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CAPITULO IV
LOS LAICOS
Peculiaridad
30. El Santo Sínodo, una vez declaradas las funciones de la
jerarquía, vuelve gozosamente su espíritu hacia el estado de los fieles cristianos,
llamados laicos. Cuanto se ha dicho del Pueblo de Dios se dirige por igual a los laicos,
religiosos y clérigos; sin embargo, a los laicos, hombres y mujeres, en razón de su
condición y misión, les corresponden ciertas particularidades cuyos fundamentos, por las
especiales circunstancias de nuestro tiempo, hay que considerar con mayor amplitud.
Los sagrados pastores conocen muy bien la importancia de la
contribución de los laicos al bien de toda la Iglesia. Pues los sagrados pastores saben
que ellos no fueron constituidos por Cristo para asumir por sí solos toda la misión
salvífica de la Iglesia cerca del mundo, sino que su excelsa función es apacentar de tal
modo a los fieles y de tal manera reconocer sus servicios y carismas, que todos, a su
modo, cooperen unánimemente a la obra común.
Es necesario, por tanto, que todos "abrazados a la verdad, en todo
crezcamos en caridad, llegándonos a Aquél que es nuestra Cabeza, Cristo, de quien todo
el cuerpo trabado y unido por todos los ligamentos que lo unen y nutren para la operación
propia de cada miembro, crece y se perfecciona en la caridad" (Ef., 4, 15-16).
Qué se entiende por laicos
31. Por el nombre de laicos se entiende aquí todos los fieles
cristianos, a excepción de los miembros que han recibido un orden sagrado y los que
están en estado religioso reconocido por la Iglesia, es decir, los fieles cristianos que,
por estar incorporados a Cristo mediante el bautismo, constituidos en Pueblo de Dios y
hechos partícipes a su manera de la función sacerdotal, profética y real de Jesucristo,
ejercen, por su parte, la misión de todo el pueblo cristiano en la Iglesia y en el mundo.
El carácter secular es propio y peculiar de los laicos. Los que
recibieron el orden sagrado, aunque algunas veces pueden tratar asuntos seculares, incluso
ejerciendo una profesión secular, están ordenados principal y directamente al sagrado
ministerio, por razón de su vocación particular, en tanto que los religiosos, por su
estado, dan un preclaro y eximio testimonio de que el mundo no puede ser transfigurado ni
ofrecido a Dios sin el espíritu de las bienaventuranzas.
A los laicos pertenece por propia vocación buscar el reino de Dios
tratando y ordenando, según Dios, los asuntos temporales. Viven en el siglo, es decir, en
todas y a cada una de las actividades y profesiones, así como en las condiciones
ordinarias de la vida familiar y social con las que su existencia está como entretejida.
Allí están llamados por Dios a cumplir su propio cometido, guiándose
por el espíritu evangélico, de modo que, igual que la levadura, contribuyan desde dentro
a la santificación del mundo y de este modo descubran a Cristo a los demás, brillando,
ante todo, con el testimonio de su vida, fe, esperanza y caridad.
A ellos, muy en especial, corresponde iluminar y organizar todos los
asuntos temporales a los que están estrechamente vinculados, de tal manera que se
realicen continuamente según el espíritu de Jesucristo y se desarrollen y sean para la
gloria del Creador y del Redentor.
Dignidad de los laicos. Unidad en la diversidad
32. La Iglesia santa, por voluntad divina, está ordenada y se rige con
admirable variedad. "Pues a la manera que en un solo cuerpo tenemos muchos miembros y
todos los miembros no tienen la misma función, así nosotros, siendo muchos, somos un
cuerpo en Cristo, pero cada miembro está al servicio de los otros miembros" (Rom.,
12,4-5).
El pueblo elegido de Dios es uno: "Un Señor, una fe, un
bautismo" (Ef. 4,5); común la dignidad de los miembros por su regeneración en
Cristo, gracia común de hijos, común vocación a la perfección, una salvación, una
esperanza y una indivisa caridad. Ante Cristo y ante la Iglesia no existe desigualdad
alguna en razón de estirpe o nacimiento, condición social o sexo, porque "no hay
judío ni griego, no hay siervo ni libre, no hay varón ni mujer. Pues todos vosotros sois
"uno" en Cristo Jesús" (Gal., 3,28; cf. Col., 3,11).
Aunque no todos en la Iglesia marchan por el mismo camino, sin embargo,
todos están llamados a la santidad y han alcanzado la misma fe por la justicia de Dios
(cf. 2; Pe., 1,1). Y si es cierto que algunos, por voluntad de Cristo, han sido
constituidos para los demás como doctores, dispensadores de los misterios y pastores, sin
embargo, se da una verdadera igualdad entre todos en lo referente a la dignidad y a la
acción común de todos los fieles para la edificación del Cuerpo de Cristo.
La diferencia que puso el Señor entre los sagrados ministros y el
resto del Pueblo de Dios lleva consigo la unión, puesto que los pastores y los demás
fieles están vinculados entre sí por necesidad recíproca; los pastores de la Iglesia,
siguiendo el ejemplo del Señor, pónganse al servicio los unos de los otros, y al de los
demás fieles, y estos últimos, a su vez asocien su trabajo con el de los pastores y
doctores.
De este modo, en la diversidad, todos darán testimonio de la admirable
unidad del Cuerpo de Cristo; pues la misma diversidad de gracias, servicios y funciones
congrega en la unidad a los hijos de Dios, porque "todas estas cosas son obras del
único e idéntico Espíritu" (1 Cor., 12,11).
Si, pues, los seglares, por designación divina, tienen a Jesucristo
por hermano, que siendo Señor de todas las cosas vino, sin embargo, a servir y no a ser
servido (cf. Mt., 20,28), así también tienen por hermanos a quienes, constituidos en el
sagrado ministerio, enseñando, santificando y gobernando con la autoridad de Cristo,
apacientan la familia de Dios de tal modo que se cumpla por todos el mandato nuevo de la
caridad.
A este respecto dice hermosamente San Agustín: "Si me aterra el
hecho de lo que soy para vosotros, eso mismo me consuela, porque estoy con vosotros. Para
vosotros soy el obispo, con vosotros soy el cristiano. Aquél es el nombre del cargo;
éste de la gracia; aquél el del peligro; éste, el de la salvación".
El apostolado de los laicos
33. Los laicos congregados en el Pueblo de Dios y constituidos en un
solo Cuerpo de Cristo bajo una sola Cabeza, cualesquiera que sean, están llamados, a fuer
de miembros vivos, a procurar el crecimiento de la Iglesia y su perenne santificación con
todas sus fuerzas, recibidas por beneficio del Creador y gracia del Redentor.
El apostolado de los laicos es la participación en la misma misión
salvífica de la Iglesia, a cuyo apostolado todos están llamados por el mismo Señor en
razón del bautismo y de la confirmación. Por los sacramentos, especialmente por la
Sagrada Eucaristía, se comunica y se nutre aquel amor hacia Dios y hacia los hombres, que
es el alma de todo apostolado.
Los laicos, sin embargo, están llamados, particularmente, a hacer
presente y operante a la Iglesia en los lugares y condiciones donde ella no puede ser sal
de la tierra si no es a través de ellos.
Así, pues, todo laico, por los mismos dones que le han sido
conferidos, se convierte en testigo e instrumento vivo, a la vez, de la misión de la
misma Iglesia "en la medida del don de Cristo" (Ef., 4,7).
Además de este apostolado, que incumbe absolutamente a todos los
fieles, los laicos pueden también ser llamados de diversos modos a una cooperación más
inmediata con el apostolado de la jerarquía, como aquellos hombres y mujeres que ayudaban
al apóstol Pablo en la evangelización, trabajando mucho en el Señor (cf. Fil., 4,3;
Rom., 16,3ss.).
Por los demás, son aptos para que la jerarquía les confíe el
ejercicio de determinados cargos eclesiásticos, ordenados a un fin espiritual.
Así, pues, incumbe a todos los laicos colaborar en la hermosa empresa
de que el divino designio de salvación alcance más y más a todos los hombres de todos
los tiempos y de todas las tierras. Abraseles, pues, camino por doquier para que, a la
medida de sus fuerzas y de las necesidades de los tiempos, participen también ellos,
celosamente, en la misión salvadora de la Iglesia.
Consagración del mundo
34. Cristo Jesús, Supremo y eterno sacerdote porque desea continuar su
testimonio y su servicio por medio de los laicos, vivifica a éstos con su Espíritu e
ininterrumpidamente los impulsa a toda obra buena y perfecta.
Pero aquellos a quienes asocia íntimamente a su vida y misión
también les hace partícipes de su oficio sacerdotal, en orden al ejercicio del culto
espiritual, para gloria de Dios y salvación de los hombres.
Por lo que los laicos, en cuanto consagrados a Cristo y ungidos por el
Espíritu Santo, tienen una vocación admirable y son instruidos para que en ellos se
produzcan siempre los más abundantes frutos del Espíritu. Pues todas sus obras, preces y
proyectos apostólicos, la vida conyugal y familiar, el trabajo cotidiano, el descanso del
alma y de cuerpo, si se realizan en el Espíritu, incluso las molestias de la vida si se
sufren pacientemente, se convierten en "hostias espirituales, aceptables a Dios por
Jesucristo" (1 Pe., 2,5), que en la celebración de la Eucaristía, con la oblación
del cuerpo del Señor, ofrecen piadosísimamente al Padre. Así también los laicos, como
adoradores en todo lugar y obrando santamente, consagran a Dios el mundo mismo.
