En la Vigésima Congregación General de ayer, viernes 21
de octubre de 2005, los Padres sinodales han aprobado el Mensaje del
Sínodo de los Obispos al Pueblo de Dios, como conclusión de la Asamblea
General Ordinaria del Sínodo de los Obispos.
Queridos hermanos obispos,
queridos sacerdotes y diáconos,
amados hermanos y hermanas,
1. "¡La paz esté con vosotros!". En nombre del Señor
que irrumpe en el Cenáculo de Jerusalén al atardecer de la Pascua,
repetimos: "La paz esté con vosotros!" (Jn 20, 21). ¡Que el misterio de su
muerte y resurrección os consuele y dé sentido a toda vuestra vida! ¡Que
Él os guarde en la alegría de la esperanza! Porque Cristo vive en su
Iglesia; según su promesa está con nosotros todos los días hasta el fin
del mundo (cf. Mt 28, 20). En el Santísimo Sacramento de la Eucaristía, Él
mismo se nos entrega y con Él nos dona la alegría de amar como Él ama,
pidiéndonos que compartamos su Amor victorioso con nuestros hermanos y
hermanas del mundo entero. Este es el mensaje de gozo que os anunciamos,
queridos hermanos y hermanas, al final del Sínodo de los Obispos sobre la
Eucaristía.
Bendito sea Dios Padre de Nuestro Señor Jesucristo que
nos ha reunido nuevamente, como en el Cenáculo, con María, Madre del Señor
y Madre nuestra, para hacer memoria del don supremo de la Santísima
Eucaristía.
2. Convocados a Roma por Su Santidad el Papa Juan Pablo
II, de venerable memoria, y confirmados por Su Santidad Benedicto XVI,
hemos llegado desde de los cinco continentes para rezar y reflexionar
juntos sobre la Eucaristía, fuente y cumbre de la vida y de la misión de
la Iglesia. La finalidad del Sínodo ha sido ofrecer al Santo Padre algunas
propuestas útiles para actualizar la pastoral eucarística de la Iglesia.
Hemos podido experimentar lo que la sagrada Eucaristía significa desde los
orígenes: una sola fe y una sola Iglesia, alimentada por un mismo Pan de
vida y en comunión visible con el sucesor de Pedro.
3. El diálogo fraterno entre obispos e
invitados-oyentes, así como el diálogo con los representantes ecuménicos,
ha renovado nuestra convicción de que la Sagrada Eucaristía no sólo anima
y transforma la vida de nuestras Iglesias particulares de Oriente y
Occidente, sino también las múltiples actividades humanas en los muy
diversos medios en los que vivimos. Experimentamos una profunda alegría al
constatar la unidad de nuestra fe eucarística dentro de la gran variedad
de ritos, culturas y situaciones pastorales. La presencia de tantos
hermanos obispos nos ha permitido experimentar de forma todavía más
directa la riqueza de nuestras diferentes tradiciones litúrgicas. Una
riqueza que hace resplandecer la profundidad del único misterio
eucarístico.
Os invitamos a rezar con más fervor, hermanos y
hermanas cristianos de todas las confesiones, para que llegue el día de la
reconciliación y de la plena unidad visible de la Iglesia, en la
celebración de la Santa Eucaristía, en conformidad con la oración del
Señor la víspera de su muerte: "Que todos sean uno. Como tú, Padre, en mí
y yo en ti, que ellos sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú
me has enviado" (Jn 17, 21).
4. Profundamente agradecidos a Dios por el pontificado
del Santo Padre Juan Pablo II y por su última encíclica "Ecclesia de
Eucaristia", seguida de la carta apostólica "Mane nobiscum Domine", que
abría el Año eucarístico, pedimos a Dios que multiplique los frutos de su
testimonio y de su enseñanza. Nuestra gratitud va también a todo el pueblo
de Dios cuya proximidad y solidaridad hemos percibido durante estas tres
semanas de oración y de reflexión. Las Iglesias particulares en China, y
sus obispos que no han podido unirse a nuestros trabajos, han ocupado un
lugar especial en nuestros pensamientos y oraciones.
A todos vosotros, obispos, sacerdotes y diáconos,
misioneros del mundo entero, hombres y mujeres consagrados, fieles laicos
y también a vosotros hombres y mujeres de buena voluntad, responsables de
los medios de comunicación: ¡En nombre de Cristo Resucitado: paz y alegría
en el Espíritu Santo!
