Por estos días, hace 10 años, moría un gran apóstol, el P. Peyton, incansable predicador del rezo del rosario en familia. Se hizo famoso su slogan: “La familia que reza unida, permanece unida”.
El rosario siempre es actual, como actuales son Jesús y María. Es un medio de saturarnos de divinidad, apoyados en el soporte de la oración de la Virgen, la gran orante, traspasada de Dios, ebria de los misterios de su Hijo. Porque cada vez que a Ella le decimos “ruega por nosotros”, Ella hace que nos llegue esa efusión de los misterios que nos transfunde el rosario.
Escribe el P. Garrigou Lagrange que en el rosario, al comenzar cada misterio, “detengamos la mirada de nuestro espíritu sobre la mirada de Jesús fija en nosotros, Sus ojos no sólo están llenos de inteligencia y de bondad, sino que es la mirada misma de Dios que purifica, pacifica, santifica...”
Nada más lejos que ser oración rutinaria. La rutina es provocada siempre por la falta de atención, no por la repetición. Cuando lo que decimos es la expresión de un sentimiento –ocurre también en nuestras relaciones humanas–, si lo que decimos nace del cariño, nunca es rutinario, siempre suena a novedad. Agrada tanto decirlo como escucharlo. El amor crea siempre, es un estreno, una sorpresa irrepetible.
Ahora bien, si decimos fórmulas rutinarias y cumplidos convencionales, entonces sí hay cansancio, hastío, aburrimiento. Por eso ¡atención al misterio!, lo que no quiere decir hilvanar pensamientos profundos –Dios se los sabe todos– sino sencillamente tener ante los ojos esos hechos de Jesús y de María, esa sonrisa de Dios en nuestra vida cotidiana, de forma que vayan empapándonos con su jugo divino, pues su contacto diviniza como los rayos del sol calientan. Decirle centenares, miles de veces “Santa María Madre de Dios, ruega... ruega...” es una certeza de su protección, que nunca falla.
El Rosario, manojo de retazos de la vida de Madre e Hijo es una hoguera de gracia que calienta a quien se acerca a sus llamas. Y ese fuego de los misterios de Jesús, vividos por El para darnos vida a nosotros, está ahí para impregnar nuestras vidas de la suya...
Por eso una simple mirada al misterio, la intuición de su grandeza que no comprendemos, llena por completo al que reza mientras desgrana suavemente las Ave Marías. No importa la forma de atención, sólo importa que la voluntad quiera dar paso a la acción de Dios, que nunca falla.
Son momentos de adentramiento en la vida de Jesús y María, que nos configuran con ellos, que nos marcan el alma como un tatuaje indeleble, que nos permiten proyectarlos sobre las necesidades de la humanidad. Me gusta este símil, que no es mío, sino que lo cita alguien que ha profundizado en esta importante devoción mariana:
“El rosario no es solamente una mirada complacida al rosal. Tampoco tomar una rosa y aspirar su perfume o admirar su belleza. No; es más bien el acercamiento al mismo, removiendo con unción sus rosas, sacudiendo con amor sus ramas para percibir sus efluvios e impregnarnos de su aroma. Agitar con el cariño, con la mirada, con la meditación de las palabras del ángel toda la vida de Jesús y María, “removerla”, como se removería con fuerza un inmenso y gigantesco rosal, hasta hacer palpitar lo más profundo de su seno... Cierto que oleríamos a rosas y lo transmitiríamos a nuestro alrededor... Pero, no lo olvidemos, hay que aproximarse, estar, hacer temblar las flores para que impregnen...” (A. A.)
Qué bálsamo de paz sería proyectar sobre las vidas laceradas por la guerra injusta la contemplación de Jesús, condenado injustamente... Qué alivio para la soledad amarga de tantos, puede ser orar la angustia redentora de Getsemaní.. Y así podríamos seguir sin acabar, pero hemos de acabar.
Tenemos las arcas reales de Dios a nuestra disposición en esa maravillosa oración que es el rosario, porque Jesús y María no son sólo modelos a quien imitar, sino verdaderos modeladores que nos configuran con su propia vida, por el influjo santificador de su gracia.
¿Y por qué el rosario parece a tantos monótono y pesado?... Si así es, “algo” nos queda por calar, intuir y disfrutar de este evangelio vivo que se nos brinda en el rezo del Santo Rosario.
SANTORAL ROMANO
Ss. Jerónimo pb. y dr.; Leopardo, Víctor, Urso, Antonino ms.; Gregorio, Honorio, Lauro, Simón cfs.; Ismidón, Leodemio, Honorio obs.; Soga vda.; Cogan ab.; Viturniano erm.