El testimonio de su vida
35. Cristo, el gran Profeta, que por el testimonio de su vida y por la
virtud de su palabra proclamó el Reino del Padre, cumple su misión profética hasta la
plena manifestación de la gloria, no sólo a través de la jerarquía, que enseña en su
nombre y con su potestad, sino también por medio de los laicos, a quienes por ello,
constituye en testigos y les ilumina con el sentido de la fe y la gracia de la palabra
(cf. Act., 2,17-18; Ap., 19,10) para que la virtud del Evangelio brille en la vida
cotidiana familiar y social.
Ellos se muestran como hijos de la promesa cuando fuertes en la fe y la
esperanza aprovechan el tiempo presente (cf. Ef., 5,16; Col., 4,5) y esperan con paciencia
la gloria futura (cf. Rom., 8,25).
Pero que no escondan esta esperanza en la interioridad del alma, sino
manifiéstenla en diálogo continuo y en el forcejeo "con los espíritus
malignos" (Ef., 6,12), incluso a través de las estructuras de la vida secular.
Así como los sacramentos de la Nueva Ley, con los que se nutre la vida
y el apostolado de los fieles, prefiguran el cielo nuevo y la tierra nueva (cf. Ap.,
21,1), así los laicos, se hacen valiosos pregoneros de la fe y de las cosas que esperamos
(cf. Hebr., 11,1), así asocian, sin desmayo, la profesión de fe con la vida de fe.
Esta evangelización, es decir, el mensaje de Cristo, pregonado con el
testimonio de la vida y de la palabra, adquiere una nota específica y una peculiar
eficacia por el hecho de que se realiza dentro de las comunes condiciones de la vida en el
mundo.
En este quehacer es de gran valor aquel estado de vida que está
santificado por un especial sacramento, es decir, la vida matrimonial y familiar.
Aquí se encuentra un ejercicio y una hermosa escuela para el
apostolado de los laicos cuando la religión cristiana penetra toda institución de la
vida y la transforma más cada día. Aquí los cónyuges tienen su propia vocación para
que ellos, entre sí, y sus hijos, sean testigos de la fe y del amor de Cristo.
La familia cristiana proclama muy alto tanto las presentes virtudes del
Reino de Dios como la esperanza de la vida bienaventurada. Y así, con su ejemplo y
testimonio, arguye al mundo el pecado e ilumina a los que buscan la verdad.
Por tanto, los laicos, también cuando se ocupan de las cosas
temporales, pueden y deben realizar una acción preciosa en orden a la evangelización del
mundo. Porque si bien algunos de entre ellos, al faltar los sagrados ministros o estar
impedidos éstos en caso de persecución, les suplen en determinados oficios sagrados en
la medida de sus facultades, y aunque muchos de ellos consumen todas sus energías en el
trabajo apostólico, conviene, sin embargo, que todos cooperen a la dilatación e
incremento del Reino de Cristo en el mundo.
Por ello, trabajen los laicos celosamente por conocer más
profundamente la verdad revelada e impetren insistentemente de Dios el don de la
sabiduría.
En las estructuras humanas
36. Cristo, hecho obediente hasta la muerte y, en razón de ello,
exaltado por el Padre (cf. Flp., 2,8-9), entró en la gloria de su reino; a El están
sometidas todas las cosas hasta que El se someta a sí mismo y todo lo creado al Padre,
para que Dios sea todo en todas las cosas (cf. 1 COr., 15,27-28).
Tal potestad la comunicó a sus discípulos para que quedasen
constituidos en una libertad regia, y con la abnegación y la vida santa vencieran en sí
mismos el reino del pecado (cf. Rom., 6,12), e incluso sirviendo a Cristo también en los
demás, condujeran en humildad y paciencia a sus hermanos hasta aquel Rey, a quien servir
es reinar.
Porque el Señor desea dilatar su Reino también por mediación de los
fieles laicos; un reino de verdad y de vida, un reino de santidad y de gracia, un reino de
justicia, de amor y de paz, en el cual la misma criatura quedará libre de la servidumbre
de la corrupción en la libertad de la gloria de los hijos de Dios (cf. Rom., 8,21).
Grande, realmente, es la promesa, y grande el mandato que se da a los
discípulos. "Todas las cosas son vuestras, pero vosotros sois de Cristo y Cristo es
de Dios" (1 Cor., 3,23).
Deben, pues, los fieles conocer la naturaleza íntima de todas las
criaturas, su valor y su ordenación a la gloria de Dios y, además, deben ayudarse entre
sí, también mediante las actividades seculares, para lograr una vida más santa, de
suerte que el mundo se impregne del espíritu de Cristo y alcance más eficazmente su fin
en la justicia, la caridad y la paz.
Para que este deber pueda cumplirse en el ámbito universal,
corresponde a los laicos el puesto principal. Procuren, pues, seriamente que por su
competencia en los asuntos profanos y por su actividad, elevada desde dentro por la gracia
de Cristo, los bienes creados se desarrollen al servicio de todos y cada uno de los
hombres y se distribuyan mejor entre ellos, según el plan del Creador y la iluminación
de su Verbo, mediante el trabajo humano, la técnica y la cultura civil; y que a su manera
conduzcan a los hombres al progreso universal en la libertad cristiana y humana.
Así Cristo, a través de los miembros de la Iglesia, iluminará más y
más con su luz salvadora a toda la sociedad humana.
A más de lo dicho, los laicos procuren coordinar sus fuerzas para
sanear las estructuras y los ambientes del mundo, si en algún caso incitan al pecado, de
modo que todo esto se conforme a las normas de la justicia y favorezca, más bien que
impida, la practica de las virtudes. Obrando así impregnarán de sentido moral la cultura
y el trabajo humano.
De esta manera se prepara a la vez y mejor el campo del mundo para la
siembra de la divina palabra, y se abren de par en par a la Iglesia las puertas por las
que ha de entrar en el mundo el mensaje de la paz.
En razón de la misma economía de la salvación, los fieles han de
aprender diligentemente a distinguir entre los derechos y obligaciones que les
corresponden por su pertenencia a la Iglesia y aquellos otros que les competen como
miembros de la sociedad humana.
Procuren acoplarlos armónicamente entre sí, recordando que, en
cualquier asunto temporal, deben guiarse por la conciencia cristiana, ya que ninguna
actividad humana, ni siquiera en el orden temporal, puede sustraerse al imperio de Dios.
En nuestro tiempo, concretamente, es de la mayor importancia que esa
distinción y esta armonía brille con suma claridad en el comportamiento de los fieles
para que la misión de la Iglesia pueda responder mejor a las circunstancias particulares
del mundo de hoy.
Porque, así como debe reconocerse que la ciudad terrena, vinculada
justamente a las preocupaciones temporales, se rige por principios propios, con la misma
razón hay que rechazar la infausta doctrina que intenta edificar a la sociedad
prescindiendo en absoluta de la religión y que ataca o destruye la libertad religiosa de
los ciudadanos.
Relaciones de los laicos con la jerarquía
37. Los laicos, como todos los fieles cristianos, tienen el derecho de
recibir con abundancia, de los sagrados pastores, de entre los bienes espirituales de la
Iglesia, ante todo, los auxilios de la Palabra de Dios y de los sacramentos; y han de
hacerles saber, con aquella libertad y confianza digna de Dios y de los hermanos en
Cristo, sus necesidades y sus deseos.
En la medida de los conocimientos, de la competencia y del prestigio
que poseen, tienen el derecho y, en algún caso, la obligación de manifestar su parecer
sobre aquellas cosas que dicen relación al bien de la Iglesia.
Hágase esto, si las circunstancias lo requieren, mediante
instituciones establecidas al efecto por la Iglesia, y siempre con veracidad, fortaleza y
prudencia, con reverencia y caridad hacia aquellos que, por razón de su oficio sagrado,
personifican a Cristo.
Procuren los seglares, como los demás fieles, siguiendo el ejemplo de
Cristo, que con su obediencia hasta la muerte abrió a todos los hombres el gozoso camino
de la libertad de los hijos de Dios, aceptar con prontitud y cristiana obediencia todo lo
que los sagrados pastores, como representantes de Cristo, establecen en la Iglesia
actuando de maestros y gobernantes.
Y no dejen de encomendar a Dios en sus oraciones a sus prelados, para
que, ya que viven en continua vigilancia, obligados a dar cuenta de nuestras almas,
cumplan esto con gozo y no con angustia (cf. Hebr., 13,17).
Los sagrados pastores, por su parte, reconozcan y promuevan la dignidad
y la responsabilidad de los laicos en la Iglesia. Hagan uso gustosamente de sus prudentes
consejos, encárguenles, con confianza, tareas en servicio de la Iglesia, y déjenles
libertad y espacio para actuar, e incluso denles ánimo para que ellos, espontáneamente,
asuman tareas propias.
Consideren atentamente en Cristo, con amor de padres, las iniciativas,
las peticiones y los deseos propuestos por los laicos. Y reconozcan cumplidamente los
pastores la justa libertad que a todos compete dentro de la sociedad temporal.
De este trato familiar entre los laicos y pastores son de esperar
muchos bienes para la Iglesia, porque así se robustece en los seglares el sentido de su
propia responsabilidad, se fomenta el entusiasmo y se asocian con mayor facilidad las
fuerzas de los fieles a la obra de los pastores.
Pues estos últimos, ayudados por la experiencia de los laicos, pueden
juzgar con mayor precisión y aptitud lo mismo los asuntos espirituales que los
temporales, de suerte que la Iglesia entera, fortalecida por todos sus miembros, pueda
cumplir con mayor eficacia su misión en favor de la vida del mundo.
Conclusión
38. Cada seglar debe ser ante el mundo testigo de la resurrección y de
la vida del Señor Jesús, y señal del Dios vivo. Todos en conjunto y cada cual en
particular deben alimentar al mundo con frutos espirituales (cf. Gal., 5,22) e infundirle
aquel espíritu del que están animados aquellos pobres, mansos y pacíficos, a quienes el
Señor, en el Evangelio, proclamó bienaventurados (cf. Mt., 5,3-9). En una palabra,
"lo que es el alma en el cuerpo, esto han de ser los cristianos en el mundo".