En escucha del sufrimiento del mundo
5. La Asamblea Sinodal ha sido un tiempo intenso de
intercambios y testimonios sobre la vida de la Iglesia en los diversos
continentes. Hemos tomado conciencia de las situaciones dramáticas y de
los sufrimientos causados por las guerras, el hambre, las diferentes
formas de terrorismo y de injusticia, que afectan a la vida cotidiana de
centenares de millones de seres humanos. Las explosiones de violencia en
Medio Oriente y en África nos han sensibilizado ante el olvido que sufre
el continente africano en la opinión pública mundial. Los desastres
naturales, que parecen hacerse más frecuentes, obligan a considerar la
naturaleza con más respeto y a reforzar los lazos de solidaridad con las
poblaciones afectadas.
No hemos permanecido en silencio ante los graves
problemas causados por la secularización, presente sobre todo en
Occidente, que conducen a la indiferencia religiosa y a varias
manifestaciones de relativismo. Hemos recordado y denunciado las
situaciones de injusticia y de pobreza extrema que proliferan por todas
partes pero especialmente en América Latina, en África y en Asia. Todos
estos sufrimientos claman a Dios e interpelan la conciencia de la
humanidad. Ante ellos nos preguntamos: ¿en qué se transforma la aldea
global de nuestra tierra, con un ambiente amenazado que corre el riesgo de
ir a la ruina? ¿Qué hacer para que, en esta era de globalización, la
solidaridad triunfe sobre el sufrimiento y la miseria? Nuestro pensamiento
se dirige también a los que gobiernan las Naciones, para que, con
diligencia, aseguren a todos el bien común y promuevan la dignidad de cada
persona, desde su concepción hasta su muerte natural. Les pedimos que
promuevan leyes respetuosas del derecho natural respecto al matrimonio y a
la familia. Por nuestra parte continuaremos a participar activamente en el
esfuerzo común para crear las condiciones duraderas de un progreso real
para toda la familia humana, en el que a nadie falte el pan de cada día.
6. Hemos llevado estos sufrimientos y problemas a la
celebración y a la adoración eucarísticas. En nuestros debates,
escuchándonos con hondura los unos a los otros, nos ha emocionado y
conmovido el testimonio de mártires en varios puntos de la tierra que,
como en toda la historia de la Iglesia, no faltan en nuestros días. Los
Padres sinodales han recordado que, gracias a la Santísima Eucaristía, los
mártires han encontrado el vigor necesario para vencer el odio con el amor
y la violencia con el perdón.
"Haced esto en conmemoración mía"
7. La víspera de su pasión, "Jesús tomó el pan, lo
bendijo, lo partió y lo dio a sus discípulos diciendo: ‘Tomad, comed, esto
es mi Cuerpo’. Después, tomando una copa, dio gracias y se la pasó
diciendo: ‘Bebed todos de ella; porque esta es mi sangre, sangre de la
alianza, que va a ser derramada por la multitud en remisión de los
pecados’" (Mt 26, 25-28); "Haced esto en memoria mía" (Lc 22, 19; 1 Cor
11, 24-25). Desde el inicio la Iglesia hace memoria de la muerte y
resurrección de Jesús con sus mismas palabras y sus mismos gestos en la
Última Cena, pidiendo al Espíritu Santo que transforme el pan y el vino en
el Cuerpo y en la Sangre del Señor. Con la Tradición constante de la
Iglesia creemos firmemente y enseñamos que las palabras de Jesús que el
sacerdote pronuncia en la Misa, por el poder del Espíritu, realizan lo que
significan. Realizan la presencia real de Cristo resucitado (CCC 1366). La
Iglesia vive de este don supremo que la reúne, la purifica y la transforma
en un solo Cuerpo de Cristo animado por un solo Espíritu (cf. Ef 5, 29).
La Eucaristía es el don del Amor del Padre que ha
enviado a su Hijo único para que el mundo se salve por medio de Él (cf. Jn
3, 17); amor de Cristo que nos ha amado hasta el extremo (cf. Jn 13, 1);
amor de Dios derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo (cf. Rm
5, 5), que clama en nosotros "¡Abbá, Padre!" (Ga 4, 6; Rm 8, 15). Así
pues, al celebrar el Santo Sacrificio de la Misa, anunciamos con gozo la
salvación del mundo proclamando la muerte victoriosa del Señor hasta que
venga; y al comulgar de su Cuerpo, recibimos las "arras" de nuestra
resurrección.
