1. Al comienzo del nuevo año, dirijo una vez más
la palabra a los responsables de las Naciones y a todos los hombres
y mujeres de buena voluntad, sabedores de lo necesario que es
construir la paz en el mundo. He elegido como tema para la Jornada
Mundial de la Paz 2005 la exhortación de san Pablo en la Carta a los
Romanos: «No te dejes vencer por el mal; antes bien, vence al mal
con el bien» (12,21). No se supera el mal con el mal. En efecto,
quien obra así, en vez de vencer al mal, se deja vencer por el mal.
La perspectiva indicada por el gran Apóstol
subraya una verdad de fondo: la paz es el resultado de una larga y
dura batalla, que se gana cuando el bien derrota al mal. Ante el
dramático panorama de los violentos enfrentamientos fratricidas que
se dan en varias partes del mundo, ante los sufrimientos indecibles
e injusticias que producen, la única opción realmente constructiva
es detestar el mal con horror y adherirse al bien (cf. Rm 12,9),
como sugiere también san Pablo.
La paz es un bien que se promueve con el bien: es
un bien para las personas, las familias, las Naciones de la tierra y
para toda la humanidad; pero es un bien que se ha de custodiar y
fomentar mediante iniciativas y obras buenas. Se comprende así la
gran verdad de otra máxima de Pablo: «Sin devolver a nadie mal por
mal» (Rm 12,17). El único modo para salir del círculo vicioso del
mal por el mal es seguir la exhortación del Apóstol: «No te dejes
vencer por el mal; antes bien, vence al mal con el bien» (Rm 12,21).
El mal, el bien y el amor
2. La humanidad ha tenido desde sus orígenes la
trágica experiencia del mal y ha tratado de descubrir sus raíces y
explicar sus causas. El mal no es una fuerza anónima que actúa en el
mundo por mecanismos deterministas e impersonales. El mal pasa por
la libertad humana. Precisamente esta facultad, que distingue al
hombre de los otros seres vivientes de la tierra, está siempre en el
centro del drama del mal y lo acompaña. El mal tiene siempre un
rostro y un nombre: el rostro y el nombre de los hombres y mujeres
que libremente lo eligen. La Sagrada Escritura enseña que en los
comienzos de la historia, Adán y Eva se rebelaron contra Dios y Caín
mató a su hermano Abel (cf. Gn 3-4). Fueron las primeras decisiones
equivocadas, a las que siguieron otras innumerables a lo largo de
los siglos. Cada una de ellas conlleva una connotación moral
esencial, que implica responsabilidades concretas para el sujeto que
las toma e incide en las relaciones fundamentales de la persona con
Dios, con los demás y con la creación.
Al buscar los aspectos más profundos, se descubre
que el mal, en definitiva, es un trágico huir de las exigencias del
amor.[1] El bien moral, por el contrario,
nace del amor, se manifiesta como amor y se orienta al amor. Esto es
muy claro para el cristiano, consciente de que la participación en
el único Cuerpo místico de Cristo instaura una relación particular
no sólo con el Señor, sino también con los hermanos. La lógica del
amor cristiano, que en el Evangelio es como el corazón palpitante
del bien moral, llevado a sus últimas consecuencias, llega hasta el
amor por los enemigos: «Si tu enemigo tiene hambre, dale de comer; y
si tiene sed, dale de beber» (Rm 12,20).
La «gramática» de la ley moral universal
3. Al contemplar la situación actual del mundo no
se puede ignorar la impresionante proliferación de múltiples
manifestaciones sociales y políticas del mal: desde el desorden
social a la anarquía y a la guerra, desde la injusticia a la
violencia y a la supresión del otro. Para orientar el propio camino
frente a la opuesta atracción del bien y del mal, la familia humana
necesita urgentemente tener en cuenta el patrimonio común de valores
morales recibidos como don de Dios. Por eso, a cuantos están
decididos a vencer al mal con el bien san Pablo los invita a
fomentar actitudes nobles y desinteresadas de generosidad y de paz (cf.
Rm 12,17-21).
