1.- El Adviento, tiempo de esperanza
El Adviento nos coloca ante la venida del Señor y de su Reino ("Adventus"= venida): llega la Buena Noticia de salvación, especialmente para los pobres, marginados, para los perdidos y "los don nadie", para los "descamisados" argentinos y los "peladitos" mejicanos.
En el tiempo de Adviento los cristianos recordamos agradecidos al Señor Jesús que vino en carne, nacido de María en la Palestina de hace ya más de veinte siglos. Al mismo tiempo y, sobre todo, participamos hoy de la esperanza del pueblo de Israel, personificada en Isaías, en Juan el Bautista y en María, para abrirnos como hicieron ellos confiadamente al Señor que viene y sigue viniendo en nuestro momento presente y que, finalmente, vendrá cuando los tiempos se cumplan, la historia de la salvación concluya y Dios será, por fin, "todo en todas las cosas" (1 Co 15,28).
Ya que el Señor Jesús vino en un momento y lugar concretos y, después de morir en la cruz, resucitó de entre los muertos por el poder de Dios y está vivo, sigue viniendo hoy, por medio de su Espíritu, para seguir haciendo presente su Reino de salvación allí donde se produzca conversión y ganas de hacer el bien con constancia.
Y ya que vino y viene, también vendrá en su segunda "venida" para que su Reino se haga plenamente presente y se cumpla la gran Promesa: "Pondrá su morada entre ellos y ellos serán su pueblo y él, Dios-con-ellos, será su Dios. Y enjugará toda lágrima de sus ojos, y no habrá ya muerte ni habrá llanto, ni gritos ni fatigas, porque el mundo viejo ha pasado" (Ap 21,3b-4).
Por eso, en Adviento está, rebosa en la fe, la esperanza de que, "en el seno de esta realidad nuestra, tan frecuentemente rota y abrumada por la presencia del mal, llega la salvación liberadora de Dios para los seres humanos como fuente capaz de otorgar sentido último y definitivo a la existencia personal y aun a la creación y a la totalidad de la historia". Una esperanza que, por ser activa y no mera pasividad de espera, ha de expresarse en un amor comprometido y solidario con los demás, especialmente con los pobres.
Vivir el Adviento es, sobre todo, renovar esa esperanza que no puede deducirse analizando la realidad que nos circunda.
2.- Pero, ¿hoy es posible la esperanza?
Ante la celebración del Adviento pueden alzarse en nuestro tiempo muchos de nuestros contemporáneos, preguntando: ¿Se puede acaso hablar hoy fundadamente de esperanza? ¿Se puede otorgar razonablemente sentido a la vida, a la creación y a la historia? ¿Se puede conceder crédito a un mensaje de salvación..., o es preciso situar toda esperanza en el ámbito de la ilusión que nos hace niños al alejarnos irremisiblemente de la realidad que nos envuelve? Todavía con más crudeza: ¿es honesto en nuestros días hablar de esperanza, cuando ha sido testigo de dos guerras mundiales y de más de 200 conflictos entre los pueblos y nos damos además, cada día, más cuenta de la desigualdad e injusticia que informa nuestras sociedades y de la fuerza aterradora del mal que se impone de manera inexorable?...
La cuestión de fondo podría plantearse así: "la esperanza teologal que los creyentes cristianos confesamos y celebramos de manera especial en Adviento, ¿tiene alguna posibilidad de conectar la experiencia humana actual de la realidad o habrá que considerarla como una oferta de valor únicamente aceptable ignorando o incluso negando lo que esa misma experiencia permite vislumbrar?"... Está aquí en juego la credibilidad y significatividad de nuestra esperanza, tal vez, incluso, su posibilidad. Y puede surgir la duda de la celebración del mismo Adviento.
Ya sé que hay voces que dicen que es imposible celebrar la esperanza. Que tal como está el mundo es una burla celebrar la esperanza.
Para otros caben "pequeñas esperanzas", vinculadas a experiencias positivas, referidas a logros cotidianos, conectado en todo caso a una perspectiva puramente terrena, instalada, más o menos cómodamente, en el presente. Para éstos, parece necesario renunciar, por fidelidad a lo real, a "sueños utópicos" de la gran esperanza cristiana que refieren -como lo hace la esperanza cristiana- a la plenitud definitiva de lo real, poniéndose al lado de los vencidos y castigados en la historia.
