ESPERANZA VERSUS DEPRESIÓN

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Para desesperanzados y deprimidos

Por Esteban Pérez Delgado, o.p.

"Más Platón y menos prozac". Es el título de un libro muy reciente con mucho éxito. Va contra el abuso de fármacos para resolver los problemas vitales, la depresión y sus parecidos. Prozac es el antidepresivo que suelen recetar los psiquiatras para combatir la depresión, Platón, el símbolo de la filosofía. Es preferible y más eficaz para hacer frente al desánimo, sostiene el autor, la reflexión, la ilusión, que los fármacos diariamente recurrentes. Llegan en buen momento, pues, estos días de Adviento, de espera, de acogida de algo nuevo. Como si quisieran ser una réplica para someter a verificación la hipótesis de "Más Platón y menos prozac".

Los puentes, las fiestas que vienen salpicando nuestros calendarios, incluidos los del primer trimestre de este año académico 2001-2002, no han sido suficientes para mantenernos animosos, de pie, a sabiendas que cada día tiene su afán y su alegría también. Al contrario, el tedio de la rutina diaria, los sinsabores del trabajo, de la escuela, de la casa, no nos dejan ver el bosque del futuro, el horizonte que da sentido e ilusión a lo que llevamos entre manos, a la faena de todos los días. Y de ahí las desesperanzas, nuestras depresiones tan frecuentes.

Porque la esperanza es aquello que nos levanta de la cama cada mañana y nos impulsa alegre y espontáneamente a través del trabajo diario, de lo de todos los días, una y otra vez. ¿Quién no tiene experiencia de lo fácil que es levantarse cuando nos espera algo que anhelamos y de lo que cuesta, si lo que tenemos por delante nos viene a contrapelo? (Escribe Bossuet: "¿Qué es la esperanza? El sueño de un hombre despierto"). Sentirnos esperanzados es la recompensa que se espera para que no decaigan los ánimos. La gratificación que retroalimenta nuestro espíritu y le da energía. Y así parece efectivamente funcionar nuestro psiquismo humano. Los datos empíricos, sacados de la vida de las personas, de muchos sujetos, sugieren que una actitud adecuadamente esperanzadora es un buen criterio para predecir el éxito académico, por ejemplo, de la gente joven. Pero eso no es privilegio de los sanos y bien dotados. Las mismas estadísticas muestran que en una población de personas minusválidas –limitadas por tanto en cosas muy importantes de la vida humana– las más esperanzadas son más activas y consiguen más éxito que las minusválidas sin ganas y en desánimo. Los entendidos infieren de esas constataciones que la eficacia de la esperanza no se mide exclusivamente por los recursos disponibles de momento, sino por la potencialidad que alcanzan los existentes cuando todos ellos son puestos en juego y en interacción mutua. Los resultados de esa combinación de energía no son sumativos sino multiplicativos, porque, al interactuar mutuamente, crecen sus posibilidades, como quien al encontrar un punto de apoyo es capaz de levantar el universo, recordando el principio de Arquímedes.

Pero en esto de la esperanza la cosa también parece ir por rachas. Porque después de la década prodigiosa, la de los años sesenta del siglo recién pasado, la de las utopías múltiples, sociales, políticas, sexuales, religiosas, eclesiales (Vaticano II), nacionales (de la transición democrática), parece haber llegado, como menos, el desencanto, para algunos, y, en general, una atonía que deprime incluso a quienes, después de haber escalados puestos sociales y académicos de alto reconocimiento, no saben qué más pueden esperar y hacia dónde cabe dirigirse, para seguir teniendo razón de existir. ¿Es sólo la crisis actual de los otrora llamados yupis?

Aunque el desencanto llega también, y se nota por doquier, al gran público. Entre ellos que están aquellos que siempre prefirieron conservar –esos son los conservadores– , apoyados en la creencia de que las cosas han ido de lo malo a lo peor desde los buenos viejos tiempos y que, la bonanza actual, es sólo apariencia que deslumbra, pero ya volverán las aguas a su cauce, piensan. Habría que decir, cuando menos, que la esperanza no es el marchamo de estos empedernidos realistas, y se agarran al presente porque del futuro mejor no se fían. Se sostienen de consumir el presente, lo que hay aquí y ahora. Es el consumismo triunfante que domina nuestro hoy en el primer mundo. Ahí están, como símbolo, las grandes extensiones dedicadas al consumo.