Hace ya diez años, hablando a la Asamblea General
de las Naciones Unidas sobre la tarea común al servicio de la paz,
hice referencia a la « gramática » de la ley moral universal,[2]
recordada por la Iglesia en sus numerosos pronunciamientos sobre
esta materia. Dicha ley une a los hombres entre sí inspirando
valores y principios comunes, si bien en la diversidad de culturas,
y es inmutable: « subsiste bajo el flujo de las ideas y costumbres y
sostiene su progreso [...]. Incluso cuando se llega a renegar de sus
principios, no se la puede destruir ni arrancar del corazón del
hombre. Resurge siempre en la vida de individuos y sociedades ».[3]
4. Esta común gramática de la ley moral exige un
compromiso constante y responsable para que se respete y promueva la
vida de las personas y los pueblos. A su luz no se puede dejar de
reprobar con vigor los males de carácter social y político que
afligen al mundo, sobre todo los provocados por los brotes de
violencia. En este contexto, ¿cómo no pensar en el querido
Continente africano donde persisten conflictos que han provocado y
siguen provocando millones de víctimas? ¿Cómo no recordar la
peligrosa situación de Palestina, la tierra de Jesús, donde no se
consigue asegurar, en la verdad y en la justicia, las vías de la
mutua comprensión, truncadas a causa de un conflicto alimentado cada
día de manera preocupante por atentados y venganzas? Y, ¿qué decir
del trágico fenómeno de la violencia terrorista que parece conducir
al mundo entero hacia un futuro de miedo y angustia? En fin, ¿cómo
no constatar con amargura que el drama iraquí se extiende por
desgracia a situaciones de incertidumbre e inseguridad para todos?
Para conseguir el bien de la paz es preciso
afirmar con lúcida convicción que la violencia es un mal inaceptable
y que nunca soluciona los problemas. « La violencia es una mentira,
porque va contra la verdad de nuestra fe, la verdad de nuestra
humanidad. La violencia destruye lo que pretende defender: la
dignidad, la vida, la libertad del ser humano ».[4]
Por tanto, es indispensable promover una gran obra educativa de las
conciencias, que forme a todos en el bien, especialmente a las
nuevas generaciones, abriéndoles al horizonte del humanismo integral
y solidario que la Iglesia indica y desea. Sobre esta base es
posible dar vida a un orden social, económico y político que tenga
en cuenta la dignidad, la libertad y los derechos fundamentales de
cada persona.
El bien de la paz y el bien común
5. Para promover la paz, venciendo al mal con el
bien, hay que tener muy en cuenta el bien común[5]
y sus consecuencias sociales y políticas. En efecto, cuando se
promueve el bien común en todas sus dimensiones, se promueve la paz.
¿Acaso puede realizarse plenamente la persona prescindiendo de su
naturaleza social, es decir, de su ser « con » y « para » los otros?
El bien común le concierne muy directamente. Concierne a todas las
formas en que se realiza su carácter social: la familia, los grupos,
las asociaciones, las ciudades, las regiones, los Estados, las
comunidades de pueblos y de Naciones. De alguna manera, todos están
implicados en el trabajo por el bien común, en la búsqueda constante
del bien ajeno como si fuera el propio. Dicha responsabilidad
compete particularmente a la autoridad política, a cada una en su
nivel, porque está llamada a crear el conjunto de condiciones
sociales que consientan y favorezcan en los hombres y mujeres el
desarrollo integral de sus personas.[6]
El bien común exige, por tanto, respeto y
promoción de la persona y de sus derechos fundamentales, así como el
respeto y promoción de los derechos de las Naciones en una
perspectiva universal. Como dice el Concilio Vaticano II: « De la
interdependencia cada vez más estrecha y extendida paulatinamente a
todo el mundo se sigue que el bien común [...] se hace hoy cada vez
más universal y por ello implica derechos y deberes que se refieren
a todo el género humano. Por lo tanto, todo grupo debe tener en
cuenta las necesidades y aspiraciones legítimas de los demás grupos;
más aún, debe tener en cuenta el bien común de toda la familia
humana ».[7] El bien de la humanidad entera,
incluso el de las futuras generaciones, exige una verdadera
cooperación internacional, con las aportaciones de cada Nación.[8]
Sin embargo, las concepciones claramente
restrictivas de la realidad humana transforman el bien común en un
simple bienestar socioeconómico, carente de toda referencia
trascendente y vacío de su más profunda razón de ser. El bien común,
en cambio, tiene también una dimensión trascendente, porque Dios es
el fin último de sus criaturas.[9] Además,
los cristianos saben que Jesús ha iluminado plenamente la
realización del verdadero bien común de la humanidad. Ésta camina
hacia Cristo y en Él culmina la historia: gracias a Él, a través de
Él y por Él, toda realidad humana puede llegar a su
perfeccionamiento pleno en Dios.
