MISTERIOS DEL ADVIENTO

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Por Vicente Forcada Comín, o.p.

DIOS A LA VISTA

1.- El tiempo de Adviento es el tiempo del "advenimiento" del Mesías prometido por Dios para liberar al género humano de la esclavitud del pecado. Tiempo que, cada año, dedica la Iglesia durante cuatro semanas para celebrar el nacimiento de Jesucristo, el Hijo de Dios, que se hizo hombre y nació de una Virgen para salvar a la humanidad.

Esta celebración es como comprobar gozosamente que Dios fue fiel a su palabra de restauración del pecado y que la cumplió. La comprobación luminosa de que Dios no se desentendió de los seres humanos, sino que conectó con nosotros para llevar a cabo el plan que tuvo al crearnos, que fue llevarnos a la vida eterna dichosa en su presencia.

2.- Este tiempo de Adviento es tiempo de esperanza segura. El Señor llegará para cada uno de nosotros como llegó en Belén, cuando nadie lo esperaba. Nosotros hemos de esperarlo y llenarnos de alegría. San Pablo les dice a sus fieles de Filipos en una carta que conservamos: "Estad siempre alegres en el Señor. Os lo repito, estad alegres. Que todo el mundo note lo comprensivos que sois. El Señor está cerca. No os agobiéis por nada" (Flp 4, 4-5). Saber que el Señor está cerca debe producir una alegría desbordante en los cristianos.

Alegría es la posesión de un bien del que disfrutamos. El que nos llega en la Navidad es el mismo Dios, que es el máximo bien y llega para nosotros hecho niño, para estar con nosotros hasta el fin de los tiempos y más allá del tiempo. Nadie nos lo podrá arrebatar. Navidad es la meta final, en la que Dios pone su morada entre nosotros para poder amarnos más cordialmente. Desde ahora Dios será siempre el Emmanuel, que quiere decir: "Dios con nosotros".

3.- Hemos de prepararnos a recibirlo en la próxima Navidad. Porque Dios viene. No puede sorprendernos. Nuestra preparación ha de consistir, como avisó el Precursor, en allanar montañas y en rellenar valles, en rectificar caminos torcidos. Las montañas de la vida se resumen todas ellas en la soberbia, el instinto de encumbrarnos para complacernos en nosotros mismos, pretender ser como dioses. Es lo que les fascinó a nuestros primeros padres. Los valles y hondonadas de la vida son el vacío que dejamos en nuestro camino. Los vacíos de amor.

Las montañas las allanaremos con la humildad de lo que somos, de la verdad de lo que es nuestra condición de criaturas. Como la Virgen María, en la que el Señor obró maravillas porque vio la pequeñez de su esclava. Y los valles y hondonadas de nuestra trayectoria vital los rellenaremos con los actos de caridad o amor de amistad para con Dios y para con nuestro prójimo. Rectificar los caminos torcidos lo hemos de hacer proyectando sobre nuestros pasos la luz de la fe, por la que creemos que Él está ahí, en Belén y nos está llamando.

Adviento ha de ser para nosotros. ¡humildad, caridad, luz!

LA ANUNCIACIÓN

"Salve, llena de gracia. El Señor está contigo. No temas, María, que Dios te ha concedido su favor" (Lc 1, 28-30).

1- El día de la Anunciación comenzó en el tiempo la historia real de la salvación, la obra más grande de Dios. Dios se hizo hombre en el seno de la Virgen María de Nazaret por obra del Espíritu Santo.

Grande es el misterio de la vida y mayor el de la vida humana. Pero infinitamente mayor el misterio de la vida divina encarnada en un cuerpo humano para siempre.

En el Antiguo Testamento estaba penado hacer imágenes de Dios. A Yahvé no se le podía representar en figura de nada, ni de hombre, ni de animal, ni de vegetal. En muchas religiones antiguas se había esculpido y venerado a Dios en figura de un animal, como los egipcios, que adoraban a Dios en forma de toro, o de águila, o de escarabajo.

Y el mismo Dios quiso esculpirse a sí mismo en figura de hombre, y para ello preparó una artista excepcional que le diera la naturaleza humana y se la diera maternalmente, como Madre del Hijo de Dios con la fuerza del Espíritu Santo.

2.- María, artífice de la imagen del Hijo de Dios, dio cuerpo al Verbo de Dios en su propia carne y sangre, limpios de toda sombra, Inmaculada. De Ella nació Jesús, como nacemos los seres humanos, el Hijo todos los siglos.