CAPITULO V
UNIVERSAL VOCACION Y LA SANTIDAD EN LA IGLESIA
Llamamiento a la santidad
39. La Iglesia, cuyo misterio expone este sagrado Concilio, creemos que
es indefectiblemente santa, ya que Cristo, el Hijo de Dios, a quien con el Padre y el
Espíritu llamamos "el solo Santo", amó a la Iglesia como a su esposa,
entregándose a sí mismo por ella para santificarla (cf. Ef., 5,25-26), la unió a sí
mismo como su propio cuerpo y la enriqueció con el don del Espíritu Santo para gloria de
Dios.
Por eso, todos en la Iglesia, ya pertenezcan a la jerarquía, ya
pertenezcan a la grey, son llamados a la santidad, según aquello del Apóstol :
"Porque ésta es la voluntad de Dios, vuestra santificación" (1 Tes., 4,3; Ef.,
1,4). Esta santidad de la Iglesia se manifiesta incesantemente y se debe manifestar en los
frutos de gracia que el Espíritu Santo produce en los fieles; se expresa de múltiples
modos en todos aquellos que, con edificación de los demás, se acercan en su propio
estado de vida a la cumbre de la caridad; pero aparece de modo particular en la práctica
de los que comúnmente llamamos consejos evangélicos.
Esta práctica de los consejos, que por impulso del Espíritu Santo
algunos cristianos abrazan, tanto en forma privada como en una condición o estado
admitido por la Iglesia, da en el mundo, y conviene que lo dé, un espléndido testimonio
y ejemplo de esa santidad.
El Divino Maestro y modelo de toda perfección
40. Nuestro Señor Jesucristo predicó la santidad de vida, de la que
El es Maestro y Modelo, a todos y cada uno de sus discípulos, de cualquier condición que
fuesen. "Sed, pues, vosotros perfectos como vuestro Padre Celestial es perfecto"
(Mt., 5, 48).
Envió a todos el Espíritu Santo, que los moviera interiormente, para
que amen a Dios con todo el corazón, con toda el alma, con toda la mente y con todas las
fuerzas (cf. Mc., 12,30), y para que se amen unos a otros como Cristo nos amó (cf. Jn.,
13,34; 15,12).
Los seguidores de Cristo, llamados por Dios, no en virtud de sus
propios méritos, sino por designio y gracia de El, y justificados en Cristo Nuestro
Señor, en la fe del bautismo han sido hechos hijos de Dios y partícipes de la divina
naturaleza, y por lo mismo santos; conviene, por consiguiente, que esa santidad que
recibieron sepan conservarla y perfeccionarla en su vida, con la ayuda de Dios.
Les amonesta el Apóstol a que vivan "como conviene a los
santos" (Ef., 5,3, y que "como elegidos de Dios, santos y amados, se revistan de
entrañas de misericordia, benignidad, humildad, modestia, paciencia" (Col., 3,12) y
produzcan los frutos del Espíritu para santificación (cf. Gal., 5,22; Rom., 6,22).
Pero como todos tropezamos en muchas cosas (cf. Sant., 3,2), tenemos
continua necesidad de la misericordia de Dios y hemos de orar todos los días:
"Perdónanos nuestras deudas" (Mt., 6, 12).
Fluye de ahí la clara consecuencia que todos los fieles, de cualquier
estado o condición, son llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de
la caridad, que es una forma de santidad que promueve, aun en la sociedad terrena, un
nivel de vida más humano.
Para alcanzar esa perfección, los fieles, según la diversas medida de
los dones recibidos de Cristo, siguiendo sus huellas y amoldándose a su imagen,
obedeciendo en todo a la voluntad del Padre, deberán esforzarse para entregarse
totalmente a la gloria de Dios y al servicio del prójimo. Así la santidad del Pueblo de
Dios producirá frutos abundantes, como brillantemente lo demuestra en la historia de la
Iglesia la vida de tantos santos.
La santidad en los diversos estados
41. Una misma es la santidad que cultivan en cualquier clase de vida y
de profesión los que son guiados por el espíritu de Dios y, obedeciendo a la voz del
Padre, adorando a Dios y al Padre en espíritu y verdad, siguen a Cristo pobre, humilde y
cargado con la cruz, para merecer la participación de su gloria.
Según eso, cada uno según los propios dones y las gracias recibidas,
debe caminar sin vacilación por el camino de la fe viva, que excita la esperanza y obra
por la caridad. Es menester, en primer lugar, que los pastores del rebaño de Cristo
cumplan con su deber ministerial, santamente y con entusiasmo, con humildad y fortaleza,
según la imagen del Sumo y Eterno sacerdote, pastor y obispo de nuestras almas; cumplido
así su ministerio, será para ellos un magnífico medio de santificación.
Los escogidos a la plenitud del sacerdocio reciben como don, con la
gracia sacramental, el poder ejercitar el perfecto deber de su pastoral caridad con la
oración, con el sacrificio y la predicación, en todo género de preocupación y servicio
episcopal, sin miedo de ofrecer la vida por sus ovejas y haciéndose modelo de la grey
(cf. 1 Pe., 5,13). Así incluso con su ejemplo, han de estimular a la Iglesia hacia una
creciente santidad.
Los presbíteros, a semejanza del orden de los Obispos, cuya corona
espiritual forman participando de la gracia del oficio de ellos por Cristo, eterno y
único Mediador, crezcan en el amor de Dios y del prójimo por el ejercicio cotidiano de
su deber; conserven el vínculo de la comunión sacerdotal; abunden en toda clase de
bienes espirituales y den a todos un testimonio vivo de Dios, emulando a aquellos
sacerdotes que en el transcurso de los siglos nos dejaron muchas veces con un servicio
humilde y escondido, preclaro ejemplo de santidad, cuya alabanza se difunde por la Iglesia
de Dios.
Ofrezcan, como es su deber, sus oraciones y sacrificios por su grey y
por todo el Pueblo de Dios, conscientes de lo que hacen e imitando lo que tratan. Así, en
vez de encontrar un obstáculo en sus preocupaciones apostólicas, peligros y
contratiempos, sírvanse más bien de todo ello para elevarse a más alta santidad,
alimentando y fomentando su actividad con la frecuencia de la contemplación, para
consuelo de toda la Iglesia de Dios.
Todos los presbíteros, y en particular los que por el título peculiar
de su ordenación se llaman sacerdotes diocesanos, recuerden cuánto contribuirá a su
santificación el fiel acuerdo y la generosa cooperación con su propio Obispo.
Son también participantes de la misión y de la gracia del supremo
sacerdote, de una manera particular, los ministros de orden inferior, en primer lugar los
diáconos, los cuales, al dedicarse a los misterios de Cristo y de la Iglesia, deben
conservarse inmunes de todo vicio y agradar a Dios y ser ejemplo de todo lo bueno ante los
hombres (cf. 1 Tim., 3,8-10; 12-13).
Los clérigos, que llamados por Dios y apartados para su servicio se
preparan para los deberes de los ministros bajo la vigilancia de los pastores, están
obligados a ir adaptando su manera de pensar y sentir a tan preclara elección, asiduos en
la oración, fervorosos en el amor, preocupados siempre por la verdad, la justicia, la
buena fama, realizando todo para gloria y honor de Dios.
A los cuales todavía se añaden aquellos seglares, escogidos por Dios,
que, entregados totalmente a las tareas apostólicas, son llamados por el Obispo y
trabajan en el campo del Señor con mucho fruto.
Conviene que los cónyuges y padres cristianos, siguiendo su propio
camino, se ayuden el uno al otro en la gracia, con la fidelidad en su amor a lo largo de
toda la vida, y eduquen en la doctrina cristiana y en las virtudes evangélicas a la prole
que el Señor les haya dado. De esta manera ofrecen al mundo el ejemplo de una incansable
y generoso amor, construyen la fraternidad de la caridad y se presentan como testigos y
cooperadores de la fecundidad de la Madre Iglesia, como símbolo y al mismo tiempo
participación de aquel amor con que Cristo amó a su Esposa y se entregó a sí mismo por
ella.
Un ejemplo análogo lo dan los que, en estado de viudez o de celibato,
pueden contribuir no poco a la santidad y actividad de la Iglesia. Y por su lado, los que
viven entregados al duro trabajo conviene que en ese mismo trabajo humano busquen su
perfección, ayuden a sus conciudadanos, traten de mejorar la sociedad entera y la
creación, pero traten también de imitar, en su laboriosa caridad, a Cristo, cuyas manos
se ejercitaron en el trabajo manual, y que continúa trabajando por la salvación de todos
en unión con el Padre; gozosos en la esperanza, ayudándose unos a otros en llevar sus
cargas, y sirviéndose incluso del trabajo cotidiano para subir a una mayor santidad,
incluso apostólica.
Sepan también que están unidos de una manera especial con Cristo en
sus dolores por la salvación del mundo todos los que se ven oprimidos por la pobreza, la
enfermedad, los achaques y otros muchos sufrimientos o padecen persecución por la
justicia: todos aquellos a quienes el Señor en su Evangelio llamó Bienaventurados, y a
quienes: "El Señor... de toda gracia, que nos llamó a su eterna gloria en Cristo
Jesús, después de un poco de sufrimiento, nos perfeccionará El mismo, nos confirmará,
nos solidificará" (1 Pe., 5,10).
Por consiguiente, todos los fieles cristianos, en cualquier condición
de vida, de oficio o de circunstancias, y precisamente por medio de todo eso, se podrán
santificar de día en día, con tal de recibirlo todo con fe de la mano del Padre
Celestial, con tal de cooperar con la voluntad divina, manifestando a todos, incluso en el
servicio temporal, la caridad con que Dios amó al mundo.