El bien de la paz y el uso de los bienes de la
tierra
6. Dado que el bien de la paz está unido
estrechamente al desarrollo de todos los pueblos, es indispensable
tener en cuenta las implicaciones éticas del uso de los bienes de la
tierra. El Concilio Vaticano II ha recordado que « Dios ha destinado
la tierra y todo cuanto ella contiene para uso de todos los hombres
y pueblos, de modo que los bienes creados deben llegar a todos en
forma equitativa bajo la guía de la justicia y el acompañamiento de
la caridad ».[10]
La pertenencia a la familia humana otorga a cada
persona una especie de ciudadanía mundial, haciéndola titular de
derechos y deberes, dado que los hombres están unidos por un origen
y supremo destino comunes. Basta que un niño sea concebido para que
sea titular de derechos, merezca atención y cuidados, y que alguien
deba proveer a ello. La condena del racismo, la tutela de las
minorías, la asistencia a los prófugos y refugiados, la movilización
de la solidaridad internacional para todos los necesitados, no son
sino aplicaciones coherentes del principio de la ciudadanía mundial.
7. El bien de la paz se ha de considerar hoy en
estrecha relación con los nuevos bienes provenientes del
conocimiento científico y del progreso tecnológico. También éstos,
aplicando el principio del destino universal de los bienes de la
tierra, deben ser puestos al servicio de las necesidades primarias
del hombre. Con iniciativas apropiadas de ámbito internacional se
puede realizar el principio del destino universal de los bienes,
asegurando a todos —individuos y Naciones— las condiciones básicas
para participar en el desarrollo. Esto es posible si se prescinde de
las barreras y los monopolios que dejan al margen a tantos pueblos.[11]
Además, se garantizará mejor el bien de la paz si
la comunidad internacional se hace cargo, con mayor sentido de
responsabilidad, de los comúnmente llamados bienes públicos. Se
trata de aquellos bienes de los que todos los ciudadanos gozan
automáticamente, aun sin haber hecho una opción precisa por ellos.
Es lo que ocurre, por ejemplo, en el ámbito nacional, con bienes
como el sistema judicial, la defensa y la red de carreteras o
ferrocarriles. En el mundo de hoy, tan afectado por el fenómeno de
la globalización, son cada vez más numerosos los bienes públicos que
tienen un carácter global y, consecuentemente, aumentan también de
día en día los intereses comunes. Baste pensar en la lucha contra la
pobreza, la búsqueda de la paz y la seguridad, la preocupación por
los cambios climáticos, el control de la difusión de las
enfermedades. La comunidad internacional tiene que responder a estos
intereses con un red cada vez más amplia de acuerdos jurídicos que
reglamenten el uso de los bienes públicos, inspirándose en los
principios universales de la equidad y la solidaridad.
8. El principio del destino universal de los
bienes permite, además, afrontar adecuadamente el desafío de la
pobreza, sobre todo teniendo en cuenta las condiciones de miseria en
que viven aún más de mil millones de seres humanos. La comunidad
internacional se ha puesto como objetivo prioritario, al principio
del nuevo milenio, reducir a la mitad el número de dichas personas
antes de terminar el año 2015. La Iglesia apoya y anima este
compromiso e invita a los creyentes en Cristo a manifestar, de modo
concreto y en todos los ámbitos, un amor preferencial por los
pobres.[12]
El drama de la pobreza está en estrecha conexión
con el problema de la deuda externa de los Países pobres. A pesar de
los logros significativos conseguidos hasta ahora, la cuestión no ha
encontrado todavía una solución adecuada. Han pasado quince años
desde que llamé la atención de la opinión pública sobre el hecho de
que la deuda externa de los Países pobres está « conectada con un
gran número de otros temas, como el de las inversiones en el
extranjero, el trabajo equitativo de las principales instituciones
internacionales, el precio de las materias primas, etc.».[13]
Las recientes medidas para reducir las deudas, que han tenido más en
cuenta las exigencias de los pobres, han mejorado sin duda la
calidad del crecimiento económico. No obstante, por una serie de
factores, dicho crecimiento resulta todavía insuficiente
cuantitativamente, especialmente para alcanzar los objetivos
propuestos al inicio del milenio. Los Países pobres se encuentran
aún en un círculo vicioso: las rentas bajas y el crecimiento lento
limitan el ahorro y, a su vez, las reducidas inversiones y el uso
ineficaz del ahorro no favorecen el crecimiento.