8. Cuarenta años después del Concilio Vaticano II,
hemos querido verificar en qué medida los misterios de la fe se expresan y
celebran adecuadamente en nuestras asambleas litúrgicas. El Sínodo
reafirma que el Concilio Vaticano II ha puesto las bases necesarias para
una reforma litúrgica auténtica. Es importante cultivar sus frutos
positivos y corregir los abusos que se hayan introducido en la práctica
litúrgica. Estamos convencidos de que el respeto del carácter sagrado de
la liturgia pasa por una fidelidad auténtica a las normas litúrgicas de la
autoridad legítima. Que nadie se considere dueño de la liturgia de la
Iglesia. La fe viva, que reconoce la presencia del Señor, constituye la
primera condición para una celebración bella que culmine con el Amén para
gloria de Dios.
Luces en la vida eucarística de la Iglesia
9. Los trabajos del Sínodo se han desarrollado en una
atmósfera de alegría y de fraternidad, alimentada por la discusión abierta
de los problemas y el testimonio espontáneo de los frutos del año
eucarístico. La escucha y las intervenciones de nuestro Santo Padre
Benedicto XVI han sido para todos nosotros un ejemplo y una ayuda
preciosa. Muchos testimonios nos han hablado de hechos positivos y
consoladores. Por ejemplo la toma de conciencia de la importancia de la
Misa dominical; el aumento de las vocaciones al sacerdocio y a la vida
consagrada en varias partes del mundo; la experiencia fuerte de las
Jornadas Mundiales de la Juventud que han culminado en Colonia, Alemania;
el desarrollo de numerosas iniciativas para la adoración del Santísimo
Sacramento prácticamente en todo el mundo; la renovación de la catequesis
del Bautismo y de la Eucaristía a la luz del Catecismo de la Iglesia
Católica; el crecimiento de movimientos y comunidades que forman
misioneros para la nueva evangelización; el aumento de grupos de
monaguillos que dan la esperanza de nuevas vocaciones; y muchas otras
experiencias que suscitan nuestra acción de gracias.
En fin, los Padres sinodales desean que el Año
eucarístico sea un inicio y un punto de apoyo para una nueva
evangelización, a partir de la Eucaristía, de la humanidad en vías de
globalización.
10. Deseamos que el "estupor eucarístico" (EE 6) lleve
a los fieles a una vida de fe cada vez más fuerte. Con este fin, las
tradiciones orientales, ortodoxas y católicas, celebran la Divina
Liturgia, cultivan la oración de Jesús, el ayuno eucarístico, mientras que
la tradición latina propone una "espiritualidad eucarística" que culmina
en la celebración e incluye también la adoración del Santísimo Sacramento
fuera de la Misa, las bendiciones eucarísticas, las procesiones con el
Santísimo Sacramento, y otras sanas manifestaciones de la piedad popular.
Esta espiritualidad será sin duda de lo más fecundo para sostener la vida
cotidiana y reforzar nuestro testimonio.
11. Damos gracias a Dios porque en varios países donde
los sacerdotes estaban ausentes o confinados a la clandestinidad, la
Iglesia puede ahora celebrar libremente los Santos Misterios. La libertad
de evangelizar y los testimonios de renovado fervor despiertan poco a poco
la fe en zonas profundamente descristianizadas. Saludamos con afecto y
alentamos a los que aún sufren persecución. Pedimos también que donde los
cristianos son minoría puedan celebrar el Día del Señor con toda libertad.
Retos para una renovación eucarística
12. La vida de nuestras Iglesias está marcada también
por sombras y problemas que no hemos eludido. Pensamos ante todo en la
pérdida del sentido del pecado y en la crisis persistente de la práctica
del sacramento de la penitencia. Es importante que se redescubra su
sentido profundo: es una conversión y un remedio precioso dado por Cristo
resucitado para la remisión de los pecados (cf. Jn 20, 23) y el
crecimiento en el amor a Dios y a nuestros hermanos.
Es interesante subrayar que un número creciente de
jóvenes, habiendo recibido una catequesis adecuada, practican la confesión
personal de los pecados y muestran una sensibilidad a la reconciliación
requerida para recibir dignamente la santa comunión.