Por distinto camino han llegado al mismo sitio los que han sufrido desencanto. Creyeron, como quien se deslumbra, en los grandes cambios sociales, en la democracia más pura sin tacha, en los progresos de la pedagogía moderna que nos traería el hombre nuevo de la utopía, en la verdad del slogan "haz el amor y no la guerra", etc. Pues ahora tenemos mucho sexo y mucha guerra, pero poco amor, cayó el muro que dividía al este y al mundo libre, y apareció la división norte-sur; se acabó el socialismo soviético pero el capitalismo neoliberal ha engendrado el cuarto mundo; la escuela a su vez se hace insoportable para muchos adolescentes y para muchos profesores también, la comuna que sustituiría a la familia ha producido sólo la quiebra de muchas familias para componer otras, o ser meros remedos de la familia, como las parejas de hecho, etc.

La depresión como versión psicológica de la desesperanza

Esa vertiente negativa de nuestro mundo, es sólo lo negativo, es sin embargo la madre-nodriza de quien se nutre la enfermedad más frecuente hoy en día: la depresión. Así llaman los psicólogos al trastorno en el que existe una pérdida de interés por la mayoría de las actividades, incluida la comida o el sexo, falta de concentración y dificultades para dormir, puede llegar a deseos de suicidio en caso extremo. Las personas que están deprimidas comentan que se sienten tristes, solas, abandonadas, aburridas y, en los casos más graves, desesperadas. Las personas deprimidas piensan en ellas mismas como seres inútiles, incompetentes e inferiores. Además, no ven la manera de cambiar la situación. Sienten muy poca motivación para hacer algo. Dado que estas personas a menudo tienen problemas de sueño y prestan poca atención a su aspecto físico, pueden aparecer demacradas, descuidadas, con aspecto casi fantasmal. Finalmente, las personas en este estado de depresión tienden a percibir su entorno de modo negativo.

La depresión es el trastorno psicológico más grave de salud mental y de más coste social hoy en día, en términos monetarios y también por la frecuencia con que se da, pues se estima que alrededor de un 6 por ciento de personas en EE.UU sufrirán un episodio depresivo grave en algún momento de su vida. Por otra parte, hubo un tiempo en que se pensó que era más probable que las personas de avanzada edad tuvieran episodios depresivos, pero los datos más recientes demuestran que los más jóvenes se encuentran en situación de mayor riesgo.

El antídoto de la esperanza

La esperanza se proyecta ciertamente sobre lo amado y lo deseado. Sólo ponemos nuestra esperanza en aquello que amamos y deseamos. Pero entre el deseo del bien futuro y la alegría del bien poseído, está el mundo del esfuerzo. Por la esperanza entramos en este mundo nuevo. Así se produce, cuando pasamos del deseo a la esperanza, un salto brusco, como una ruptura de la continuidad, en lugar de aquella progresión natural que conduce del amor al deseo.

La esperanza supone un deseo intenso y eficaz. Esperamos un bien futuro, grande y difícil, pero posible de alcanzar. Porque el bien es grande, la esperanza se nos presenta primeramente como un deseo intenso, estimulado y reforzado por la grandeza de su objeto, llevado al punto de su tensión máxima. Porque además es un bien posible, la esperanza nos aparece como un deseo eficaz (G.F. Watts dijo: "la desesperación se rinde, pero la esperanza, por muchas que sean las probabilidades en contra, nunca abandona"). Se puede desear tanto lo imposible como lo posible. Por eso el deseo no es propiamente motor, sino un preludio. El movimiento hacia el bien tiene su fuente en el amor, se dibuja con el deseo, pero con la esperanza toma toda su fuerza. Puesto que la esperanza ha medido las posibilidades, puede, y sola ella, ordenar la acción, es por excelencia una fuerza motora.

La esperanza como entusiasmo. Pero la intensidad y la eficacia del deseo sólo es la superficie de la esperanza. Es más que eso, es otra cosa. El objeto de la esperanza, en toda su complejidad –bien, futuro, arduo y difícil, pero posible de conseguir–, tiene todo lo necesario para estimular en nosotros el instinto de combate, el apetito de conquista.

