EL ADVIENTO ES TAMBIÉN UN HUMANISMO
El adviento es algo de la liturgia que poco importa a los hombres de nuestro tiempo. En realidad queda reducido a una parte de la liturgia cristiana, al ciclo primero del año litúrgico. El culto no es cosa que interesa, de especial manera, a nuestros contemporáneos. Y, de esa guisa, es ello, porque el cristianismo en general, y, en particular, la liturgia no pueden ser un humanismo. Y nosotros, sobre todo, a partir del siglo XVIII vivimos en un humanismo. Y esto no debería ser impedimento ninguno, sino, al contrario, algo que nos ligara más estrechamente a Dios.
El humanismo es una de las muchas ideologías que aparecieron en la historia de la cultura. El más logrado de todos ellos fue el griego, que comenzó por lo inanimado y subió hasta el hombre, donde alcanza su cumplida perfección.
Esta síntesis podría llevarnos a una simplificación si pensáramos que, llegado a su cumbre, todo fue sosiego y tranquilidad. No es ésta la realidad histórica. Como se trataba de ciencia, se llegó a los sofistas extremados para quienes sólo existía la razón. La voluntad no tenía realidad científica. Tuvo que esperarse la llegada de los trágicos quienes juntaron la razón y la voluntad, y surgió la libertad. Graves fueron las consecuencias de estos planteamientos, y, de especial manera, en Aristóteles. Dios era pensamiento puro, como en los sofistas y así había de ser su objeto, y la realidad humana, siempre inestable, no podía serlo. Dios no conocía al hombre, y, al no conocerlo, no lo podía amar. No era posible la religión. Es el principio del ateísmo apoyado en el humanismo.
Parecido es el ateísmo moderno de ajustada expresión en el siglo XVIII: como el griego se apoya en el humanismo. Y, en este punto, no sólo la ideología comenzada en el XVII es la causa, que también, en parte, lo es el cristianismo. Detúvose, en el renacimiento, al tomar como modelo la parte artística, en dos momentos bien delimitados: el siglo XVI, el renacimiento y, en el XVII, el clasicismo.
En realidad, en la cultura cristiana no se acentuó el valor del Cristo total: su divinidad casi anuló su humanidad. En Santa Teresa encontramos la revalorización de la humanidad de Cristo. Los renacentistas no cuidaron el talante de los cristianos primeros que se ocuparon intensamente con el problema de que Jesús es Dios, que ellos sabían, por la tradición apostólica, que Jesús era, primero, en el conocimiento, hombre.
La dificultad está en que Jesús sea hombre y también Dios. Este es el problema. El hombre no puede ser Dios, por ser finita su capacidad; pero Dios, cuya posibilidad es infinita, puede hacerse hombre. Dios puede asumir la humanidad. Todo el problema radica en el género de la asunción: si en la naturaleza o en la persona. No se produce esta asunción en la naturaleza, que entonces no se darían ni Dios ni el hombre. Se obra en la persona y una persona divina asume la naturaleza humana y, a través de la persona, se relaciona con la naturaleza divina.
Note el lector que estamos de nuevo en el punto culminante de la cultura griega: sin religión y, sin religión, sin Dios cristiano, que la reacción moderna se obró contra el cristianismo. Y, en el cristianismo, sin Jesucristo, no hay religión. Esta exclusión es consecuencia necesaria del humanismo ateo.
Ahora bien, el Adviento cristiano es la llegada de Dios para hablar personalmente a los hombres, que, antes, durante muchos siglos, lo había hecho sólo a través de otros hombres. Ahora viene él y él nos habla directamente a todos. Y son dos sus enseñanzas fundamentales: 1ª que, en cristianismo no existe el Dios sin el hombre; 2ª que tampoco existe el hombre sin Dios.
Brota de aquí fluidamente que la ley, punto de partida, ya en el judaísmo, es doble: el amor a Dios y el amor al hombre. Sólo un hombre puede darnos a conocer a Dios, Cristo, y nosotros, los otros hombres, sólo podemos conocer a Dios conociendo a este hombre. Lo Absoluto griego es reemplazado por lo relativo moderno: la religión cristiana es una relación de amor entre Dios y el hombre; y, suprimido un término, se suprime automáticamente el otro. Distinto es el humanismo que nos enseña el Adviento: es el humanismo integral, como decía Maritain.
EL ADVIENTO ES TAMBIÉN TEOLOGÍA
No son lo mismo la fe y la teología. De muchas maneras puede establecerse su distinción, pero ésta es, tal vez, la más elemental: la fe y la teología pertenecen a partes distintas del conocimiento, y, por ello, son conocimientos diferentes. La fe está en el juicio que consiste fundamentalmente en algo pasivo por ser aceptación de algo recibido. Y pasivo es nuestro entendimiento en la fe, porque se limita a aceptar lo que Dios le enseña. Emite un juicio, cuando considera que el sujeto y el atributo o predicado son coincidentes. Este conocimiento es divino y humano: divino por su procedencia primera; humano por la aceptación del hombre.
