Los santos son esos seres privilegiados que irrumpen junto a nosotros y nos reparten un poco de su luz y su amor, del secreto de su vida llena y fecunda que ellos han descubierto y gustado, no sin antes morir a sí mismos, no sin vivir el misterio de la cruz de Jesús, lo cual les ha hecho, por eso mismo, generosamente fecundos
El secreto de su vida es la fe. Creen. Creen que Dios es Dios y que merece la entrega de su vida. Y una vez convencidos del porqué de su vivir, tratan de encontrar el c ómo .
Vida de fe en los santos... Fe que, en su noche, en su pura desnudez, los va cincelando a golpe de gracia de Dios. El es el artífice de nuestra santificación. Fe viva y penetrante la suya que en ellos se hace experiencia vital, y que se traduce en la vida hasta en los sacrificios más heroicos, en las entregas más verdaderas, porque es más fuerte esa fe que la misma vida.
Fe que, profundamente arraigada, irradia contagiosamente y tiene la fuerza de un ideal que apasiona. Es entonces cuando nos hace testigos de Jesús muerto y resucitado. Por eso ya no se puede vivir sin testimoniar su verdad, sin morir por ella.
La vida del santo se hace ofrenda por amor y para el Amor. No es, pues, de extrañar que vaya muchas veces teñida de sangre. “E sos son los que vienen de la gran tribulación y lavaron sus túnicas y las blanquearon en la sangre del Cordero...” (Ap 7,14)
Perder la vida por encontrarla, experimentar la alegría del hallazgo, juzgar ya la existencia terrena de cara a la eternidad...
Nuestra santificación se realiza por nuestra inserción en el Misterio Pascual de Cristo Jesús. Es en el Misterio de salvación donde se detecta la experiencia de lo divino: salvados, redimidos, amados paternalmente por Dios en su Cristo. Y son los grandes santos los que intensamente viven la acción divina, porque han encontrado el manantial mismo del Amor y de la Vida, que es Dios.
Por eso urge que haya vidas totalmente receptivas que se dejen llenar de su sobreabundancia y se conviertan en focos de irradiación divinizadora.
Y como el amor se acrecienta y purifica en el dolor, es Jesús crucificado, nuestro Jesús de ahora y de siempre, el que se apodera de esas vidas.
Por eso los santos viven en intensa actitud escatológica hacia el más allá, pero simultaneado con la dureza del bregar diario... Los pies en el suelo, el corazón en Dios. Situación lacerante y heroica las más de las veces. Es la tensión amorosa del ya, pero todavía no... Y entre tanto, van sembrando en el tiempo algo de su luz y de su amor ya en sazón.
El santo, dice el poeta,” vive enredado en la eternidad, en lucha hermosa, lo mismo que el fuego con su aire...”
Es el preludio de la revelación divina consumada, que le sitúa en la esperanza cierta de lo que le falta... Es la entrega, sin precio ni rebajas...
G. Bernanos escribió: “La vida augusta del santo se arroja en la agonía como en un abismo de luz y suavidad...”
“De luz y suavidad ....”
En un himno litúrgico, cuando celebramos a los mártires, cantamos: “Esos que van vestidos de blancas vestiduras ¿quiénes son y de dónde han venido?... Han venido del llanto para ser consolados; han salido del fuego y han buscado el frescor... El Señor les enjuga con sus manos las lágrimas, con sus manos les guarda contra el fuego del sol...”
Esto se lo creyeron los santos. Ahí estuvo la fuente de su fortaleza. Por eso llegaron tan lejos...
SANTORAL ROMANO
Ss. Jenaro ob. y m.; Elías, Teodoro obs.; Festo, Sosio, Próculo dcs.; Desiderio, Félix, Constancia, Eustoquio, Acucio, Trófimo, Sabacio, Dorimedonte, Pomposa ms.