9. Como afirmó el Papa Pablo VI, y como yo mismo
he recordado, el único remedio verdaderamente eficaz para permitir a
los Estados afrontar la dramática cuestión de la pobreza es dotarles
de los recursos necesarios mediante financiaciones externas
—públicas y privadas—, otorgadas en condiciones accesibles, en el
marco de las relaciones comerciales internacionales, reguladas de
manera equitativa.[14] Es, pues, necesaria
una movilización moral y económica, que respete los acuerdos tomados
en favor de los Países pobres, por un lado, y por otro dispuesta
también a revisar dichos acuerdos cuando la experiencia demuestre
que son demasiado gravosos para ciertos países. En esta perspectiva,
es deseable y necesario dar un nuevo impulso a la ayuda pública para
el desarrollo y, no obstante las dificultades que puedan
presentarse, estudiar las propuestas de nuevas formas de
financiación para el desarrollo.[15] Algunos
gobiernos están considerando atentamente medidas esperanzadoras en
este sentido, iniciativas significativas que se han de llevar
adelante de modo multilateral y respetando el principio de
subsidiaridad. Es necesario también controlar que la gestión de los
recursos económicos destinados al desarrollo de los Países pobres
siga criterios escrupulosos de buena administración, tanto por parte
de los donantes como de los destinatarios. La Iglesia alienta estos
esfuerzos y ofrece su contribución. Baste citar, por ejemplo, la
valiosa aportación que dan las numerosas agencias católicas de ayuda
y de desarrollo.
10. Al finalizar el Gran Jubileo del año 2000, en
la Carta apostólica Novo millennio ineunte he señalado la
urgencia de una nueva imaginación de la caridad
[16] para difundir en el mundo el Evangelio de la esperanza. Eso
se hace evidente sobre todo cuando se abordan los muchos y delicados
problemas que obstaculizan el desarrollo del Continente africano:
piénsese en los numerosos conflictos armados, en las enfermedades
pandémicas, más peligrosas aún por las condiciones de miseria, en la
inestabilidad política unida a una difusa inseguridad social. Son
realidades dramáticas que reclaman un camino radicalmente nuevo para
África: es necesario dar vida a nuevas formas de solidaridad,
bilaterales y multilaterales, con un mayor compromiso por parte de
todos y tomando plena conciencia de que el bien de los pueblos
africanos representa una condición indispensable para lograr el bien
común universal.
Es de desear que los pueblos africanos asuman
como protagonistas su propia suerte y el propio desarrollo cultural,
civil, social y económico. Que África deje de ser sólo objeto de
asistencia, para ser sujeto responsable de un modo de compartir real
y productivo. Para alcanzar tales objetivos es necesaria una nueva
cultura política, especialmente en el ámbito de la cooperación
internacional. Quisiera recordar una vez más que el incumplimiento
de las reiteradas promesas relativas a la ayuda pública para el
desarrollo y la cuestión abierta aún de la pesada carga de la deuda
internacional de los Países africanos y la carencia de una
consideración especial con ellos en las relaciones comerciales
internacionales, son graves obstáculos para la paz, y por tanto
deben ser afrontados y superados con urgencia. Para lograr la paz en
el mundo es determinante y decisivo, hoy más que nunca, tomar
conciencia de la interdependencia entre Países ricos y pobres, por
lo que « el desarrollo o se convierte en un hecho común a todas las
partes del mundo, o sufre un proceso de retroceso aún en las zonas
marcadas por un constante progreso».[17]
Universalidad del mal y esperanza cristiana
11. Ante tantos dramas como afligen al mundo, los
cristianos confiesan con humilde confianza que sólo Dios da al
hombre y a los pueblos la posibilidad de superar el mal para
alcanzar el bien. Con su muerte y resurrección, Cristo nos ha
redimido y rescatado pagando « un precio muy alto » (cf. 1 Co 6,20;
7,23), obteniendo la salvación para todos. Por tanto, con su ayuda
todos pueden vencer al mal con el bien.
Con la certeza de que el mal no prevalecerá, el
cristiano cultiva una esperanza indómita que lo ayuda a promover la
justicia y la paz. A pesar de los pecados personales y sociales que
condicionan la actuación humana, la esperanza da siempre nuevo
impulso al compromiso por la justicia y la paz, junto con una firme
confianza en la posibilidad de construir un mundo mejor.