Los consejos evangélicos
42. "Dios es caridad y el que permanece en la caridad permanece en
Dios y Dios en El" (1 Jn., 4,16). Y Dios difundió su caridad en nuestros corazones
por el Espíritu Santo que se nos ha dado (cf. Rom., 5,5). Por consiguiente, el don
principal y más necesario es la caridad con la que amamos a Dios sobre todas las cosas y
al prójimo por El.
Pero a fin de que la caridad crezca en el alma como una buena semilla y
fructifique, debe cada uno de los fieles oír de buena gana la Palabra de Dios y cumplir
con las obras de su voluntad, con la ayuda de su gracia, participar frecuentemente en los
sacramentos, sobre todo en la Eucaristía, y en otras funciones sagradas, y aplicarse de
una manera constante a la oración, a la abnegación de sí mismo, a un fraterno y
solícito servicio de los demás y al ejercicio de todas las virtudes.
Porque la caridad, como vínculo de la perfección y plenitud de la ley
(cf. Col., 3,14), gobierna todos los medios de santificación, los informa y los conduce a
su fin. De ahí que el amor hacia Dios y hacia el prójimo sea la característica
distintiva del verdadero discípulo de Cristo.
Así como Jesús, el Hijo de Dios, manifestó su caridad ofreciendo su
vida por nosotros, nadie tiene un mayor amor que el que ofrece la vida por El y por sus
hermanos (cf. 1 Jn., 3,16; Jn., 15,13). Pues bien, ya desde los primeros tiempos algunos
cristianos se vieron llamados, y siempre se encontrarán otros llamados a dar este máximo
testimonio de amor delante de todos, principalmente delante de los perseguidores.
El martirio, por consiguiente, con el que el discípulo llega a hacerse
semejante al Maestro, que aceptó libremente la muerte por la salvación del mundo,
asemejándose a El en el derramamiento de su sangre, es considerado por la Iglesia como un
supremo don y la prueba mayor de la caridad. Y si ese don se da a pocos, conviene que
todos vivan preparados para confesar a Cristo delante de los hombres y a seguirle por el
camino de la cruz en medio de las persecuciones que nunca faltan a la Iglesia.
La santidad de la Iglesia se fomenta también de una manera especial en
los múltiples consejos que el Señor propone en el Evangelio para que los observen sus
discípulos, entre los que descuella el precioso don de la gracia divina que el Padre da a
algunos (cf. Mt., 19,11; 1 Cor., 7,7) de entregarse más fácilmente sólo a Dios en la
virginidad o en el celibato, sin dividir con otro su corazón (cf. 1 Cor., 7,32-34).
Esta perfecta continencia por el reino de los cielos siempre ha sido
considerada por la Iglesia en grandísima estima, como señal y estímulo de la caridad y
como un manantial extraordinario de espiritual fecundidad en el mundo.
La Iglesia considera también la amonestación del Apóstol, quien,
animando a los fieles a la práctica de la caridad, les exhorta a que "sientan en sí
lo que se debe sentir en Cristo Jesús", que "se anonadó a sí mismo tomando la
forma de esclavo... hecho obediente hasta la muerte" (Flp., 2,7-8), y por nosotros
" se hizo pobre, siendo rico" (2 Cor., 8,9).
Y como este testimonio e imitación de la caridad y humildad de Cristo,
habrá siempre discípulos dispuestos a darlo, se alegra la Madre Iglesia de encontrar en
su seno a muchos, hombres y mujeres, que sigan más de cerca el anonadamiento del Salvador
y la ponen en más clara evidencia, aceptando la pobreza con la libertad de los hijos de
Dios y renunciando a su propia voluntad, pues ésos se someten al hombre por Dios en
materia de perfección, más allá de lo que están obligados por el precepto, para
asemejarse más a Cristo obediente.
Quedan, pues, invitados y aun obligados todos los fieles cristianos a
buscar la santidad y la perfección de su propio estado. Vigilen, pues, todos por ordenar
rectamente sus sentimientos, no sea que en el uso de las cosas de este mundo y en el apego
a las riquezas, encuentren un obstáculo que les aparte, contra el espíritu de pobreza
evangélica, de la búsqueda de la perfecta caridad, según el aviso del Apóstol:
"Los que usan de este mundo, no se detengan en eso, porque los atractivos de este
mundo pasan" (cf. 1 Cor., 7,31).
CAPITULO VI
DE LOS RELIGIOSOS
La profesión de los consejos evangélicos en la Iglesia
43. Los consejos evangélicos, castidad ofrecida a Dios, pobreza y
obediencia, como consejos fundados en las palabras y ejemplos del Señor y recomendados
por los Apóstoles, por los padres, doctores y pastores de la Iglesia, son un don divino
que la Iglesia recibió del Señor, y que con su gracia se conserva perpetuamente.
La autoridad de la Iglesia, bajo la guía del Espíritu Santo, se
preocupó de interpretar esos consejos, de regular su práctica y de determinar también
las formas estables de vivirlos. De ahí ha resultado que han ido creciendo, a la manera
de un árbol que se ramifica espléndido y pujante en el campo del Señor a partir de una
semilla puesta por Dios, formas diversísimas de vida monacal y cenobítica (vida
solitaria y vida en común) en gran variedad de familias que se desarrollan, ya para
ventaja de sus propios miembros, ya para el bien de todo el Cuerpo de Cristo.
Y es que esas familias ofrecen a sus miembros todas las condiciones
para una mayor estabilidad en su modo de vida, una doctrina experimentada para conseguir
la perfección, una comunidad fraterna en la milicia de Cristo y una libertad mejorada por
la obediencia, en modo de poder guardar fielmente y cumplir con seguridad su profesión
religiosa, avanzando en la vida de la caridad con espíritu gozoso.
Un estado, así, en la divina y jerárquica constitución de la
Iglesia, no es un estado intermedio entre la condición del clero y la condición seglar,
sino que de ésta y de aquélla se sienten llamados por Dios algunos fieles al goce de un
don particular en la vida de la Iglesia para contribuir, cada uno a su modo, en la misión
salvífica de ésta.
Naturaleza e importancia del estado religioso en la Iglesia
44. Por los votos, o por otros sagrados vínculos análogos a ellos a
su manera, se obliga el fiel cristiano a la práctica de los tres consejos evangélicos
antes citados, entregándose totalmente al servicio de Dios sumamente amado, en una
entrega que crea en él una especial relación con el servicio y la gloria de Dios.
Ya por el bautismo había muerto el pecado y se había consagrado a
Dios; ahora, para conseguir un fruto más abundante de la gracia bautismal trata de
liberarse, por la profesión de los consejos evangélicos en la Iglesia, de los
impedimentos que podrían apartarle del fervor de la caridad y de la perfección del culto
divino, y se consagra más íntimamente al divino servicio.
Esta consagración será tanto más perfecta cuanto por vínculos más
firmes y más estables se represente mejor a Cristo, unido con vínculo indisoluble a su
Esposa, la Iglesia.
Y como los consejos evangélicos tienen la virtud de unir con la
Iglesia y con su ministerio de una manera especial a quienes los practican, por la caridad
a la que conducen, la vida espiritual de éstos es menester que se consagre al bien de
toda la Iglesia.
De ahí hace el deber de trabajar según las fuerzas y según la forma
de la propia vocación, sea con la oración, sea con la actividad laboriosa, por implantar
o robustecer en las almas el Reino de Cristo y dilatarlo por el ancho mundo. De ahí
también que la Iglesia proteja y favorezca la índole propia de los diversos Institutos
religiosos.
Por consiguiente, la profesión de los consejos evangélicos aparece
como un distintivo que puede y debe atraer eficazmente a todos los miembros de la Iglesia
a cumplir sin desfallecimiento los deberes de la vocación cristiana. Porque, al no tener
el Pueblo de Dios una ciudadanía permanente en este mundo, sino que busca la futura, el
estado religioso, que deja más libres a sus seguidores frente a los cuidados terrenos,
manifiesta mejor a todos los presentes los bienes celestiales -presentes incluso en esta
vida- y, sobre todo, da un testimonio de la vida nueva y eterna conseguida por la
redención de Cristo y preanuncia la resurrección futura y la gloria del Reino celestial.
Y ese mismo estado imita más de cerca y representa perpetuamente en la
Iglesia aquella forma de vida que el Hijo de Dios escogió al venir al mundo para cumplir
la voluntad del Padre y que dejó propuesta a los discípulos que quisieran seguirle.
Finalmente, pone a la vista de todos, de una manera peculiar, la elevación del Reino de
Dios sobre todo lo terreno y sus grandes exigencias; demuestra también a la Humanidad
entera la maravillosa grandeza de la virtud de Cristo que reina y el infinito poder del
Espíritu Santo que obra maravillas en su Iglesia.
Por consiguiente, un estado cuya esencia está en la profesión de los
consejos evangélicos, aunque no pertenezca a la estructura jerárquica de la Iglesia,
pertenece, sin embargo, de una manera indiscutible, a su vida y a su santidad.
Bajo la autoridad de la Iglesia
45. Siendo un deber de la jerarquía eclesiástica al apacentar al
Pueblo de Dios y conducirlo a los pastos mejores (cf. Ez., 34,14), toca también a ella
dirigir con la sabiduría de sus leyes la práctica de los consejos evangélicos, con los
que se fomenta de un modo singular la perfección de la caridad hacia Dios y hacia el
prójimo.