13. Por otro lado, la falta de sacerdotes para celebrar
la Eucaristía del domingo nos preocupa enormemente y nos invita a rezar y
a promover más activamente las vocaciones sacerdotales. Algunos sacerdotes
se ven obligados a multiplicar las celebraciones y los desplazamientos de
un lugar a otro para responder lo mejor posible a las necesidades de los
fieles, al precio de grandes fatigas. Merecen nuestra estima y
solidaridad. Nuestro agradecimiento se dirige también a los numerosos
misioneros cuyo entusiasmo en el anuncio del Evangelio permite seguir
siendo fieles al mandato del Señor de ir al mundo entero y bautizar en su
Nombre (cf. Mt 28, 19).
14. Por otro lado, estamos preocupados porque la falta
del sacerdote impide la celebración de la Misa, el Día del Señor. En los
distintos continentes que padecen esa falta de sacerdotes existen
diferentes formas de celebraciones dominicales. Por otra parte, la
práctica de la "comunión espiritual", muy apreciada por la tradición
católica, ciertamente se podría y debería promover y explicar mejor, tanto
para ayudar a los fieles a mejorar la comunión sacramental, como para dar
un verdadero consuelo a los que, por diversas razones, no pueden recibir
la comunión del Cuerpo y Sangre de Cristo. Creemos que esta práctica
ayudaría a las personas solas, en particular a discapacitados, ancianos,
prisioneros y refugiados.
15. Conocemos la tristeza de los que no pueden recibir
la comunión sacramental por causa de una situación familiar no conforme
con el mandamiento del Señor (cf. Mt 19, 3-9). Algunas personas
divorciadas y vueltas a casar aceptan con dolor no poder comulgar
sacramentalmente y lo ofrecen a Dios. Otras no entienden esta restricción
y viven una gran frustración interior. Aunque no estemos de acuerdo con su
elección (cf. Catecismo de la Iglesia Católica 2384), reafirmamos que no
son excluidos de la vida de la Iglesia. Les pedimos que participen en la
Misa dominical y escuchen frecuentemente la Palabra de Dios para que
alimente su vida de fe, de caridad y de conversión. Deseamos decirles que
estamos cercanos a ellos con la oración y la solicitud pastoral. Juntos
pedimos al Señor obedecer fielmente a su voluntad.
16. Hemos constatado también en ciertos ambientes una
disminución del sentido de lo sagrado que afecta no sólo a la
participación activa y fructuosa de los fieles en la Misa, sino también a
la manera de celebrar y a la cualidad del testimonio de vida que los
cristianos están llamados a dar. Tratemos de reavivar, a través de la
Sagrada Eucaristía, el sentido y el gozo de pertenecer a la comunidad
católica, ya que en ciertos países se multiplican los abandonos. La
descristianización reclama una mejor formación a la vida cristiana en las
familias, para que la práctica de los sacramentos se renueve y manifieste
realmente el contenido de la fe. Invitamos pues a los padres, pastores y
catequistas a movilizarse en un gran trabajo de evangelización y de
educación a la fe al inicio de este nuevo milenio.
17. Ante el Señor de la historia y ante el futuro del
mundo, los pobres de siempre y los nuevos, las víctimas de injusticias,
cada vez más numerosas, y todos los olvidados de la tierra nos interpelan,
nos recuerdan a Cristo en agonía hasta el final de los tiempos. Estos
sufrimientos no pueden ser extraños a la celebración del misterio
eucarístico, que compromete a todos nosotros a obrar por la justicia y la
transformación del mundo de manera activa y consciente, a partir de la
enseñanza social de la Iglesia que promueve la centralidad y dignidad de
la persona.
"No podemos engañarnos: es por el amor mutuo y, en
particular, por la solicitud que manifestaremos a los que están en
necesidad por lo que seremos reconocido como verdaderos discípulos de
Cristo (cf. Jn 13, 35; Mt 25, 31-46). Este es el criterio que probará la
autenticidad de nuestras celebraciones eucarísticas" (Mane nobiscum Domine
28).