Pero tampoco faltan los que sienten el "tirón" de la esperanza, referida siempre a un "más allá", nunca del todo realizado, y que por eso no pueden instalarse cómodamente en lo terreno al sentirse urgidos por una añoranza que lleva a forzar los límites del presente y del pasado, negándose a declararlo cerrado. Son aquellos que, desde su experiencia no pueden renunciar al anhelo de que "el verdugo no triunfe definitivamente sobre sus víctimas".
Prescindiendo de si anida en ellos el don de la esperanza cristiana, lo que sí es cierto es que no pueden prescindir, al expresarse, de palabras como trascendencia, nostalgia, añoranza, anhelo, promesa, utopía, novedad, absoluto. "El ser humano y el mundo que le rodea aparece para ellos, como diría Bloch, como una tarea y un gigantesco receptáculo lleno de futuro".
Esta actitud, que encierra grandes dosis de esperanza, tal vez no sea aún la esperanza cristiana pero se le parece mucho y abre hacia ella una gran dosis de credibilidad.
El Adviento nos sitúa ante una urgencia pastoral de primer orden. Es la que se concreta en tareas capaces de suscitar actitudes abiertas de esperanza humana, y hay muchas buenas obras que nos hablan de optimismo, en las que se vislumbra una carga de esperanza: voluntariado, multitud de ONGS, gestos de ecumenismo como nunca los ha habido, congresos, debates, simposios, foros,...
Con tales actitudes que se suscitan fundamentalmente por contagio, se vislumbra la racionabilidad y conveniencia vital de la "apuesta" por la fe en el Reino de Dios que viene y vendrá como salvación plena, fuente de la esperanza cristiana. Desde ellas sí es posible celebrar el Adviento.
3.- ¿En qué consiste la esperanza cristiana que celebramos en Adviento?
Para comprender su identidad y alcance es conveniente situarse ante su fuente y raíz: el amor de Dios que ha resucitado a Jesús de entre los muertos como promesa de resurrección para todos nosotros y de plenitud lograda para toda la creación.
En efecto, en la resurrección de Jesús adivinamos, el destino último del hombre al que nos ha destinado el amor creador de Dios. Todas las promesas bíblicas que orientaron durante siglos el caminar del pueblo de Israel encuentran en Jesús resucitado su definitiva confirmación (2 Co 1,20).
La resurrección de Jesús, que anuncia su venida gloriosa "al fin de los tiempos", sitúa a los creyentes en un plano final de expectación que permite hablar del final auténtico del tiempo, será el fin del "todavía no", porque será para siempre auténticamente el "ya".
"Por una parte, y puesto que Jesús ha resucitado, esperamos el surgimiento futuro de un ser humano "nuevo", enteramente liberado y realizado. Liberado, como insiste Pablo, del pecado, de toda falsa situación de dependencia e incluso de la muerte. En la resurrección de Jesús todos hemos adquirido vocación última de resucitados" (1 Co 15,12-13.20-22).
Por otra, es preciso recordar que no sólo la humanidad, sino también el mundo y la historia quedan orientados por la resurrección de Jesús hacia un término final definitivamente triunfante. Pablo, en su carta a los Romanos (8,18-23), nos dice que la creación entera aguarda, entre dolorosos gemidos de parto, el momento de la manifestación de la gloria de Dios, de la definitiva liberación de toda servidumbre, y de la participación en la gloriosa libertad de los hijos de Dios.
Vista desde esta dimensión, la resurrección puede considerarse como anuncio del triunfo definitivo de la historia. El círculo del tiempo cerrado sobre sí mismo queda roto y abierto a una meta final de plenitud y realización definitiva. En la resurrección, dice J. Moltmann, la esperanza cristiana ve "anunciado el futuro de la justicia y la destrucción de las fuerzas del mal, el futuro de la vida y la destrucción de la muerte, el futuro de la libertad y la destrucción de la opresión, el futuro del verdadero ser humano y la destrucción de lo inhumano".
Pero aún hay más. La resurrección llega hasta lo terreno y se suscita una cadena de buenas obras que, acumuladas, hacen presentar al mundo un cierto aspecto de justicia y bienestar para una sociedad nueva.
La Constitución Pastoral "Gaudium et Spes", del Concilio Vaticano II, nos sitúa claramente ante ella en su nº 39: "La espera de una tierra nueva no debe amortiguar, sino más bien avivar, la preocupación por perfeccionar esta tierra, donde crece el cuerpo de la nueva familia humana, el cual puede de alguna manera, anticipar un vislumbre del siglo nuevo. Por ello, aunque hay que distinguir cuidadosamente progreso temporal y crecimiento del reino de Cristo, sin embargo, el primero, en cuanto puede contribuir a ordenar mejor la sociedad humana, interesa en gran medida al reino de Dios".