La misión jerarquía, siguiendo dócilmente el impulso del Espíritu
Santo admite las reglas propuestas por varones y mujeres ilustres, y las aprueba
auténticamente después de una más completa ordenación, y, además está presente con
su autoridad vigilante y protectora en el desarrollo de los Institutos, erigidos por todas
partes para la edificación del Cuerpo de Cristo, a fin de que crezcan y florezcan en
todos modos, según el espíritu de sus fundadores.
El Sumo Pontífice, por razón de su primado sobre toda la Iglesia,
mirando a la mejor providencia por las necesidades de toda la grey del Señor, puede
eximir de la jurisdicción de los ordinarios y someter a su sola autoridad cualquier
Instituto de perfección y a todos y cada uno de sus miembros.
Y por la misma razón pueden ser éstos dejados o confiados a la
autoridad patriarcal propia. Los miembros de estos Institutos, en el cumplimiento de sus
deberes para con la Iglesia según la forma peculiar de su Instituto, deben prestar a los
Obispos la debida reverencia y obediencia según las leyes canónicas, por su autoridad
pastoral en las Iglesias particulares y por la necesaria unidad y concordia en el trabajo
apostólico.
La Iglesia no sólo eleva con su sanción la profesión religiosa a la
dignidad de un estado canónico, sino que la presenta en la misma acción litúrgica como
un estado consagrado a Dios. Ya que la misma Iglesia, con la autoridad recibida de Dios,
recibe los votos de los profesos, les obtiene del Señor, con la oración pública, los
auxilios y la gracia divina, les encomienda a Dios y les imparte una bendición
espiritual, asociando su oblación al sacrificio eucarístico.
Estima de la profesión de los consejos evangélicos
46. Pongan, pues, especial solicitud los religiosos en que, por ellos,
la Iglesia demuestre mejor cada día a fieles e infieles, el Cristo, ya sea entregado a la
contemplación en el monte, ya sea anunciando el Reino de Dios a las turbas, sanando
enfermos y heridos, convirtiendo los pecadores a una vida correcta, bendiciendo a los
niños, haciendo el bien a todos, siempre obediente a la voluntad del Padre que le envió.
Tengan por fin todos bien entendido que la profesión de los consejos
evangélicos, aunque lleva consigo la renuncia de bienes que indudablemente se han de
tener en mucho, sin embargo, no es un impedimiento para el desarrollo de la persona
humana, sino que, por su misma naturaleza, la favorece grandemente.
Porque los consejos evangélicos, aceptados voluntariamente según la
vocación personal de cada uno, contribuyen no poco a la purificación del corazón y a la
libertad del espíritu, excitan continuamente el fervor de la caridad y, sobre todo, como
se demuestra con el ejemplo de tantos santos fundadores, son capaces de asemejar más la
vida del hombre cristiano con la vida virginal y pobre que para sí escogió Cristo
Nuestro Señor y abrazó su Madre la Virgen. Ni piense nadie que los religiosos por su
consagración, se hacen extraños a la Humanidad o inútiles para la ciudad terrena.
Porque, aunque en algunos casos no estén directamente presente ante
los coetáneos, los tienen, sin embargo, presentes, de un modo más profundo, en las
entrañas de Cristo y cooperan con ellos espiritualmente para que la edificación de la
ciudad terrena se funde siempre en Dios y se dirija a El, "no sea que trabajen en
vano los que la edifican".
Por eso, este Sagrado Sínodo confirma y alaba a los hombres y mujeres,
hermanos y hermanas que, en los monasterios, en las escuelas y hospitales o en las
misiones, ilustran a la Esposa de Cristo con la constante y humilde fidelidad en su
consagración y ofrecen a todos los hombres generosamente los más variados servicios.
Perseverancia
47. Esmérese por consiguiente todo el que haya sido llamado a la
profesión de esos consejos, por perseverar y destacarse en la vocación a la que ha sido
llamado, para que más abunde la santidad en la Iglesia y para mayor gloria de la
Trinidad, una e indivisible, que en Cristo y por Cristo es la fuente y origen de toda
santidad.
CAPITULO VII
INDOLE ESCATOLOGICA DE LA IGLESIA PEREGRINANTE Y SU UNION CON LA
IGLESIA CELESTIAL
Indole escatológica de nuestra vocación en la Iglesia
48. La Iglesia a la que todos hemos sido llamados en Cristo Jesús y en
la cual, por la gracia de Dios, conseguimos la santidad, no será llevada a su plena
perfección sino "cuando llegue el tiempo de la restauración de todas las
cosas" (Act., 3,21) y cuando, con el género humano, también el universo entero, que
está íntimamente unido con el hombre y por él alcanza su fin, será perfectamente
renovado (cf. Ef., 1,10; Col., 1,20; 2 Pe., 3,10-13).
Porque Cristo levantado en alto sobre la tierra atrajo hacia Sí a
todos los hombres (cf. J., 12,32); resucitando de entre los muertos (cf. Rom., 6,9) envió
a su Espíritu vivificador sobre sus discípulos y por El constituyó a su Cuerpo que es
la Iglesia, como Sacramento universal de salvación; estando sentado a la diestra del
Padre, sin cesar actúa en el mundo para conducir a los hombre a su Iglesia y por Ella
unirlos a Sí más estrechamente, y alimentándolos con su propio Cuerpo y Sangre hacerlos
partícipes de su vida gloriosa.
Así que la restauración prometida que esperamos, ya comenzó en
Cristo, es impulsada con la venida del Espíritu Santo y continúa en la Iglesia, en la
cual por la fe somos instruidos también acerca del sentido de nuestra vida temporal, en
tanto que con la esperanza de los bienes futuros llevamos a cabo la obra que el Padre nos
ha confiado en el mundo y labramos nuestra salvación (cf. Flp., 2,12).
La plenitud de los tiempos ha llegado, pues, hasta nosotros (cf. 1
Cor., 10,11), y la renovación del mundo está irrevocablemente decretada y empieza a
realizarse en cierto modo en el siglo presente, ya que la Iglesia, aun en la tierra, se
reviste de una verdadera, si bien imperfecta, santidad.
Y mientras no haya nuevos cielos y nueva tierra, en los que tenga su
morada la santidad (cf. 2 Pe., 3,13), la Iglesia peregrinante, en sus sacramentos e
instituciones, que pertenecen a este tiempo, lleva consigo la imagen de este mundo que
pasa, y Ella misma vive entre las criaturas que gimen entre dolores de parto hasta el
presente, en espera de la manifestación de los hijos de Dios (cf. Rom., 8,19-22).
Unidos, pues, a Cristo en la Iglesia y sellados con el sello del
Espíritu Santo, "que es prenda de nuestra herencia" (Ef., 1,14), somos llamados
hijos de Dios y lo somos de verdad (cf. 1 Jn., 3,1); pero todavía no hemos sido
manifestados con Cristo en aquella gloria (cf. Col., 3,4), en la que seremos semejantes a
Dios, porque lo veremos tal cual es (cf. 1 Jn., 3,2).
Por tanto, "mientras habitamos en este cuerpo, vivimos en el
destierro lejos del Señor" (2 Cor., 5,6), y aunque poseemos las primicias del
Espíritu, gemimos en nuestro interior (cf. Rom., 8,23) y ansiamos estar con Cristo (cf.
Flp., 1,23).
Ese mismo amor nos apremia a vivir más y más para Aquel que murió y
resucitó por nosotros (cf. 2 Cor., 5,15). Por eso ponemos toda nuestra voluntad en
agradar al Señor en todo (cf. 2 Cor., 5,9), y nos revestimos de la armadura de Dios para
permanecer firmes contra las asechanzas del demonio y poder resistir en el día malo (cf.
Ef., 6,11-13).
Y como no sabemos ni el día ni la hora, por aviso del Señor, debemos
vigilar constantemente para que, terminado el único plazo de nuestra vida terrena (cf.
Hb., 9,27), si queremos entrar con El a las nupcias merezcamos ser contados entre los
escogidos (cf. Mt., 25,31-46); no sea que, como aquellos siervos malos y perezosos (cf.
Mt., 25,26), seamos arrojados al fuego eterno (cf. Mt., 25,41), a las tinieblas exteriores
en donde "habrá llanto y rechinar de dientes" (Mt., 22,13-25,30).
En efecto, antes de reinar con Cristo glorioso, todos debemos
comparecer "ante el tribunal de Cristo para dar cuenta cada cual según las obras
buenas o malas que hizo en su vida mortal (2 Cor., 5,10); y al fin del mundo
"saldrán los que obraron el bien, para la resurrección de vida; los que obraron el
mal, para la resurrección de condenación" (Jn., 5,29; cf. Mt., 25,46).
Teniendo, pues, por cierto, que "los padecimientos de esta vida
presente son nada en comparación con la gloria futura que se ha de revelar en
nosotros" (Rom., 8,18; cf. 2 Tim., 2,11-12), con fe firme esperamos el cumplimiento
de "la esperanza bienaventurada y la llegada de la gloria del gran Dios y Salvador
nuestro Jesucristo" (Tit., 2,13), quien "transfigurará nuestro pobre cuerpo en
un cuerpo glorioso semejante al suyo" (Flp., 3,21) y vendrá "para ser"
glorificado en sus santos y para ser "la admiración de todos los que han tenido
fe" (2 Tes., 1,10).
Comunión de la Iglesia celestial con la Iglesia peregrinante
49. Así, pues, hasta cuando el Señor venga revestido de majestad y
acompañado de todos sus ángeles (cf. Mt., 25,3) y destruida la muerte le sean sometidas
todas las cosas (cf. 1 Cor., 15,26-27), algunos entre sus discípulos peregrinan en la
tierra otros, ya difuntos, se purifican, mientras otros son glorificados contemplando
claramente al mismo Dios, Uno y Trino, tal cual es; mas todos, aunque en grado y formas
distintas, estamos unidos en fraterna caridad y cantamos el mismo himno de gloria a
nuestro Dios.
porque todos los que son de Cristo y tienen su Espíritu crecen juntos
y en El se unen entre sí, formando una sola Iglesia (cf. Ef., 4,16). Así que la unión
de los peregrinos con los hermanos que durmieron en la paz de Cristo, de ninguna manera se
interrumpe; antes bien, según la constante fe de la Iglesia, se fortalece con la
comunicación de los bienes espirituales.