Seréis mis testigos
18. "Jesús, habiendo amado a los suyos que estaban en
el mundo, los amó hasta el extremo" (Jn 13, 1). San Juan revela el sentido
de la Institución de la Santísima Eucaristía por medio de la narración del
lavatorio de los pies (cf. Jn 13, 1-20). Jesús se abaja a lavar los pies
de sus discípulos como signo de su Amor supremo. Este gesto profético
anticipa su abajamiento del día siguiente en la muerte de la cruz, que
redime el pecado del mundo y lava nuestras almas de toda mancha. La
Sagrada Eucaristía es el don del Amor, un encuentro con Dios que nos ama y
una fuente que mana vida eterna. Obispos, sacerdotes y diáconos somos los
primeros testigos y servidores de este Amor
19. Queridos sacerdotes, hemos pensado mucho en
vosotros en estos días. Conocemos vuestra generosidad y vuestros retos. En
comunión con nosotros vuestros obispos lleváis el peso del servicio
pastoral cotidiano al lado del pueblo de Dios. Anunciáis la Palabra de
Dios procurando introducir a los fieles en el misterio eucarístico. ¡Qué
espléndida gracia la de vuestro ministerio! Rezamos con vosotros y por
vosotros para que juntos seamos fieles al amor del Señor; os pedimos ser,
con nosotros y siguiendo el ejemplo del Santo Padre Benedicto XVI,
"humildes obreros de la viña del Señor", con una vida sacerdotal
coherente. Que la paz de Cristo que dais a los pecadores arrepentidos y a
las asambleas eucarísticas, resplandezca sobre vosotros y sobre las
comunidades que viven de vuestro testimonio.
Con gratitud recordamos el empeño de los diáconos
permanentes, de los catequistas, de los agentes de pastoral y de numerosos
laicos que activamente trabajan en favor de la comunidad. ¡Pueda vuestro
servicio ser siempre fecundo y generoso, apoyados por una plena comunión
de intenciones y de acción con los Pastores de la comunidad!
20. Amados hermanos y hermanas, cualquiera que sea el
estado de vida en el que somos llamados a vivir nuestra vocación
bautismal, revistámonos de los sentimientos de Cristo Jesús (cf. Fil 2, 2)
y compitamos en humildad los unos con los otros a ejemplo de Jesucristo.
Nuestra caridad mutua no es solamente una imitación del Señor, es una
prueba viva de su presencia activa en medio de nosotros. Saludamos y damos
las gracias a todas las personas consagradas, porción escogida de la viña
del Señor, que testimonian gratuitamente la Buena Nueva del Esposo que
viene (cf. Ap 22, 17-20). Vuestro testimonio eucarístico de seguimiento de
Cristo es un grito de amor en la noche del mundo, un eco del Stabat Mater
y del Magnificat. Que la Mujer eucarística por excelencia, coronada de
estrellas e inmensamente fecunda, la Virgen de la Asunción y de la
Inmaculada Concepción, os mantenga en el servicio de Dios y de los pobres,
en la alegría de Pascua, para la esperanza del mundo.
21. Queridos jóvenes, el Santo Padre Benedicto XVI os
ha dicho e insistido que no perdéis nada dándoos a Cristo. Repetimos sus
palabras fuertes y serenas de la Misa de comienzo de su ministerio que os
orientan hacia la verdadera felicidad, respetando por completo vuestra
libertad: "¡No tengáis miedo de Cristo! Él no quita nada, y lo da todo.
Quien se da a él, recibe el ciento por uno. Sí, abrid, abrid de par en par
las puertas a Cristo, y encontraréis la verdadera vida". Confiamos en
vuestras capacidades y en vuestro deseo de desarrollar los valores
positivos del mundo y de cambiar lo que es injusto y violento. Contad con
nuestro apoyo y nuestra oración para que juntos nos enfrentemos con el
reto de construir el futuro con Cristo. Sois los "centinelas de la aurora"
y los "exploradores del futuro". No dejéis de beber en la fuente de la
fuerza divina de la Sagrada Eucaristía para realizar las transformaciones
necesarias.
A los jóvenes seminaristas que se preparan para el
ministerio sacerdotal y que comparten con su generación las mismas
esperanzas para el futuro, les deseamos que su vida de formación esté
impregnada de una auténtica espiritualidad eucarística.
22. Queridos esposos cristianos y familias, vuestra
vocación a la santidad, como iglesia doméstica, se alimenta en la Mesa de
la Eucaristía. En el sacramento del matrimonio vuestra fe transforma la
unión conyugal en un templo del Espíritu Santo, en fuente fecunda de nueva
vida que engendra los hijos, fruto de vuestro amor. Hemos hablado a menudo
de vosotros en el Sínodo, porque somos conscientes de las fragilidades y
de las incertidumbres del mundo presente. No os desaniméis en el esfuerzo
por educar vuestros hijos en la fe. Sois el semillero de las vocaciones al
sacerdocio y a la vida consagrada. No olvidéis que Cristo habita en
vuestra unión y la bendice con todas las gracias que necesitáis para vivir
santamente vuestra vocación. Os animamos a conservar la costumbre de
participar en familia en la Eucaristía dominical. Alegráis así el corazón
de Jesús que dijo: "Dejad que los niños se acerquen a mí" (Mc 10, 14).