El Padre eterno quiso pedir consentimiento a María para ejecutar su plan de encarnación redentora y mandó a un mensajero celestial, el arcángel Gabriel, que le notificó lo que Dios había pensado. Ella no entiende el misterio y su participación en él, pero al decirle el mensajero que para Dios nada hay imposible, cree y se entrega con aquellas palabras maravillosas: "He aquí la esclava del Señor; cúmplase en mi según tu palabra" (Lc 1, 38).

3.- Desde aquel momento, el Verbo se encarnó en María y comenzó a habitar entre nosotros. Se hizo Emmanuel, Dios con nosotros, revestido de carne como la nuestra. María llevó en su seno, como Madre, al Hijo de Dios, que era Dios, durante nueve meses, y después lo dio a luz en Belén, pero siguió siendo su Madre en la tierra y en la eternidad.

4.- La Anunciación es el momento de la Encarnación de Dios. Y la Encarnación es el momento en que comienza la Maternidad de la Virgen María. Comienza a ser Madre del Cristo total, es decir, Madre de la Cabeza y Madre de los miembros, o sea, Madre nuestra. Y una madre es siempre madre, en la tierra y en la eternidad. Madre del Cristo total.

"Dios te salve, Reina y MADRE de misericordia. Vida, dulzura y esperanza nuestra... Vuelve a nosotros esos tus ojos MATERNALES".

LA VISITACIÓN A SANTA ISABEL

"Dichosa tú que has creído, porque se cumplirán en ti las cosas que te ha dicho el Señor" (Lc 1, 4-5). "Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre. ¿Quien soy yo para que me visite la Madre de mi Señor? (Lc 1, 43-44).

1..- El mensajero celestial le dijo a María, cuando le anunció su maternidad sobre Jesús, que su prima Isabel, la esposa de Zacarías, un matrimonio ya mayor, esperaba un hijo. Porque para Dios, le dijo Gabriel, nada hay imposible. La Virgen supo por estas palabras, que la mano de Dios estaba allí actuando. Por eso creyó un deber suyo ponerse al habla con Isabel, porque pensó que ambas maternidades estaban vinculadas en el plan de Dios.

2.-. Isabel saluda a María, llamándola "Madre de mi Señor". Como si conociera la escena de la Anunciación a María. Lo ha intuido, porque la criatura que lleva en su seno, cando María ha saludado a Isabel, no ha parado de dar saltos de alegría (Lc 1, 41).

María respondió a este saludo de Isabel con el "Magnificac", corroborando las palabras de Isabel. El Señor ha hecho obras grandes en Ella, como las ha hecho en Isabel. Es el Señor, cuyo nombre es santo. Ella es la esclava del Señor.

3.- María estuvo en casa de Zacarías unos tres meses (Lc 1, 56), hasta que nació Juan el Bautista. Zacarías, el esposo de Isabel, había quedado mudo, según le había pronosticado el mensajero celestial cuando le notificó que iba a tener un hijo (Lc 1, 13-15). Cuando circuncidaron al niño y le impusieron el nombre de Juan, Zacarías recuperó el habla y comenzó a cantar la misericordia del Señor: "Bendito Dios de Israel, que visitaba a su pueblo para liberarlo, según lo había predicho desde antiguo por boca de los santos profetas" (Lc 1, 67-80). Y dirigiéndose a su hijo, el pequeño Juan, le dijo: "Y a ti, niño, te llamarán profeta del Altísimo, porque irás delante del Señor a preparar sus caminos, anunciando a su pueblo la salvación, el perdón de sus pecados".

4.- Durante los tres meses de estancia en casa de Zacarías, María e Isabel hablaron mucho de la misión de su maternidad y de la misión de los hijos. Comentarían detenidamente los hechos inexplicables de la anunciación a Zacarías en el Templo, cuando se le dijo que su hijo iría delante del Señor "con el espíritu y poder de Elías" (Lc 1, 17).

María iba descubriendo cada día más claramente la misión de su Hijo y la de su maternidad. El Hijo que Ella llevaba en el seno pertenecía a todo el pueblo, al que salvaría de los pecados. ¿Cómo lo iba a salvar? ¿Qué tendría que hacer Ella? Vislumbraba luchas en el horizonte, renuncias, situaciones comprometidas para el Hijo. Pero tenía confianza en su Dios y se entregaba sin poner condiciones al Todopoderoso.

"Por la entrañable misericordia de nuestro Dios, nos visitará el sol que nace de lo alto, para iluminar a los que viven en tinieblas y en sombra de muerte, para guiar nuestros pasos por el camino de la paz" (Lc 1, 78-79).

NACIMIENTO DE JESÚS

"José, que era de la estirpe y familia de David, subió desde la ciudad de Nazaret, en Galilea, a la ciudad de Belén, en Judea, para inscribirse con su esposa, María, que estaba encinta. Estando allí le llegó el tiempo del parto, y dio a luz a su Hijo primogénito; lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre, porque no encontraron sitio en la, posada (Lc. 2, 4-7).

