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El texto evangélico de este lunes (Lc. 4, 16-30) nos traslada al pueblo de Jesús. Entra en la sinagoga de Nazaret –“como era su costumbre”– y hace la lectura. El texto que lee está sacado del profeta Isaías. Después, y siendo consciente de que todo el pueblo estaba pendiente de sus palabras, hace un brevísimo pero osado comentario.
Ese breve comentario es muy significativo: manifiesta la identidad de Jesús o al menos su pretensión identitaria –“esta Escritura se cumple hoy–. Jesús se presenta como ese personaje mesiánico al que alude Isaías. Sus convecinos, sin embargo, no reconocen a Jesús en la identidad ofrecida. Y le rechazan hasta el punto de que algunos de ellos quieren despeñarlo a las afueras del pueblo. Jesús sentencia: “os aseguro que ningún profeta es bien mirado en su tierra.
Interesa que nos fijemos en la valentía con la que Jesús encara las relaciones vecinales y familiares. No es fácil la transparencia ante los que “nos conocen de toda la vida” y “se creen sabedores de quién somos. Con frecuencia, ese tipo de contextos bloquean e impiden que las personas den su auténtica medida. No es el caso de Jesús que, jugándose su prestigio, no teme la incomprensión y el rechazo burlón de los demás.
Jesús está muy por encima del famoso “qué dirán” o de lo “políticamente correcto” que tanto condiciona nuestras actuaciones. Una persona madura tiene siempre el mismo comportamiento y expresa sus convicciones sin reparar en las personas que tiene delante. La madurez humana y religiosa de Jesús ha de ser la referencia del discípulo.
Oigo en mi corazón: "Buscad mi rostro".
Tu rostro buscaré, Señor, no me escondas tu rostro.
(Sal 26,8)
SANTORAL ROMANO
Ss. Gregorio Magno p. y dr.; Sándalo (Sandalio), Basilisa, Serapia, Eufemia, Dorotea, Tecla, Erasma vs.; Aristeo, Mansueto obs.; Febe, Teoristo, Antonio, Constantiniano cfs.; Zenón, Caritón, Antonino, Aigulfo ms.; Ildelita ab.; Simeón Estilita el joven. |