Dios, el omnipotente y la suma bondad, desea el bien y la plenitud de vida para todos. San Pablo afirmará: “Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad”.
Pero ha habido, y siguen habiendo, personas, que se dicen religiosas, y que fundamentan su religiosidad en los milagros. Solicitan a Dios milagros a toda hora, y no saben reconocer lo que Dios hace en favor suyo en la vida ordinaria. El don de la vida, que disfrutamos, es un milagro de Dios; los dones que nos ofrece la naturaleza diariamente, enriqueciendo al hombre con la luz, el aire, el sol, las plantas, las flores, los árboles y los animales son un milagro de Dios. La inteligencia que nos permite conocer las cosas; el corazón que nos impulsa a amar y entablar amistades; y todos los sentidos que nos facilitan poder trabajar y desarrollarnos como personas son un milagro de Dios. Mas no sabemos, con frecuencia, reconocerlo y agradecerlo.
Si no somos capaces de vislumbrar estos milagros cotidianos de Dios, tampoco nuestros ojos y nuestra mente serán capaces de percibir las intervenciones y actuaciones extraordinarias del Omnipotente.
¡Señor, no quiero más milagros!
¡Sólo te pido que me enseñes a descubrir
los que en silencio realizas!
SANTORAL ROMANO
Ss. Raimundo de Fitero, Sisebuto, abds.; Adyuto, Probo obs.; Longinos, Aristóbulo, Menigno, Nicandro, Matrona, Madrona, Leocricia ms.; Zacarías p.; Clemente Ma. Hofbauer, Especioso mj.; Luisa de Marillac fdra...