El Adviento es el tiempo que la Iglesia ofrece para reavivar y celebrar la esperanza. El Señor y su Reino vendrán con una palabra última de plenitud. Pero también el Señor y su Reino están viniendo ya como salvación liberadora que ha de hacerse presente entre nosotros, como "vista para los ciegos, andar para los cojos, esperanza para los desesperados, bienaventuranza para los pobres...".
Así que al celebrar el Adviento celebramos la salvación, que ya tenemos y el Reino que viene. Y supone aceptar ese Reino, y anunciarlo, y hacerlo presente.
Así planteadas las cosas, es preciso preguntarse: ¿es posible y razonable mantener y renovar nuestra esperanza en la fuerza salvífico-liberadora del Reino de Dios cuando Jesús, su primer servidor y anunciador, terminó en el fracaso de la cruz y cuando nosotros, que podemos repasar la historia de lo sucedido en los muchos siglos que nos separan del Gólgota, somos testigos de que el fracaso de entonces se prolongó y prolonga en tantas cruces actuales? ¿Podemos seguir entonces celebrando el Adviento? ¿Qué esperanza podemos seguir confesando con honestidad los creyentes cristianos?... ¿Y somos verdaderos anunciantes de un Reino salvador y vivificante? ¿Nuestra esperanza está bien fundada?
La esperanza cristiana no puede quedarse sólo en lo espiritual, tiene que llegar a lo terreno. Si arranca de la esperanza de Israel tiene que llegar a su dimensión terrenal.
Celebrar el Adviento que afirma y fortalece nuestra esperanza, supone renovar nuestra confianza en la dimensión histórica del Reino que viene a salvar a todos, especialmente a los pobres de la tierra. Pero, eso sí, sabiendo que ese Reino no se hace presente de forma triunfal como esperaban los judíos del tiempo de Jesús, imponiéndose como forzando nuestra libertad. Únicamente puede ser acogido libremente, y entonces "los ciegos ven, los cojos andan, los prisioneros recobran la libertad, los pobres son bienaventurados y se sientan en el banquete de hermanos". Pero puede ser rechazado -la oferta de Dios se detiene ante el ejercicio de nuestra libertad- y entonces el mundo permanece anclado en el mal y al que lo anuncia le puede pasar como al maestro, ser crucificado.
El Adviento nos vincula así a una esperanza real. "Seguimos apostando por el Reino, ya que sabemos, desde la sabiduría que proporciona la experiencia de la fe, que es Buena Noticia de salvación, fuente de belleza, bondad, verdad y vida cuando es recibido. Pero sabemos igualmente que puede ser ignorado, despreciado, rechazado, y que, en consecuencia, los pobres pueden seguir siendo crucificados".
Debemos quedarnos entre el pesimismo y el optimismo, las cosas van mal, pero pueden ir peor, no todo va bien, pero algo va bien. La historia permanece abierta. En ocasiones el Reino se hará más perceptible y sus "signos" podrán descubrirse con relativa facilidad. En otras permanecerá más oculto, como la semilla enterrada bajo tierra, y hasta será preciso mantener la esperanza "contra toda esperanza".
No sabemos nada del final de los tiempos. Ignoramos, sólo lo sabe el Padre, cuándo llegaremos a la plenitud soñada. A nosotros nos corresponde simplemente servir al Reino, anunciándolo con todas nuestras fuerzas, con palabra y con "signos", siendo sus testigos "hasta los confines de la tierra" (Hch 1,ó-8).
Activemos nuestra esperanza en este tiempo de Adviento. Profundicemos en lo que representa y, sobre todo, en su bondad. Pidamos la fuerza del Espíritu para que esa puesta en marcha sea real y se traduzca en renovación y fortalecimiento de nuestros mejores compromisos al servicio del Reino. No nos contentemos con la contemplación y espera del triunfo final. Busquemos las mediaciones que nos hagan falta y las didácticas adecuadas que nos lleven a su realización. Y no dejemos de seguir orando, con todo el pueblo de Dios, que el Señor venga y que se cumpla nuestra esperanza: ¡¡VEN, SEÑOR JESÚS!!