Casi sin saberlo, ¡cuántas veces sale de nuestro corazón un grito de confianza en Dios! Un grito silencioso, del alma, como un suspiro... “¡Dios mío!... ¡Señor, ayúdame!... ¡En Ti confío!...” Son exclamaciones que brotan de lo más hondo, que necesitan una respuesta y que se sabe que esa respuesta está en el mismo Corazón del Señor Jesús. Necesitamos sentir el contacto de su mano cuando sufrimos... Necesitamos poder apretarla, piel con piel, hasta incrustarnos en su misma carne...
Las monjas y monjes terminamos el día con la oración litúrgica de Completas. En ella encomendamos nuestro espíritu en las manos de Dios. Y, comentándolo, Teilhard de Chardin tiene una reflexión preciosa, que titula: ”In manus tuas, Domine, commendo spiritum meum” .
Dice así: “ En las manos que han roto y vivificado el pan, que han bendecido y acariciado a los niños pequeños, que han sido perforadas, en esas manos, que son como las nuestras, de las que nunca se podrá decir qué es lo que van a hacer del objeto que tienen en ellas, si le van a romper o acariciar, pero cuyos caprichos –estamos seguros de ello– están llenos de bondad y nunca harán otra cosa que abrazarnos celosamente; en las manos dulces y poderosas que llegan hasta la médula del alma, que forman y crean; en esas manos por las que circula el amor, reconforta abandonar el alma, sobre todo si se sufre o se tiene miedo. Y en hacer esto radica una gran felicidad...”
Confiar . Poner nuestra vida al calor de la suya; dejar que nuestro corazón sea tocado por el suyo. Sin miedo. Con seguridad. Dejar que nuestros oídos escuchen sus palabras con la certeza de que van a sonar a amor, aún cuando reprochen.
Para no sucumbir en los momentos difíciles, para que no nos olvidemos de que Dios es el único en quien se puede confiar del todo, El envía, a veces, la prueba, la decepción, el dolor, el desamparo...
Puede ser una ilusión que se nos marchita entre las manos cuando ya la teníamos cogida, bien segura. O puede ser un muro de cemento que se ha levantado entre dos personas, sin saber a punto fijo por qué... O es una agresión inesperada. Cuando caminabas por aquel vergel frondoso y bello, que parecía interminable, se ha vuelto tierra inhóspita, abrupta, ingrata...
Es que ¡ha llegado la prueba! Y todo lo que la acompaña o la motiva son causas segundas. Y es entonces cuando puede suceder lo inesperado –todo depende de las actitudes–, es decir, si la confianza en Dios está bien cimentada en la certeza de su amor, irrumpe en al alma la alegría. Una alegría serena, profunda, como una vena de agua silenciosa que mana de Dios y traspasa la vida. Suavísimo murmullo que repite: “ soy Yo, no temas...”
“Confiad siempre en el Señor, El es la ROCA perpetua...” (Is 26) Cuando todo se ha quebrado es cuando experimentamos que nuestra vida sólo descansaba en Dios... ¡estábamos en buenas manos...!
“In manus tuas, Domine...” De R.Tagore, el poeta hindú que transmite en sus escritos tan suave y atractiva confianza, son estas prosas poéticas con las que termino:
“ Aunque nunca llegue a la orilla, aunque me dejes hundir, ¿por qué he de ser vano y medroso? Llegar a la otra orilla ¿es suerte mayor que perderme contigo? Si tú eres sólo el puerto, como dicen, entonces ¿qué es el mar? ¡Que se levante y me coja en sus olas!... ¡Qué alegría! Yo vivo en ti, parezcas como quiera o lo que quiera... Sálvame o mátame, a tu gusto..., pero no me dejes nunca en otras manos...! ”
“Todos comparecen con sus leyes y sus códigos para encerrarme... Yo sólo espero el amor para abandonarme por fin enteramente en tus manos...”
SANTORAL ROMANO
Ntra. Sra. de Aránzazu, Ntra. Sra. de Gracia, Santa María de la Cabeza; Ss. Pedro Claver, Odger dc.; Ciarán ab.; Gorgonio, Severiano, Felicia, Doroteo, jacinto, Alejandro, Tiburcio, Estratón, Rufino, Rufiniano ms.; Audomaro ob.; Querano ab.