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con Dios
LA PALABRA DE DIOS ES
"ESPÍRITU Y VIDA"
SEPTIEMBRE 2007
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Por Vicente Botella Cubells, .o.p.

DÍA 6

ROSTRO DE CRISTO

Jesús, el Maestro

El fragmento evangélico de Lucas que nos propone hoy la liturgia (5,1-11) nos traslada al lago de Genesaret. Se trata de una de las escenas más conocidas en torno a la vocación de los primeros discípulos. En ella Jesús se revela como el Maestro.

Nos cuenta el texto que mucha gente se agolpaba para escuchar la palabra de Jesús. Se nos explica que el Nazareno aprovecha la cercanía de la orilla del lago y de dos barcas para conseguir un lugar más apto para su predicación. Subido en la barca de Simón, y separado un poco de tierra, enseña sin tanto agobio. La postura, “sentado”, es la propia de los maestros.

Pero hay algo especial en el magisterio de Jesús. Terminada la predicación solicita a Simón que reme mar adentro y que eche las redes. La sorpresa en grande. Aquellos bravos pescadores habían faenado toda la noche y no habían obtenido nada. Sin embargo, afirma Simón, “por tu palabra echaré las redes”. La palabra de Jesús, ésa que ha predicado desde la barca de Simón a la gente, no es como la de otros maestros. Tiene autoridad. Es digna de obediencia. Simón así lo manifiesta. Y se produce “algo maravilloso”: una pesca abundante, inesperada. La palabra del Maestro es verídica. Hace lo que dice.

Simón queda sobrecogido. Queda fascinado por la palabra de Jesús. Se convierte a Jesús –“se arrojó a los pies de Jesús diciendo: apártate de mí, Señor, que soy un pecador”–. Lo mismo les acontecía a los otros espectadores de la escena (Santiago y Juan). A partir de ese instante, Simón y sus compañeros quedan asociados a esa palabra, a ese mensaje, a ese camino de vida: “ellos sacaron las barcas a tierra y, dejándolo todo, lo siguieron”. Jesús, el Maestro, ya tiene sus primeros discípulos.

Si nos llamamos discípulos de Jesús debería hacernos meditar esta escena. Es, de alguna manera, nuestra misma historia. ¿Por qué somos discípulos de Jesús? Acaso ¿no hemos reconocido en la palabra del Maestro esa autenticidad, esa veracidad que tanto habíamos buscado? Su palabra, ¿no ha sido para nosotros una palabra de vida? En contracto con esta lectura, pues, renovemos nuestra adhesión al camino de Jesús, dejando de lado lo superfluo.

Oigo en mi corazón: "Buscad mi rostro".
Tu rostro buscaré, Señor, no me escondas tu rostro.
(Sal 26,8)

SANTORAL ROMANO

Ss. Zacarías prof; Onesíforo, Porfirio, Leto, Donaciano, Mansueto, Presidio, Petronio, Germán, Fúsculo obs.; Eleuterio, Fausto abds.; Cótido, Eugenio, Eva, Dionisio, Juana, Macario ms.; Bto. Bertrán de Garrigues, o.p.