23. Deseamos dirigir una palabra especial a todos los
que sufren, especialmente a los enfermos y discapacitados que están unidos
al sacrificio de Cristo por su sufrimiento (cf. Rm 12, 2). Por el dolor
que sentís en vuestro cuerpo y en vuestro corazón participáis de manera
singular en el sacrificio de la Eucaristía, como testigos privilegiados
del amor que de ella deriva. Estamos seguros de que en el momento en el
que experimentamos la debilidad y nuestros propios límites, la fuerza de
la Eucaristía puede ser una gran ayuda. Unidos al misterio pascual de
Cristo, encontramos la respuesta a las cuestiones candentes del
sufrimiento y de la muerte, sobre todo cuando la enfermedad toca a niños
inocentes. Nos sentimos cercanos a todos vosotros pero especialmente a los
moribundos que reciben el Cuerpo de Cristo como viático para su último
paso al Reino.
Que todos sean uno
24. El Santo Padre Benedicto XVI ha reiterado el
compromiso solemne de la Iglesia con la causa ecuménica. Todos somos
responsables de esta unidad (cf. Jn 17, 21), pues somos miembros de la
familia de Dios por nuestro bautismo, hemos recibido la misma gracia y
dignidad fundamental y compartimos el inestimable don sacramental de la
vida divina. Todos sentimos el dolor de la separación que impide la
celebración común de la Santa Eucaristía. Queremos intensificar en las
comunidades la oración por la unidad, el intercambio de dones entre las
Iglesias y las comunidades eclesiales, así como los contactos respetuosos
y fraternos entre todos, para conocernos mejor y amarnos, respetando y
apreciando nuestras diferencias y nuestros valores comunes. Normas
precisas de la Iglesia determinan cómo hay que conducirse respecto a la
comunión eucarística de los hermanos y hermanas que no están todavía en
plena comunión con nosotros. Una sana disciplina impide la confusión y los
gestos precipitados que pueden obstaculizar aún más la verdadera comunión.
25. Como cristianos nos reconocemos muy cercanos a
todos los otros descendientes de Abraham: a los judíos, herederos de la
primera Alianza, y a los musulmanes. Al celebrar la sagrada Eucaristía,
nos consideramos también, como dice San Agustín, "sacramento de la
humanidad" (De civ. Dei, 16), voz de todas las oraciones y súplicas que
suben de la tierra hacia Dios.
Conclusión: una paz llena de esperanza
Amados hermanos y hermanas,
26. Damos gracias a Dios por esta XI Asamblea Sinodal, que nos ha hecho
volver a la fuente del misterio de la Iglesia, cuarenta años después del
Concilio Vaticano II. Terminamos así felizmente el Año de la Eucaristía,
confirmados en la unidad y renovados en el entusiasmo apostólico y
misionero.
A comienzos del siglo cuarto, el culto cristiano aún
estaba prohibido por las autoridades imperiales. Los cristianos del norte
de África, vinculados con fuerza a la celebración del Día del Señor,
desafiaron la prohibición. Murieron mártires declarando que no podían
vivir sin la celebración dominical de la Eucaristía. Los 49 mártires de
Abitinia, unidos a tantos santos y beatos que han hecho de la Eucaristía
el centro de sus vidas, interceden por nosotros al inicio del nuevo
milenio. Nos enseñan la fidelidad al encuentro de la Nueva Alianza con
Cristo resucitado.
Al final de este Sínodo, experimentamos la paz llena de
esperanza que los discípulos de Emaús, con el corazón encendido,
recibieron del Señor resucitado. Se levantaron y volvieron apresuradamente
a Jerusalén para compartir su alegría con sus hermanos y hermanas en la
fe. Os deseamos que vayáis alegremente a su encuentro en la Santa
Eucaristía y que experimentéis la verdad de su palabra: "Y yo estoy con
vosotros hasta el fin del mundo" (Mt 28, 20).
¡Queridos hermanos y hermanas, la Paz esté con
vosotros!