Por lo mismo que los bienaventurados están más íntimamente unidos a
Cristo, consolidan más eficazmente a toda la Iglesia en la santidad, ennoblecen el culto
que ella misma ofrece a Dios en la tierra y contribuyen de múltiples maneras a su más
dilatada edificación (cf. 1 Cor., 12,12-27).
Porque ellos llegaron ya a la patria y gozan "de la presencia del
Señor" (cf. 2 Cor., 5,8); por El, con El y en El no cesan de interceder por nosotros
ante el Padre, presentando por medio del único Mediador de Dios y de los hombres, Cristo
Jesús ( 1 Tim., 2,5), los méritos que en la tierra alcanzaron; sirviendo al Señor en
todas las cosas y completando en su propia carne, en favor del Cuerpo de Cristo que es la
Iglesia lo que falta a las tribulaciones de Cristo (cf. Col., 1,24). Su fraterna solicitud
ayuda, pues, mucho a nuestra debilidad.
Relaciones de la Iglesia peregrinante con la Iglesia celestial
50. La Iglesia de los peregrinos desde los primeros tiempos del
cristianismo tuvo perfecto conocimiento de esta comunión de todo el Cuerpo Místico de
Jesucristo, y así conservó con gran piedad el recuerdo de los difuntos, y ofreció
sufragios por ellos, "porque santo y saludable es el pensamiento de orar por los
difuntos para que queden libres de sus pecados" (2 Mac., 12,46).
Siempre creyó la Iglesia que los apóstoles y mártires de Cristo, por
haber dado un supremo testimonio de fe y de amor con el derramamiento de su sangre, nos
están íntimamente unidas; a ellos, junto con la Bienaventurada Virgen María y los
santos ángeles , profesó peculiar veneración e imploró piadosamente el auxilio de su
intercesión.
A éstos, luego se unieron también aquellos otros que habían imitado
más de cerca la virginidad y la pobreza de Cristo, y, en fin, otros, cuyo preclaro
ejercicio de virtudes cristianas y cuyos divinos carismas lo hacían recomendables a la
piadosa devoción e imitación de los fieles.
Al mirar la vida de quienes siguieron fielmente a cristo, nuevos
motivos nos impulsan a buscar la Ciudad futura (cf. Hebr., 13,14-11,10), y al mismo tiempo
aprendemos cuál sea, entre las mundanas vicisitudes, al camino seguro conforme al propio
estado y condición de cada uno, que nos conduzca a la perfecta unión con Cristo, o sea a
la santidad.
Dios manifiesta a los hombres en forma viva su presencia y su rostro,
en la vida de aquellos, hombres como nosotros que con mayor perfección se transforman en
la imagen de Cristo (cf. 2 Cor., 3,18). En ellos, El mismo nos habla y nos ofrece su signo
de ese Reino suyo hacia el cual somos poderosamente atraídos, con tan grande nube de
testigos que nos cubre (cf. Hb., 12,1) y con tan gran testimonio de la verdad del
Evangelio.
Y no sólo veneramos la memoria de los santos del cielo por el ejemplo
que nos dan, sino aún más, para que la unión de la Iglesia en el Espíritu sea
corroborada por el ejercicio de la caridad fraterna (cf. Ef., 4,1-6).
Porque así como la comunión cristiana entre los viadores nos conduce
más cerca de Cristo, así el consorcio con los santos nos une con Cristo, de quien dimana
como de Fuente y Cabeza toda la gracia y la vida del mismo Pueblo de Dios.
Conviene, pues, en sumo grado, que amemos a estos amigos y coherederos
de Jesucristo, hermanos también nuestros y eximios bienhechores; rindamos a Dios las
debidas gracias por ello, "invoquémoslos humildemente y, para impetrar de Dios
beneficios por medio de su Hijo Jesucristo, único Redentor y Salvador nuestro, acudamos a
sus oraciones, ayuda y auxilios.
En verdad, todo genuino testimonio de amor ofrecido por nosotros a los
bienaventurados, por su misma naturaleza, se dirige y termina en Cristo, que es la
"corona de todos los santos", y por El a Dios, que es admirable en sus santos y
en ellos es glorificado".
Nuestra unión con la Iglesia celestial se realiza en forma
nobilísima, especialmente cuando en la sagrada liturgia, en la cual "la virtud del
Espíritu Santo obra sobre nosotros por los signos sacramentales", celebramos juntos,
con fraterna alegría, la alabanza de la Divina Majestad, y todos los redimidos por la
Sangre de Cristo de toda tribu, lengua, pueblo y nación (cf. Ap., 5,9), congregados en
una misma Iglesia, ensalzamos con un mismo cántico de alabanza de Dios Uno y Trino.
Al celebrar, pues, el Sacrificio Eucarístico es cuando mejor nos
unimos al culto de la Iglesia celestial en una misma comunión, "venerando la
memoria, en primer lugar, de la gloriosa siempre Virgen María, del bienaventurado José y
de los bienaventurados Apóstoles, mártires y santos todos".
El Concilio establece disposiciones pastorales
51. Este Sagrado Sínodo recibe con gran piedad tan venerable fe de
nuestros antepasados acerca del consorcio vital con nuestros hermanos que están en la
gloria celestial o aún están purificándose después de la muerte; y de nuevo confirma
los decretos de los sagrados Concilios Niceno II, Florentino y Tridentino.
Junto con esto, por su solicitud pastoral, exhorta a todos aquellos a
quienes corresponde para que traten de apartar o corregir cualesquiera abusos, excesos o
defectos que acaso se hubieran introducido y restauren todo conforme a la mejor alabanza
de Cristo y de Dios.
Enseñen, pues, a los fieles que el auténtico culto a los santos no
consiste tanto en la multiplicidad de los actos exteriores cuanto en la intensidad de un
amor práctico, por el cual para mayor bien nuestro y de la Iglesia, buscamos en los
santos "el ejemplo de su vida, la participación de su intimidad y la ayuda de su
intercesión".
Y, por otro lado, expliquen a los fieles que nuestro trato con los
bienaventurados, si se considera en la plena luz de la fe, lejos de atenuar el culto
latréutico debido a Dios Padre, por Cristo, en el Espíritu Santo, más bien lo enriquece
ampliamente.
Porque todos los que somos hijos de Dios y constituímos una familia en
Cristo (cf. Hebr., 3,6), al unirnos en mutua caridad y en la misma alabanza de la
Trinidad, correspondemos a la íntima vocación de la Iglesia y participamos con gusto
anticipado de la liturgia de la gloria perfecta del cielo.
Porque cuando Cristo aparezca y se verifique la resurrección gloriosa
de los muertos, la claridad de Dios iluminará la ciudad celeste y su Lumbrera será el
Cordero (cf. Ap., 21,24). Entonces toda la Iglesia de los santos, en la suma beatitud de
la caridad, adorará a Dios y "al Cordero que fue inmolado" (Ap., 5,12), a una
voz proclamando "Al que está sentado en el Trono y al Cordero: la alabanza el honor
y la gloria y el imperio por los siglos de los siglos" (Ap., 5,13-14).
CAPITULO VIII
LA BIENAVENTURADA VIRGEN MARIA, MADRE DE DIOS, EN EL MISTERIO DE CRISTO
Y DE LA IGLESIA
Proemio
52. El benignísimo y sapientísimo Dios, al querer llevar a término
la redención del mundo, "cuando llegó la plenitud del tiempo, envió a su Hijo
hecho de mujer... para que recibiésemos la adopción de hijos" (Gal., 4,4-5).
"El cual por nosotros, los hombres, y por nuestra salvación, descendió de los
cielos, y se encarnó por obra del Espíritu Santo de María Virgen".
Este misterio divino de salvación se nos revela y continúa en la
Iglesia, a la que el Señor constituyó como su Cuerpo, y en ella los fieles, unidos a
Cristo, su Cabeza, en comunión con todos sus Santos, deben también venerar la memoria,
"en primer lugar, de la gloriosa siempre Virgen María, Madre de nuestro Dios y
Señor Jesucristo".
La Bienaventurada Virgen y la Iglesia
53. En efecto, la Virgen María, que según el anuncio del ángel
recibió al Verbo de Dios en su corazón y en su cuerpo y entregó la vida al mundo, es
conocida y honrada como verdadera Madre de Dios Redentor. Redimida de un modo eminente, en
atención a los futuros méritos de su Hijo y a El unida con estrecho e indisoluble
vínculo, está enriquecida con esta suma prerrogativa y dignidad: ser la Madre de Dios
Hijo y, por tanto, la hija predilecta del Padre y el sagrario del Espíritu santo; con un
don de gracia tan eximia, antecede con mucho a todas las criaturas celestiales y terrenas.
Al mismo tiempo ella está unida en la estirpe de Adán con todos los
hombres que han de ser salvados; más aún, es verdaderamente madre de los miembros de
Cristo por haber cooperado con su
amor a que naciesen en la Iglesia los fieles, que son miembros de
aquella cabeza, por lo que también es saludada como miembro sobreeminente y del todo
singular de la Iglesia, su prototipo y modelo destacadísimo en la fe y caridad y a quien
la Iglesia católica, enseñada por el Espíritu Santo, honra con filial afecto de piedad
como a Madre amantísima.