La esperanza es ese movimiento potente que nos lleva a las cumbres del bien deseable a pesar de los obstáculos. No se detiene ante ellos. Ve, por encima de ellos, el gran bien esperado y es en él donde tiene puestas sus miras. Por tanto para conseguir ese bien hay que hacer frente al obstáculo, pero no es esa la tarea propia de la esperanza: ella suscita en nosotros la audacia y la cólera. Estas tienen como objeto inmediato la dificultad en sí misma, el obstáculo en sí mismo, y que son para el sujeto un mal. La esperanza conserva como propio el bien que está por encima de las dificultades, y lo busca a pesar de ellas.

La esperanza es un impulso alegre. Lleva en sí misma, no la alegría de la satisfacción, sino el gusto del esfuerzo en el que se activa plenamente la capacidad y la alegría de la búsqueda que ya posee en su impulso, de algún modo, el bien al que se aspira.

Este impulso que nos lleva por encima de las dificultades, esta salida que nos eleva sobre nosotros mismos, este engrandecimiento del alma, esta alegría, todo ello hace de la esperanza, pasión de lo grande y difícil, una pasión que arrastra, que engrandece, que emborracha, que entusiasma. La esperanza no es otra cosa que el entusiasmo de los corazones grandes.

La virtud de la esperanza, como manera razonable de esperar. Para que la esperanza sea una manera racional de esperar hay que señalar dos extremos a evitar: por exceso, buscando una grandeza que, a los ojos de la razón, es una verdadera grandeza, pero es el error de la vanidad. Cuando se busca una verdadera grandeza, pero que no es posible, se da la presunción. Además, por defecto, despreciando una verdadera grandeza, que a la vez nos es posible, tenemos la pusilanimidad, que se caracteriza por el encogimiento de ánimo.

Para descubrir nuestras verdaderas esperanzas

La esperanza siempre procede de una insatisfacción con un algún aspecto del presente y de la creencia de que el futuro puede ser mejor. Es fundamental descubrir qué es lo que deseamos y por qué lo deseamos. A menudo ese algo nos parece evidente, pero bajo esa esperanza subyace un deseo que no parece reducirse a lo que esperamos. Por eso las esperanzas a veces defraudan y en lugar de satisfacer, si se cumplen, defraudan, desencantan, deprimen, desesperanzan.

Conviene, pues, que examinemos qué es lo que esperamos y qué valor tiene. Quizás podemos encontrar así cuál es el origen de nuestro desencanto y ponerle remedio.

Los psicólogos te aconsejan que hagas esta prueba para descubrir cuáles son tus verdaderas esperanzas. Pide a un amigo que te formule dos preguntas: ¿qué esperas? Y ¿qué consecuencias tendrá en tu vida eso que esperas?, y que repitas esas dos preguntas tantas veces como sea necesario. Puede resultar algo así:

Un test:

¿Qué esperas?

Espero ganar mucho dinero gracias a una idea que tengo sobre un negocio.

¿Qué consecuencia tendrá ello para tu vida?

Seré rico y podré ir donde se me antoje.

¿Qué consecuencias tendrá esto en tu vida?

Libertad. No tendré que estar sometido a mi jefe en el trabajo.

¿Y qué consecuencias tendrá esto en tu vida?

Seré más poderoso, decidiré mi propio destino. Podré expresar lo que siento sobre la manera como me trata. Y podré ayudar a otros. No emplearé el dinero sólo para mi.

¿Y qué consecuencias tendrá esto sobre tu vida?

Supongo que sentirme buena persona.

¿Y esto, qué consecuencias tendrá en tu vida?

Me agradará sentir esto, porque le dará sentido a mi vida. Sentiré que vivo con un fin. Y sentiré que puedo decidir qué debo hacer y cómo y cuándo lo hago. Y eso será muy agradable. Creo que es realmente para eso para lo que quiero el dinero.

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¿Sabes ya lo que esperas? ¿Te han fallado tus esperanzas, o esperabas cosas que no eran realmente las que deseabas? ¿Tú mismo? Estamos en un buen momento del año para revisar la atonía, el desánimo que nos bloquea. Es Adviento.

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