No es de esa guisa la teología, que tiene su asiento en la razón, proceso cognoscitivo diverso. El raciocinio no es pasivo, que es activo: parte de un principio ya conocido, que es la fe, en teología, y elabora un proceso que consiste fundamentalmente en desentrañar el contenido encerrado en el principio, y llega a una conclusión, que forma la ciencia. La fe no puede ser ciencia; sólo un principio; en el raciocinio, la ciencia se reduce a la conclusión. Quizá piense alguien que, en nuestro análisis, hemos olvidado la técnica. Pero en la ciencia y en la técnica acaece algo semejante a la fe y a la ciencia: la ciencia es la aplicación de la fe; la técnica es la aplicación de la ciencia.
Hállanse, en el adviento, estos elementos constitutivos de la fe y de la teología. El principio de la fe es la revelación y la revelación en el Antiguo Testamento se biseca en la ley natural y en la preparación de la venida de «su descendencia», que es Jesús. Y, así, la primera parte consiste en dar leyes universales válidas para la fe y la razón; luego en aplicarlas; la segunda, aplicadas ya estas leyes, en preparar la venida del Mesías, el Enviado de Dios para que enseñe a los hombres su redención.
El adviento parte de la existencia del pecado. El pecado puede considerarse desde dos partes principales. La primera de la parte divina, que es la separación que el hombre establece entre él y Dios. Y, desde este punto, hay un solo pecado, que es la separación puesta entre Dios y el hombre.
Infinitos son los pecados desde la ladera humana, tantos cuantos son los caminos por los que el hombre se aleja de Dios. Y tres son los fundamentales: el mal venido de las cosas como bienes extraños al hombre; el llegado de los bienes biológicos, propios ya del hombre, porque pertenecen a su biología. Es la vida que comienza en el día quinto de la creación. Y grande es este bien, porque, entre otras cosas, lleva la bendición del Señor en el penúltimo momento de su labor creadora. Llégase, a postremas, el bien del alma, que es la vida de la inteligencia, hecha a semejanza divina. Por ella, somos la imagen de Dios en la tierra. Desde este momento no será posible la separación entre Dios y los hombres. Y, si ésta fuere mutua, se destruiría la concepción cristiana de Dios y del hombre.
De Dios, porque Dios es el creador. Nosotros somos sus creaturas, por ello, sea lo que de nosotros sea, Dios siempre nos amará, porque somos algo suyo. Y su obra principal en la tierra. Dios, como afirma San Pablo, no puede negarse a sí mismo.
Nuestro primer conocimiento de Dios es el de un ser que es para nosotros, no para él. Él no puede dejar de ser él. Su acción no tiene como finalidad el enseñarnos quién es ni cuál es su esencia: sólo que es para nosotros con un olvido total de sí mismo: «En el principio, Dios creó los cielos y la tierra». Así de sencillo.
Pensemos unos momentos si hubiera un hombre que hubiera hecho tal obra. En todas las cátedras de todas las universidades se explicaría su obra; todos los grandes poetas de la historia le hubieran dedicado una oda, la de mayor inspiración poética para que no desentonara de su tema. Y, así, es ello, porque nosotros, en el fondo, tenemos un complejo de inferioridad, y tratamos de convencernos de que podemos algo: más que convencer a los demás, convencernos a nosotros mismos. Dios no tiene complejo alguno de impotencia; él sabe que es omnipotente. Tampoco tiene complejo de inferioridad, que sabe que es el autor de las leyes que, milenios de años rigen con regularidad absoluta toda la creación. Ni tiene complejo de insensibilidad, porque, en su creación, no adquiere ningún bien; perfecto en grado sumo es él; sólo ganamos nosotros: de la nada pasamos al ser. La creación es toda ella un acto de amor.
Algo semejante, acaecería relativamente, a pequeña escala, si nosotros no aceptáramos ser las creaturas de Dios del día sexto, el último, cuando Dios consideró que todo «estaba muy bien». Y muy bien estaba todo, por parte del hombre, porque el hombre es la imagen Dios y todas las cosas son imágenes o semejanzas divinas en grado diverso: el hombre es materia, y es sensibilidad, y es espíritu: es el microcosmos, el resumen de todo lo creado. El adviento es en este sentido la promesa de la venida de Jesús, que será el resumen de la creación y del creador.