1.- "Lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre". La expresión del evangelista es todo un tratado de Humanidad (Lc 2, 7). Es el Hijo del Dios Altísimo, "el que ocupará el trono de David y reinará en la casa de Jacob, y su reino no tendrá fin" (Lc 1, 32-33). Es Dios, rebajado a la condición más pobre y sencilla de los seres humanos. Pero arropado y adorado por su Madre y por José, el esposo de Maria, el humilde artesano de Nazaret. En una cueva de ganados, no en la humilde casa de Nazaret, con las pequeñas comodidades que proporciona el hogar más pobre.

En la ciudad de Belén no encontraron posada, ni cama, ni siquiera un jergón de paja seca, ni una silla, ni fogón para encender fuego y calentar la comida o el agua. Fuera de casa y aislados de cualquier asistencia humana de vecinos o conocidos. La soledad más completa.

2.- Los pobres galileos de Nazaret estaban habituados a muchas privaciones. Pero allí se daba la circunstancia de que José y María sabían que aquel niño era Dios Todopoderoso, al que no faltaba nada, porque lo tiene todo. Y allí carecía de todo. Dios en un pesebre.

Los sumos sacerdotes, los escribas, maestros de la Ley, y los magnates de Israel nada sabían del acontecimiento de los siglos. Cuando llegan a Jerusalén unos extraños personajes de Oriente preguntando por el Rey de los judíos, que dicen ha nacido, el Rey Herodes y los maestros de la Ley nada saben. Y, para despedirlos con cierta cortesía, los orientan hacia Belén, que es donde estaba anunciado por un profeta que tenía que nacer el Mesías. Pero nadie los acompañó. Herodes pensó que ese Rey del que habían hablado los visionarios de Oriente podía destronarlo a él, y montó una persecución a muerte de los niños nacidos en Belén y alrededores (Mt 2, 1-12). La sagrada familia tuvo que emigrar a Egipto, avisada por un ángel, para salvar la vida del niño.

3.- Los ángeles del cielo anunciaron a los pastores, que pasaban la noche a la intemperie en la comarca de Belén, que había nacido "el Salvador, el Mesías, el Señor" (Lc 2, 11). Y les dieron la señal: "Encontraréis un niño, envuelto en pañales y acostado en un pesebre" (Lc 2, 12). Los pastores fueron corriendo a Belén y "encontraron a María, a José, y al niño acostado en el pesebre" (Lc 2, 16). "Los pastores se volvieron glorificando y alabando a Dios por lo que habían visto y oído". (Lc 20).

Fueron las primeras visitas que tuvo el Mesías en Belén. Y las únicas.

"María, por su parte, conservaba el recuerdo de todo esto, meditándolo en su corazón (Lc 2-19). Mucha materia para meditar una Madre. Materia y meditación que la iban configurando a Ella como asociada a la MISIÓN SALVADORA DE SU HIJO.

LA PRESENTACIÓN DE JESÚS EN EL TEMPLO

"Cuando llegó el tiempo de que se purificasen, conforme a la Ley de Moisés, llevaron a Jesús a Jerusalén para presentarlo al Señor –así lo prescribía la Ley del Señor– y para entregar la oblación conforme a lo que dice la Ley del Señor: un par de tórtolas o dos pichones" (Lc 2, 22-24).

1.- Al llegar al Templo se encontraron con un hombre anciano que vivía en Jerusalén, "hombre honrado y piadoso, que aguardaba el consuelo de Israel; el Espíritu Santo estaba con él y le había avisado que no moriría sin ver al Mesías del Señor. Fue al Templo, impulsado por el Espíritu Santo cuando llegaban los padres de Jesús con el niño. Y tomando al niño en brazos, bendijo a Dios, diciendo: "Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar morir a tu siervo en paz, porque mis ojos han visto a tu Salvador; preparado delante de todos los pueblos como luz para alumbrar a todas las gentes y gloria de tu pueblo, Israel" (Lc 2, 29-32).

2. Es natural que María y José se admiraban de lo que el anciano decía del niño. Pero no lo había dicho todo. Todavía tenía algo más que decir. Algo que significaba lucha y persecución, contradicción y sangre: "Y dijo a María: Mira éste está puesto para que todos en Israel caigan o se levanten; será una bandera discutida" (Lc 2, 34). Todo un programa de guerra: bandera discutida, sensación de batalla armada. Sangre, muertes, destrucción. La Madre no entendía aquello de bandera discutida, pero presentía que el fruto de su vientre iba a ser motivo de lágrimas y de triunfo y de gozo para muchos en Israel.