Intención del Concilio
54. Por eso, el Sacrosanto Sínodo, al exponer la doctrina de la
Iglesia, en la cual el Divino Redentor, realiza la salvación, quiere aclarar
cuidadosamente tanto la misión de la Bienaventurada Virgen María en el misterio del
Verbo Encarnado y del Cuerpo Místico, como los deberes de los hombres redimidos hacia la
Madre de Dios, Madre de Cristo y Madre de los hombres, en especial de los creyentes, sin
que tenga la intención de proponer una completa doctrina de María, ni tampoco dirimir
las cuestiones no llevadas a una plena luz por el trabajo de los teólogos.
Conservan, pues, su derecho las sentencias que se proponen libremente
en las Escuelas católicas sobre Aquélla, que en la Santa Iglesia ocupa después de
Cristo el lugar más alto y el más cercano a nosotros.
II. OFICIO DE LA BIENAVENTURADA VIRGEN EN LA ECONOMIA DE LA SALVACION
La Madre del Mesías en el Antiguo Testamento
55. La Sagrada Escritura del Antiguo y del Nuevo Testamento y la
venerable Tradición, muestran en forma cada vez más clara el oficio de la Madre del
Salvador en la economía de la salvación y, por así decirlo, lo muestran ante los ojos.
Los libros del Antiguo Testamento describen la historia de la Salvación en la cual se
prepara, paso a paso, el advenimiento de Cristo al mundo.
Estos primeros documentos, tal como son leídos en la Iglesia y son
entendidos bajo la luz de una ulterior y más plena revelación, cada vez con mayor
claridad, iluminan la figura de la mujer Madre del Redentor; ella misma, bajo esta luz es
insinuada proféticamente en la promesa de victoria sobre la serpiente, dada a nuestros
primeros padres caídos en pecado (cf. Gen., 3,15).
Así también, ella es la Virgen que concebirá y dará a luz un Hijo
cuyo nombre será Emmanuel (Is., 7,14; Miq., 5,2-3; Mt., 1,22-23). Ella misma sobresale
entre los humildes y pobres del Señor, que de El esperan con confianza la salvación. En
fin, con ella, excelsa Hija de Sión, tras larga espera de la primera, se cumple la
plenitud de los tiempos y se inaugura la nueva economía, cuando el Hijo de Dios asumió
de ella la naturaleza humana para librar al hombre del pecado mediante los misterios de su
carne.
María en la Anunciación
56. El Padre de las Misericordias quiso que precediera a la
Encarnación la aceptación de parte de la Madre predestinada, para que así como la mujer
contribuyó a la muerte, así también contribuirá a la vida. Lo cual vale en forma
eminente de la Madre de Jesús, que dio al mundo la vida misma que renueva todas las cosas
y que fue adornada por Dios con dones dignos de tan gran oficio.
Por eso, no es extraño que entre los Santos Padres fuera común llamar
a la Madre de Dios toda santa e inmune de toda mancha de pecado y como plasmada por el
Espíritu Santo y hecha una nueva criatura. Enriquecida desde el primer instante de su
concepción con esplendores de santidad del todo singular, la Virgen Nazarena es saludada
por el ángel por mandato de Dios como "llena de gracia" (cf. Lc., 1,28), y ella
responde al enviado celestial: "He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según
tu palabra" (Lc., 1,38).
Así María, hija de Adán, aceptando la palabra divina, fue hecha
Madre de Jesús, y abrazando la voluntad salvífica de Dios con generoso corazón y sin
impedimento de pecado alguno, se consagró totalmente a sí misma, cual, esclava del
Señor, a la Persona y a la obra de su Hijo, sirviendo al misterio de la Redención con El
y bajo El, por la gracia de Dios omnipotente.
Con razón, pues, los Santos Padres estima a María, no como un mero
instrumento pasivo, sino como una cooperadora a la salvación humana por la libre fe y
obediencia. Porque ella, como dice San Ireneo, "obedeciendo fue causa de la
salvación propia y de la del género humano entero".
Por eso, no pocos padres antiguos en su predicación, gustosamente
afirman: "El nudo de la desobediencia de Eva fue desatado por la obediencia de
María; lo que ató la virgen Eva por la incredulidad, la Virgen María lo desató por la
fe" ; y comparándola con Eva, llaman a María Madre de los vivientes, y afirman con
mayor frecuencia: "La muerte vino por Eva; por María, la vida".
La Bienaventurada Virgen y el Niño Jesús
57. La unión de la Madre con el Hijo en la obra de la salvación se
manifiesta desde el momento de la concepción virginal de Cristo hasta su muerte; en
primer término, cuando María se dirige a toda prisa a visitar a Isabel, es saludada por
ella a causa de su fe en a salvación prometida, y el precursor saltó de gozo (cf. Lc.,
1,41-45) en el seno de su Madre; y en la Natividad, cuando la Madre de Dios, llena de
alegría, muestra a los pastores y a los Magos a su Hijo primogénito, que lejos de
disminuir consagró su integridad virginal.
Y cuando, ofrecido el rescate de los pobres, lo presentó al Señor en
el Templo, oyó al mismo tiempo a Simeón que anunciaba que el Hijo sería signo de
contradicción y que una espada atravesaría el alma de la Madre para que se manifestasen
los pensamientos de muchos corazones (cfr. Lc., 2,34-35).
Al Niño Jesús perdido y buscado con dolor, sus padres lo hallaron en
el templo, ocupado en las cosas que pertenecían a su Padre, y no entendieron su
respuesta. Mas su Madre conservaba en su corazón, meditándolas, todas estas cosas (cf.
lc., 2,41-51).
La Bienaventurada Virgen en el ministerio público de Jesús
58. En la vida pública de Jesús, su Madre aparece significativamente;
ya al principio durante las nupcias de Caná de Galilea, movida a misericordia, consiguió
por su intercesión el comienzo de los milagros de Jesús Mesías (cf. Jn., 2,1-11). En el
decurso de su predicación recibió las palabras con las que el Hijo (cf. Lc., 2,19-51),
elevando el Reino de Dios sobre los motivos y vínculos de la carne y de la sangre,
proclamó bienaventurados a los que oían y observaban la palabra de Dios como ella lo
hacía fielmente (cf. Mc., 3,35; Lc., 11, 27-28).
Así también la Bienaventurada Virgen avanzó en la peregrinación de
la fe y mantuvo fielmente la unión con su Hijo hasta la Cruz, en donde, no sin designio
divino, se mantuvo de pie (cf. Jn., 19, 25), se condolió vehementemente con su Unigénito
y se asoció con corazón maternal a su sacrificio, consintiendo con amor en la
inmolación de la víctima engendrada por Ella misma, y, por fin, fue dada como Madre al
discípulo por el mismo Cristo Jesús, moribundo en la Cruz con estas palabras:
"¡Mujer, he ahí a tu hijo!" (Jn., 19,26-27).
La Bienaventurada Virgen después de la Ascensión de Jesús
59. Como quiera que plugo a Dios no manifestar solemnemente el
sacramento de la salvación humana antes de derramar el Espíritu prometido por Cristo,
vemos a los Apóstoles antes del día de Pentecostés "perseverar unánimemente en la
oración con las mujeres, y María la Madre de Jesús y los hermanos de Este" (Act.,
1,14); y a María implorando con sus ruegos el don del Espíritu Santo, quien ya la había
cubierto con su sombra en la Anunciación.
Finalmente, la Virgen Inmaculada, preservada inmune de toda mancha de
culpa original, terminado el curso de la vida terrena, en alma y cuerpo fue asunta a la
gloria celestial y enaltecida por el Señor como Reina del Universo, para que se
asemejará más plenamente a su Hijo, Señor de los que dominan (Ap., 19,16) y vencedor
del pecado y de la muerte.
III. LA BIENAVENTURADA VIRGEN Y LA IGLESIA
María, esclava del Señor, en la obra de la redención y de la
santificación
60. Unico es nuestro Mediador según la palabra del Apóstol:
"Porque uno es Dios y uno el Mediador de Dios y de los hombres, un hombre, Cristo
Jesús, que se entregó a Sí mismo como precio de rescate por todos" (1 Tim.,
2,5-6).
Pero la misión maternal de María hacia los hombres, de ninguna manera
obscurece ni disminuye esta única mediación de Cristo, sino más bien muestra su
eficacia. Porque todo el influjo salvífico de la Bienaventurada VIrgen en favor de los
hombres no es exigido por ninguna ley, sino que nace del Divino beneplácito y de la
superabundancia de los méritos de Cristo, se apoya en su mediación, de ella depende
totalmente y de la misma saca toda su virtud; y lejos de impedirla, fomenta la unión
inmediata de los creyentes con Cristo.
Maternidad espiritual
61. La Bienaventurada VIrgen, predestinada, junto con la Encarnación
del Verbo, desde toda la eternidad, cual Madre de Dios, por designio de la Divina
Providencia, fue en la tierra la esclarecida Madre del Divino Redentor, y en forma
singular la generosa colaboradora entre todas las criaturas y la humilde esclava del
Señor.
Concibiendo a Cristo, engendrándolo, alimentándolo, presentándolo en
el templo al Padre, padeciendo con su Hijo mientras El moría en la Cruz, cooperó en
forma del todo singular, por la obediencia, la fe, la esperanza y la encendida caridad en
la restauración de la vida sobrenatural de las almas. por tal motivo es nuestra Madre en
el orden de la gracia.
62. Y esta maternidad de María perdura sin cesar en la economía de la
gracia, desde el momento en que prestó fiel asentimiento en la Anunciación, y lo mantuvo
sin vacilación al pie de la Cruz, hasta la consumación perfecta de todos los elegidos.
Pues una vez recibida en los cielos, no dejó su oficio salvador, sino que continúa
alcanzándonos por su múltiple intercesión los dones de la eterna salvación.