EL ADVIENTO ES TAMBIÉN RESPONSABILIDAD
Dios creó el hombre a su imagen y semejanza. El mismo puede ser el significado de estas dos palabras y sería entonces una figura literaria para una mayor relevancia.
La tradición cristiana le da un sentido específicamente diverso, porque toda imagen es semejanza de algo, pero de otro orden. Los seres inanimados son semejanza de Dios, pero no son imagen porque no son espirituales.
Que tanto los seres irracionales como los racionales o humanos han de tener una semejanza con Dios, es una necesidad de la estructura de la operación del principio que produce un efecto. El agente deja siempre algo de sí en el efecto. Y así lo vemos en un corte hecho con un cuchillo o con una sierra. Distinto es el trazo de Fra Angélico y de Goya. Al ver un cuadro, inmediatamente decimos: este cuadro es de Fra Angélico y no de Goya. Hay semejanza entre el principio, Dios, y el producto, la creatura: coinciden en algo y en algo se distinguen. Los dos tienen ser, pero el de Dios es distinto del de la roca. El ser de Dios es, a una, esencia y existencia y potencia. Y diferentes entre sí son estas cosas en las creaturas.
La tradición cristiana y, de especial manera, a partir de San Agustín, distingue en la creatura la semejanza y la imagen. La imagen es la semejanza, es decir, la coincidencia o la diferencia en lo espiritual. Y Dios es espíritu. Danse tres espíritus. Uno de ellos, Dios, que es totalmente simple en el ser y en el obrar; el ángel es espíritu puro en el sentido en que no tiene materia; el hombre es también espíritu unido esencialmente a un cuerpo, y este espíritu se llama alma, componente como parte de una esencia, que la otra parte es la materia. El hombre es imagen de Dios por coincidir en el espíritu y diferenciarse en la materia.
Dios espíritu es totalmente simple, cosa que nosotros nunca podremos entender. El acto primero de nuestro entendimiento es el juicio, compuesto de sujeto y verbo copulativo y atributo o predicado nominal. Y desde una perspectiva humana por la que entendemos a Dios humanamente, Dios tiene muchas perfecciones, de las cuales el poder, la inteligencia y la voluntad son las principales.
Dios es potente, porque es el único que puede crear, que sólo él hace las cosas de la nada; nosotros partiendo del ser, y nuestra creación, porque algo nuevo conlleva, es sólo una modificación.
Es inteligente, porque ha establecido leyes duraderas que ordenan el universo. Y el orden es cosa de la inteligencia.
Y tiene voluntad, porque su creación no fue debida a una necesidad natural, sino a un acto de voluntad, porque quiso. Y el primer acto de voluntad se dice amor. Y éste es el proceso de la operación de Dios: el poder al servicio de la inteligencia; la inteligencia al servicio del amor; y el amor al servicio de los hombres. En la revelación del adviento no hay un Dios para sí, que hay un Dios para nosotros los humanos. La coincidencia del entendimiento y de la voluntad forma un acto complejo, que se llama libertad. En todos sus actos, Dios es siempre libre.
El hombre participaba del poder de Dios, puesto que éste le encargó el cultivo del jardín, y este trabajo de labrador exige esfuerzos considerables. Y de la inteligencia, porque puso nombres a todos los animales, y el usar la palabra o nombre supone inteligencia. Y de la voluntad, porque tuvo amor hacia su mujer recién creada: «Esta vez sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne... Por eso deja el hombre a su padre y a su madre y se une a su mujer, y se hacen una sola carne». Libre es, pues, el hombre, porque coinciden su inteligencia y su voluntad. Y esta coincidencia constituye su libertad. Libre es también el hombre a semejanza de Dios.
Dos son los actos fundamentales de la libertad, y son el hacer o no hacer; el hacer esto o lo otro. Un punto va dirigido al sujeto libre, el otro al fin del acto del sujeto. Y esto es la moral. El orden físico brota del agente, y el moral, del fin. Y el hombre eligió obedecer a Dios y no obedecerlo.
Al comienzo, siguió las instrucciones de nuestro Señor. Y éste era su proceso: Dios-hombre-animal. Su desobediencia consistió en hacer lo contrario: en hacer un recorrido inverso: animal-hombre-Dios. Se invirtió el orden del universo. Muy grave es la responsabilidad que esto supone y ellos, nuestros primeros padres, tuvieron que responder personalmente a Dios que los castigó y los expulsó del paraíso. Otro tribunal habrá al final de los tiempos, presidido por el tercer adviento de Jesús. Y allí, el universo tendrá que responder de los procesos contrarios a los de Dios. Y esto es una gran responsabilidad.
El tercer adviento de Jesús será el juicio acerca de toda la responsabilidad humana.