De ahí la ascesis de los bienes materiales y de los regalos del cuerpo que recomiendan la mayoría de las religiones. No es que las riquezas y el bienestar corporal sean malos en sí, pero el desmesurado apego a ellos es causa de grandes males individuales y sociales.
En el plano personal estos excesos hacen al hombre egoísta, avaro, materialista e inhumano. Y en el orden social, la sobreabundancia que disfrutan algunos es origen de que otros vivan en la miseria y sean objeto de las más graves injusticias y desigualdades sociales, injuriosas para la dignidad de la persona humana.
El remedio a estos males no hay que esperarlo de intervenciones espectaculares por parte de Dios. Cuando los hombres no quieren escuchar la voz de su conciencia y no quieren ver los desastres e injusticias que a diario se cometen; cuando no quieren oír los gritos de los pobres, de los marginados y de los degradados socialmente, tampoco cambiarán de conducta aunque se produzca una intervención sobrenatural. Hay muchos profetas en nuestro tiempo que están clamando y dando voz a los sin voz para que la convivencia social, a nivel mundial, sea más racional y equitativa. Cada uno, desde nuestro puesto en la sociedad, estamos obligados a colaborar en esas empresas. Una religiosidad o espiritualidad que no cuida de los pobres es falsa y amañada.
¡Renueva, Señor, mi espíritu, mi corazón y mi mente!
¡Quiero ser menos egoísta,
más generoso, más sensible a las necesidades de los demás;
más justo y más desprendido!
SANTORAL ROMANO
Ss. Toribio Alfonso de Mogrovejo arzob.; José Oriol, Julián cfs.; Félix, Victoriano, Frumencio, Fidel, Liberato, Domicio, Pelagia, Aquila ms.; Benito mj.; Lea vda.;
Dimas, el buen ladrón.