“CONTEMPLAD EL ROSTRO DE CRISTO”
Introducción
Juan Pablo II en la Carta apostólica Novo Millennio Ineunte nos invita a los cristianos del tercer milenio a contemplar detenidamente el rostro de Cristo para, identificados con él, irradiarlo con vigor ante las nuevas generaciones (cap. 2º). El mismo Papa señala que el lugar privilegiado de esta contemplación del rostro de Cristo es la Palabra de Dios: “la contemplación del rostro de Cristo se centra sobre todo en lo que de él dice la Sagrada Escritura que, desde el principio hasta el final, está impregnada de este misterio, señalado oscuramente en el Antiguo Testamento y revelado plenamente en el Nuevo” (n. 17).
Pues bien, haciendo caso de esta sabia indicación, las reflexiones y meditaciones que les ofrezco intentan, precisamente, mostrar el rostro de Cristo a través de la Palabra. Más concretamente, investigan y disciernen el rostro de Cristo en los evangelios de la eucaristía de cada día. Por tanto mi aportación será de mayor provecho (¡esperemos que sí!) para quienes participan diariamente en la celebración eucarística o nutren su vida de fe a través de la lectura de sus textos.
El rostro es la parte más significativa de la realidad corpórea del ser humano. Nuestro rostro es presencia, identidad, lenguaje. La innata tendencia a antropologizar la realidad conduce al hombre religioso a preguntarse por el rostro de Dios en un comprensible intento de querer conocer mejor a su Creador y Señor. Así, por ejemplo, exclama el salmista: “¿Cuándo entraré a ver el rostro de Dios”. Pero ese deseo encierra una contradicción que lo hace imposible. El Antiguo Testamento asevera que nadie puede contemplar el rostro de Dios y seguir con vida. Es lógico. Ese rostro es la verdad de Dios, su grandeza, su transcendencia...
Jesús, el Hijo de Dios, ha puesto más cerca de nosotros el rostro “inalcanzable de Dios” . Jesús era verdadero hombre. Su rostro humano es el rostro de Dios. Por eso “quien ve a Jesús ve al Padre”. Esto, sin embargo, no quiere decir que el visaje de Jesús sea la totalidad de la realidad trascendente de Dios. En la situación presente no podemos ver a Dios en sí mismo. Hemos de conformarnos con su imagen auténtica, pero imagen, reflejada en el rostro del Nazareno. Con todo, desde luego, se ha avanzado con respecto al Antiguo Testamento. El Dios de Jesús es más cercano.
Los evangelios nos aproximan al rostro de Jesús. Y lo hacen desde la fe. Es decir, convencidos de la sacramentalidad de esa faz. Por eso, la fe retoca en la dirección correcta matices de ese rostro para que sea más fácilmente identificable como lenguaje de Dios. Historia y fe, pues, se entrelazan en las narraciones evangélicas del mismo modo que, en el rostro de Cristo, se reconcilia lo humano y lo divino.
La consecuencia se impone por sí misma. Los lectores de la Palabra hemos de acercarnos al dibujo del rostro de Cristo con la misma fe con la que, allí, se nos describe. Y, simultáneamente, hemos de saber apreciar la humanidad de ese rostro que expresa a Dios. Por eso, explicar algún matiz de la humanidad del rostro de Jesús, que nos presenta el texto de fe, es decir, contextualizar la narración será de gran utilidad para descubrir con mayor fuerza su encanto y la nitidez reveladora de la que es portadora. Algo de esto se apunta, con discreción, en las reflexiones de cada día.
Nada más. Tan sólo desearos a todos y a todas que este material os sirva un poquito para el propósito con el que ha sido concebido. ¡Ya me lo diréis! ¡Buena meditación!
|