El espíritu humano precisa del reposo, de la quietud, de la ruptura de lo rutinario, para conocerse a sí mismo. Necesitamos de las alturas para ver la vida con una mejor perspectiva y profundizar en lo que de veras somos.
Por lo visto los discípulos de Jesús, que convivían habitualmente con Él, no sabían en verdad quién era. Lo consideraban un gran predicador, un excelente maestro y un buen amigo, pero apenas nada más sabían de Él. Por eso fue necesario salir de la vida rutinaria, del ajetreo en el que se desenvolvía la vida de Jesús, yendo de un lugar para otro, predicando, sanando enfermos y discutiendo con los fariseos y jefes del pueblo, para que sus seguidores descubrieran quién era.
Ésta es la función principal de la vida espiritual. Elevarnos, sustraernos por un rato de la rutina y del vértigo de la vida familiar, laboral y social, para acercarnos a la profundidad de lo que somos, y descubrir allí la imagen divina que todos llevamos impresa. Lo más importante en nosotros es el espíritu, el interior de la persona, en donde se encuentran las huellas de la bondad y sabiduría de Dios. Así nos percataremos de que los trabajos y los esfuerzos diarios no son un fin, sino un medio para realizarnos en plenitud. Y si sufrimos y morimos un poco cada día es para luego alcanzar y resucitar a una vida nueva en el espíritu.
¡Danos, Señor, un corazón nuevo;
derrama en nosotros un espíritu nuevo!
SANTORAL ROMANO
S. José, Patrono de la Iglesia Universal ; Ss. Apolonio y Leoncio obs.; Juan ab.; Landoaldo pb.; Amancio dc.; Quinto, Quintila, Cuartila, Marcos, Pancario, Cándido, Alcmondo ms.