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El evangelio de este martes (Lc 6, 12-19) nos descubre a un Jesús lleno de la fuerza de Dios –“salía de él una fuerza que los curaba a todos”–. El texto indica el origen de esa fuerza: Dios mismo. Pero, también la modalidad a través de la cual esa fuerza divina se hace efectiva en la vida de Jesús: la oración. La oración siempre es contacto íntimo entre Dios y el orante. En este caso, la oración es comunión profunda entre Dios y Jesús. La oración nutre a Jesús de la fuerza de Dios.
Jesús sube a la montaña para orar. La montaña es un lugar propicio para el encuentro con Dios (físicamente está más cerca del cielo). Por eso es espacio que favorece la oración. Pasa la noche orando. Por la mañana, y lleno de Dios, Jesús comienza a expandir la fuerza que le habita. Es una fuerza multiforme pero orientada siempre en la misma dirección: la presencia del Reino de Dios y su irrupción sorprendente.
Con esa fuerza Jesús escoge doce apóstoles (ellos serán los encargados de acompañar y de colaborar en la misión de Jesús); con esa fuerza predica la buena noticia de la cercanía del proyecto de Dios y, con esa fuerza, sana (libera, humaniza) a las gentes que se le aproximan –“venían a oírlo y a que los curara de sus enfermedades; los atormentados por espíritus inmundos quedaban curados y la gente trataba de tocarlo”–.
El pasaje de este evangelio ha de hacernos pensar. Buscamos ser personas fuertes para afrontar la realidad y orientar nuestras vidas con madurez. Jesús es un hombre fuerte. Y sabemos cuál o mejor quién es su fuerza: Dios. Jesús cultiva y entrena su fuerza en la oración. ¡Ahí tenemos una indicación fecunda que no debiéramos desaprovechar!
Oigo en mi corazón: "Buscad mi rostro".
Tu rostro buscaré, Señor, no me escondas tu rostro.
(Sal 26,8)
SANTORAL ROMANO
Ntra. Sra. de la Cueva Santa; Ss. Proto y Jacinto hnos.; Vicente ab.; Diodoro, Diómedes, Dídimo ms.; Pafnucio, Paciente, Emiliano, Daniel obs.; Teodora de Alejandría m.; Esperanza abdsa. |