Con su amor materno cuida de los hermanos de su Hijo, que peregrinan y
se debaten entre peligros y angustias y luchan contra el pecado hasta que sean llevados a
la patria feliz. Por eso, la Bienaventurada Virgen en la Iglesia es invocada con los
títulos de Abogada, Auxiliadora, Socorro, Mediadora.
Lo cual, sin embargo, se entiende de manera que nada quite ni agregue a
la dignidad y eficacia de Cristo, único Mediador. Porque ninguna criatura puede
compararse jamás con el Verbo Encarnado nuestro Redentor; pero así como el sacerdocio de
Cristo es participado de varias maneras tanto por los ministros como por el pueblo fiel, y
así como la única bondad de Dios se difunde realmente en formas distintas en las
criaturas, así también la única mediación del Redentor no excluye, sino que suscita en
sus criaturas una múltiple cooperación que participa de la fuente única.
La Iglesia no duda en atribuir a María un tal oficio subordinado: lo
experimenta continuamente y lo recomienda al corazón de los fieles para que, apoyados en
esta protección maternal, se unan más íntimamente al Mediador y Salvador.
María, como Virgen y Madre, tipo de la Iglesia
63. La Bienaventurada Virgen, por el don y la prerrogativa de la
maternidad divina, con la que está unida al Hijo Redentor, y por sus singulares gracias y
dones, está unida también íntimamente a la Iglesia. la Madre de Dios es tipo de la
Iglesia, orden de la fe, de la caridad y de la perfecta unión con Cristo.
Porque en el misterio de la Iglesia que con razón también es llamada
madre y virgen, la Bienaventurada Virgen María la precedió, mostrando en forma eminente
y singular el modelo de la virgen y de la madre, pues creyendo y obedeciendo engendró en
la tierra al mismo Hijo del Padre, y esto sin conocer varón, cubierta con la sombra del
Espíritu Santo, como una nueva Eva, practicando una fe, no adulterada por duda alguna, no
a la antigua serpiente, sino al mensaje de Dios. Dio a luz al Hijo a quien Dios
constituyó como primogénito entre muchos hermanos (Rom., 8,29), a saber, los fieles a
cuya generación y educación coopera con materno amor.
64. Ahora bien, la Iglesia, contemplando su arcana santidad e imitando
su caridad, y cumpliendo fielmente la voluntad del Padre, también ella es hecha Madre por
la palabra de Dios fielmente recibida: en efecto, por la predicación y el bautismo
engendra para la vida nueva e inmortal a los hijos concebidos por el Espíritu Santo y
nacidos de Dios. Y también ella es virgen que custodia pura e íntegramente la fe
prometida al Esposo, e imitando a la Madre de su Señor, por la virtud del Espíritu Santo
conserva virginalmente la fe íntegra, la sólida esperanza, la sincera caridad.
Virtudes de María que han de ser imitadas por la Iglesia
65. Mientras que la Iglesia en la Beatísima Virgen ya llegó a la
perfección, por la que se presenta sin mancha ni arruga (cf. Ef., 5,27), los fieles, en
cambio, aún se esfuerzan en crecer en la santidad venciendo el pecado; y por eso levantan
sus ojos hacia María, que brilla ante toda la comunidad de los elegidos, como modelo de
virtudes.
La Iglesia, reflexionando piadosamente sobre ella y contemplándola en
la luz del Verbo hecho hombre, llena de veneración entra más profundamente en el sumo
misterio de la Encarnación y se asemeja más y más a su Esposo. Porque María, que
habiendo entrado íntimamente en la historia de la Salvación, en cierta manera en sí une
y refleja las más grandes exigencias de la fe, mientras es predicada y honrada atrae a
los creyentes hacia su Hijo y su sacrificio hacia el amor del Padre.
La Iglesia, a su vez, buscando la gloria de Cristo, se hace más
semejante a su excelso tipo, progresando continuamente en la fe, la esperanza y la
caridad, buscando y bendiciendo en todas las cosas la divina voluntad. Por lo cual,
también en su obra apostólica, con razón, la Iglesia mira hacia aquella que engendró a
Cristo, concebido por el Espíritu Santo y nacido de la Virgen, precisamente para que por
la Iglesia nazca y crezca también en los corazones de los fieles.
La Virgen en su vida fue ejemplo de aquel afecto materno, con el que es
necesario estén animados todos los que en la misión apostólica de la Iglesia cooperan
para regenerar a los hombres.
IV. CULTO DE LA BIENAVENTURADA VIRGEN EN LA IGLESIA
Naturaleza y fundamento del culto
66. María, que por la gracia de Dios, después de su Hijo, fue
exaltada sobre todos los ángeles y los hombres, en cuanto que es la Santísima Madre de
dios, que intervino en los misterios de Cristo, con razón es honrada con especial culto
por la Iglesia. Y, en efecto, desde los tiempos más antiguos la Bienaventurada Virgen en
honrada con el título de Madre de Dios, a cuyo amparo los fieles en todos sus peligros y
necesidades acuden con sus súplicas.
Especialmente desde el Sínodo de Efeso, el culto del Pueblo de Dios
hacia María creció admirablemente en la veneración y en el amor, en la invocación e
imitación, según palabras proféticas de ella misma: "Me llamarán bienaventurada
todas las generaciones, porque hizo en mí cosas grandes el que es poderoso" (Lc.,
1,48).
Este culto, tal como existió siempre en la Iglesia, aunque es del todo
singular, difiere esencialmente del culto de adoración, que se rinde al Verbo Encarnado,
igual que al Padre y al Espíritu Santo, y contribuye poderosamente a este culto. Pues las
diversas formas de la piedad hacia la Madre de Dios, que la Iglesia ha aprobado dentro de
los límites de la doctrina santa y ortodoxa, según las condiciones de los tiempos y
lugares y según la índole y modo de ser de los fieles, hacen que, mientras se honra a la
Madre, el Hijo, por razón del cual son todas las cosas (cf. Col., 1,15-16) y en quien
tuvo a bien el Padre que morase toda la plenitud (Col., 1,19), sea mejor conocido, sea
amado, sea glorificado y sean cumplidos sus mandamientos.
Espíritu de la predicación y del culto
67. El Sacrosanto Sínodo enseña en particular y exhorta al mismo
tiempo a todos los hijos de la Iglesia a que cultiven generosamente el culto, sobre todo
litúrgico, hacia la Bienaventurada Virgen, como también estimen mucho las prácticas y
ejercicios de piedad hacia ella, recomendados en el curso de los siglos por el Magisterio,
y que observen religiosamente aquellas cosas que en los tiempos pasados fueron decretadas
acerca del culto de las imágenes de Cristo, de la Bienaventurada Virgen y de los Santos.
Asimismo exhorta encarecidamente a los teólogos y a los predicadores
de la divina palabra que se abstengan con cuidado tanto de toda falsa exageración, como
también de una excesiva estrechez de espíritu, al considerar la singular dignidad de la
Madre de Dios. Cultivando el estudio de la Sagrada Escritura, de los Santos Padres y
doctores y de las Litúrgicas de la Iglesia bajo la dirección de Magisterio, ilustren
rectamente los dones y privilegios de la Bienaventurada Virgen, que siempre están
referidos a Cristo, origen de toda verdad, santidad y piedad, y, con diligencia, aparten
todo aquello que sea de palabra, sea de obra, pueda inducir a error a los hermanos
separados o a cualesquiera otros acerca de la verdadera doctrina de la Iglesia.
Recuerden, pues, los fieles que la verdadera devoción no consiste ni
en un afecto estéril y transitorio, ni en vana credulidad, sino que procede de la fe
verdadera, por la que somos conducidos a conocer la excelencia de la Madre de Dios y somos
excitados a un amor filial hacia nuestra Madre y a la imitación de sus virtudes.
V. MARIA, SIGNO DE ESPERANZA CIERTA Y CONSUELO PARA EL PUEBLO DE DIOS
PEREGRINANTE
María, signo del pueblo de Dios
68. Entre tanto, la Madre de Jesús, de la misma manera que ya
glorificada en los cielos en cuerpo y alma es la imagen y principio de la Iglesia que ha
de ser consumada en el futuro siglo, así en esta tierra, hasta que llegue el día del
Señor (cf., 2 Pe., 3,10), antecede con su luz al Pueblo de Dios peregrinante como signo
de esperanza y de consuelo.
María intercede por la unión de los cristianos
69. Ofrece gran gozo y consuelo para este Sacrosanto Sínodo, el hecho
de que tampoco falten entre los hermanos separados quienes tributan debido honor a la
Madre del Señor y Salvador, especialmente entre los orientales, que corren parejos con
nosotros por su impulso fervoroso y ánimo devoto en el culto de la siempre Virgen Madre
de Dios.
Ofrezcan todos los fieles súplicas insistentes a la Madre de Dios y
Madre de los hombres, para que ella, que asistió con sus oraciones a la naciente Iglesia,
ahora también, ensalzada en el cielo sobre todos los bienaventurados y los ángeles en la
comunión de todos los santos, interceda ante su Hijo para que las familias de todos los
pueblos tanto los que se honran con el nombre de cristianos, como los que aún ignoran al
Salvador, sean felizmente congregados con paz y concordia en un solo Pueblo de Dios, para
gloria de la Santísima e individua Trinidad.
Todas y cada una de las cosas contenidas en esta Constitución han
obtenido el beneplácito de los Padres del Sacrosanto Concilio. Y nos, en virtud de la
potestad apostólica recibida de Cristo, juntamente con los Venerables Padres, las
aprobamos, decretamos y establecemos en el Espíritu Santo, y mandamos que lo así
decidido conciliarmente sea promulgado para gloria de Dios.
Roma, en San Pedro, 21 de noviembre de
1964.
Yo, PABLO, Obispo de la Iglesia Católica.
(Siguen las firmas de los Padres Conciliares)
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