de las revoluciones”; pero solemos olvidarnos de que la gran revolución la hizo Jesucristo hace más de veinte siglos. Hay revoluciones socio-culturales, económicas, políticas, más o menos duraderas, que con frecuencia van acompañadas de odios, violencias, guerras y muertes. No es de esta clase la revolución que promovió Cristo. La que él inició estaba orientada a un cambio más radical, profundo y permanente en la sociedad humana. No sólo modificó las estructuras religiosas y sociales de su tiempo, sino que se dirigió a lo más íntimo de la persona. Cristo promovió una humanidad nueva regida por el amor, la justicia, la misericordia, la paz, el perdón, la convivencia amistosa entre todos. Cristo en su sermón de la montaña apuntó a un cambio más hondo y universal en las relaciones humanas. Cristo quería hombres y mujeres con un corazón nuevo, grande, sencillo, limpio, tierno y compasivo, que supiera perdonar, comprender, compartir, colaborar..., en suma, AMAR. Según él, sólo el verdadero amor cambiará la historia del mundo.
ORACIÓN
Señor, es mucho lo que me pides:
amar a mis enemigos y rezar por los que me persiguen;
pero con tu gracia lo conseguiré.
¡Ayúdame!
SANTORAL ROMANO
Ss. Silverio p.; Aldegunda, Florentina vs.; Macario, Inocencio obs.; Regimberto, Bertoldo, Mernico cfs.; Novato, Pablo, Ciriaco ms.; José anac.; Bta. Margarita Ebner, o.p.