Si es cierto que existe y actúa en el mundo el «
misterio de la impiedad » (2 Ts 2,7), no se debe olvidar que el
hombre redimido tiene energías suficientes para afrontarlo. Creado a
imagen de Dios y redimido por Cristo que « se ha unido, en cierto
modo, con todo hombre »,[18] éste puede
cooperar activamente a que triunfe el bien. La acción del « espíritu
del Señor llena la tierra » (Sb 1,7). Los cristianos, especialmente
los fieles laicos, « no pueden esconder esta esperanza simplemente
dentro de sí. Tienen que manifestarla incluso en las estructuras del
mundo por medio de la conversión continua y de la lucha "contra los
poderes de este mundo de tinieblas, contra los espíritus del mal" (Ef
6,12) ».[19]
12. Ningún hombre, ninguna mujer de buena
voluntad puede eximirse del esfuerzo en la lucha para vencer al mal
con el bien. Es una lucha que se combate eficazmente sólo con las
armas del amor. Cuando el bien vence al mal, reina el amor y donde
reina el amor reina la paz. Es la enseñanza del Evangelio, recordada
por el Concilio Vaticano II: « La ley fundamental de la perfección
humana, y por ello de la transformación del mundo, es el mandamiento
nuevo del amor».[20]
Esto también es verdad en el ámbito social y
político. A este respecto, el Papa León XIII escribió que quienes
tienen el deber de proveer al bien de la paz en las relaciones entre
los pueblos han de alimentar en sí mismos e infundir en los demás «
la caridad, señora y reina de todas las virtudes».[21]
Los cristianos han de ser testigos convencidos de esta verdad; han
de saber mostrar con su vida que el amor es la única fuerza capaz de
llevar a la perfección personal y social, el único dinamismo posible
para hacer avanzar la historia hacia el bien y la paz.
En este año dedicado a la Eucaristía, los hijos
de la Iglesia han de encontrar en el Sacramento supremo del amor la
fuente de toda comunión: comunión con Jesús Redentor y, en Él, con
todo ser humano. En virtud de la muerte y resurrección de Cristo,
sacramentalmente presentes en cada Celebración eucarística, somos
rescatados del mal y capacitados para hacer el bien. Gracias a la
vida nueva que Él nos ha dado, podemos reconocernos como hermanos,
por encima de cualquier diferencia de lengua, nacionalidad o
cultura. En una palabra, por la participación en el mismo Pan y el
mismo Cáliz, podemos sentirnos « familia de Dios » y al mismo tiempo
contribuir de manera concreta y eficaz a la edificación de un mundo
fundado en los valores de la justicia, la libertad y la paz.
Vaticano, 8 de diciembre de 2004.
JUAN PABLO II
Notas
[1] San Agustín afirma a este respecto: « Dos
amores han dado origen a dos ciudades: el amor de sí mismo hasta el
desprecio de Dios, la terrena; y el amor de Dios hasta el desprecio
de sí mismo, la celestial » (De Civitate Dei, XIV, 28).
[2] Cf. Discurso para el 50o aniversario de
fundación de la ONU (5 octubre 1995), 3: Insegnamenti, XVIII, 2
(1995), 732.
[3] Catecismo de la Iglesia Católica,
n. 1958.
[4] Homilía en Drogheda, Irlanda (29
septiembre 1979), 9: AAS 71 (1979), 1081.
[5] Según una vasta acepción, por bien común
se entiende « el conjunto de aquellas condiciones de vida social que
permiten a los grupos y a cada uno de sus miembros conseguir más
plena y fácilmente su propia perfección »: Conc. Ecum. Vat. II, Cons.
past. Gaudium et spes, 26.
[6] Cf. Juan XXIII, Enc. Mater et magistra:
AAS 53 (1961), 417.
[7] Cons. past. Gaudium et spes, 26.
[8] Cf. Juan XXIII, Enc. Mater et magistra:
AAS 53 (1961), 421.
[9] Cf. Enc. Centesimus annus, 41: AAS
83 (1991), 844.
[10] Cons. past. Gaudium et spes, 69.
[11] Cf. Enc. Centesimus annus, 35:
AAS 80 (1988), 837.
[12] Cf. Enc. Sollicitudo rei socialis,
42: AAS 80 (1988), 572.
[13] Discurso a los participantes en la
Semana de Estudios organizada por la Pontificia Academia de las
Ciencias ( 27 octubre 1989), 6: Insegnamenti XII/2 (1989), 1050.
[14]Cf. Pablo VI, Enc. Populorum
progressio, 56-61: AAS 59 (1967), 285- 287; Juan Pablo II, Enc.
Sollicitudo rei socialis, 33-34: AAS 80 (1988) 557-560.
[15]Cf. Mensaje al Presidente del
Consejo Pontificio « Justicia y Paz »: L'Osservatore Romano, ed.
semanal en lengua española (16 julio 2004), p. 3.
[16] Cf. n. 50: AAS 93 (2001), 303.
[17] Enc. Sollicitudo rei socialis,
17: AAS 80 (1988), 532.
[18] Conc. Ecum. Vat. II, Cons. past.
Gaudium et spes, 22.
[19] Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm.
Lumen gentium, 35.
[20] Cons. past. Gaudium et spes, 38.
[21] Enc. Rerum novarum: Acta Leonis
XIII, 11 (1892), 143; cf. Benedicto XV, Enc. Pacem Dei: AAS 12
(1920), 215.