Y tenía que decirle algo más que era exclusivo para Ella, dentro del sentido de lucha y de guerra. Volviéndose a María, le dijo: "A ti, una espada te traspasará el corazón; así quedará patente lo que todos piensan" (Lc 2, 35).

María tomó buena nota de esta sentencia de Simeón y la fue meditando durante toda su vida, hasta que un día, después de más de treinta años, se vio en el monte Calvario al pie la Cruz, en donde una espada se clavó en el corazón de aquel Hijo y en el suyo.

Una anciana, llamada Ana, "que no se apartaba del Templo ni de día ni de noche, sirviendo a Dios con ayunos y oraciones, se acercó en aquel momento, daba gracias a Dios y hablaba del niño a todos los que esperaban la liberación de Jerusalén" (Lc 2, 37-38).

3.- María y José, con el niño, después de cumplir el precepto de la Ley y ofrendar en el Templo el tributo de los pobres, un par de tórtolas, o dos pichones, regresaron a Nazaret. "El niño iba creciendo y robusteciéndose, y adelantando en saber; y el favor de Dios lo acompañaba" (Lc 2, 40).

"Jesucristo es Dios. Es el verdadero Señor de los siglos futuros. Su dominio, comienza con el Sacrificio en el Templo según el precepto de la Ley, y llega a su plenitud a través del Sacrificio de la Cruz, según un eterno designio de amor" (Juan Pablo II).

LA HUÍDA A EGIPTO

"Unos magos de Oriente se presentaron en Jerusalén preguntando: ¿dónde está ese Rey de los judíos que ha nacido? Porque hemos visto su estrella y venimos a rendirle homenaje" (Mt 2, 2-3).

1.- Al Rey Herodes le dio un colapso. Vio en esta pregunta un posible rival enemigo de su trono. El no sabía nada. Entonces convocó a los sumos sacerdotes y escribas y les pidió información sobre dónde tenía que nacer el Mesías. Y al contestarle que en Belén, según lo había profetizado el profeta Miqueas, allá encaminó a los Magos, con el encargo de que después que lo hallaran, se lo comunicaran para "ir él también a adorarlo" (Mt 2, 8).

2.- Cuando los Magos se pusieron en camino hacia Belén, que dista unos ocho kilómetros de Jerusalén, les apareció de nuevo la estrella, lo que les llenó de alegría. Iban bien encaminados. La estrella se posó encima de donde estaba el niño (Mt 2, 9). "Al entrar en la casa vieron al niño con María, su Madre, y, cayendo de rodillas. le rindieron homenaje; luego abrieron sus cofres y como regalos le ofrecieron oro, incienso y mirra" (Mt 2, 11). Oro, como Rey; incienso, como sacerdote; mirra como víctima. María dejó hacer a los magos. Ella no entendía nada, pero veía en todo la mano del Señor.

3.- Los Magos fueron avisados en sueños para que no volvieran a Herodes, y regresaron a su tierra por otro camino (Mt 2, 12). Herodes, al enterarse, viéndose burlado por los Magos, montó en cólera y mandó matar a todos los niños varones de dos años para abajo en Belén y sus alrededores (Mt 2, 16).

Cuando se marcharon los Magos, el ángel del Señor se apareció en sueños a José, y le dijo: "Levántate, coge al niño y a su Madre y huye a Egipto; quédate allí hasta nuevo aviso, porque Herodes va a buscar al niño para matarlo" (Mt 2, 13). José se levantó y, de noche, cogió al niño y a su Madre y marchó a Egipto y allí estuvo hasta la muerte de Herodes (Mt 2, 14).

4.- La zona de Egipto que linda con Palestina era refugio para los judíos que huían de su tierra escapando de la tiranía de Herodes. Tierra de resentidos y de muchos que tenían cuentas que saldar con la justicia de Israel. Allí acampó José con su esposa y el niño. Allí fueron inmigrantes que llegaron sin capital, sin casa, sin saber cómo iban a ganar el sustento diario. José podía ejercer su oficio de artesano, gracias al cual, y con muchas estrecheces, pudieron subsistir. No sabemos cuánto tiempo duró su estancia en Egipto, pero parece que varios años. Años de incomodidades sin número, dentro de la pobreza más estrecha.

"Apenas murió Herodes, el ángel del Señor se apareció en sueños a José en Egipto y le dijo: Levántate, coge al niño y a su Madre y vuélvete a Israel; ya han muerto los que intentaban acabar con el niño (Mt 2. 20). Se levantó cogió al niño y a su Madre y entró en Israel... y fue a establecerse a un pueblo que llaman Nazaret" (Mt 2, 23).