1. Adviento, tiempo de Esperanza, no de simple espera
Es objeto de la espera aquello que no depende de mí, aquello que aunque yo lo desee mucho, vendrá o no vendrá en dependencia de factores que escapan a mi control. Así frente al objeto de mi espera, lo único que puedo hacer es entretenerme, distraerme, "matar el tiempo", no sufrir demasiado, ni impacientarme porque se me haría eterna la espera. Una buena sala de espera es aquella en la que se está cómodo y se puede uno entretener y distraer, y la espera se hace menos angustiosa. Es una actitud pasiva...
La esperanza tiene un contenido de acción. La esperanza es dinámica.
La esperanza es el deseo que me lleva a provocar la aparición o la realización del objeto de mi esperanza. Y sólo se puede esperar con esperanza aquello que de alguna manera depende de mí también.
La esperanza cristiana es verdaderamente esperanza: lo que viene y el que viene empujándolo no vendrá a ocurrir sino por una acumulación de deseos y provocaciones. Dios no nos ha prometido el Reino como una condena fatídica, sino como una tarea, una misión, un quehacer apasionado.
Esperar con esperanza es desear provocando. Desear algo tan apasionadamente que se entrega uno a la realización de eso que se espera.
Dos términos interesantes: deseo y provocación. Dos términos quizá poco religiosos. En otros tiempos, por lo menos, era importante estar exento de deseos... era un meta (el nirvana a lo occidental y cristiano). Sin embargo, hoy decimos que lo más sano no es destruir el deseo, sino comprender el deseo. Si destruimos el deseo podemos destruir la vida misma. Si no existiera el deseo, como empuje del ser, nuestros sueños, proyectos y pasiones se hundirían.
Para entender bien cómo el deseo manda en nuestra capacidad de asumir la vida en todas sus manifestaciones hay que señalar que el lenguaje común confunde el deseo con la necesidad. Cuando digo: me apetece, deseo comer o beber, estoy diciendo en realidad: "necesito comer", "necesito beber". El deseo es algo distinto a la expresión y la suma de nuestras necesidades y apetencias físicas, e incluso de nuestra codicia, avidez y ambición de todo tipo.
El deseo es una apertura a algo distinto de lo que nos limita en la contingencia. El deseo es la esperanza del progreso. No reposa en el vacío, sino que se injerta en la potencialidad que ofrece el mundo. El deseo es motor de la acción, valoración del mundo. Para la tradición cristiana, tributaria de la filosofía de Platón, el deseo es la expresión de la búsqueda de lo absoluto en la que el hombre está aventurado.
El deseo, que emerge de lo más hondo del ser, tiene que ver con el hecho de que el hombre está movido por un tropismo de absoluto: un movimiento hacia lo verdadero, lo bueno, lo bello. El deseo surge entonces como la voz del ser que llama al hombre a colmar su estado de carencia, a alcanzar su deseo interior.
La Provocación, como dice el diccionario, es una acción o efecto de provocar. Provocar es incitar, inducir, estimular, hacer que una cosa produzca otra como reacción o respuesta a ella. No podemos esperar que las cosas se nos den hechas. No podemos esperar que se nos adivine lo que deseamos o necesitamos. No podemos permanecer en la actitud del niño que pide y hay otro adulto que se lo concede.
Hemos de provocar aquello que entendemos, pensamos, comprendemos, decidimos que es justo, bueno, necesario... Hemos de provocar, poner los medios para que se haga realidad, se cumpla. Provocar, poner en movimiento, moverse, animar, hacerlo posible.
El deseo de hacer realidad lo que significó el nacimiento de Jesús y prepararse para ello es provocar que ese significado, esa realidad sea vivida, sea experimentada, porque para nosotros es muy importante, es un valor. Y es un valor, no sólo sentido sino también pensado (pensar es apelar a la memoria)...
Así pues, si de verdad es importante para nuestra vida la presencia del Señor, es importante celebrar su nacimiento, y lo celebramos porque lo sentimos, lo pensamos, hacemos memoria, lo vivimos y, por tanto, lo hacemos viable y visible en nuestra vida. En una vida con sentido.
El Señor, es el sentido de nuestra vida porque nos dice quiénes somos y para qué estamos. El Señor nos enseñó el cómo teníamos que dar respuesta a lo que somos y al para qué estamos.
El acontecimiento de su nacimiento es, por tanto, más que un valor sentido que podamos recordar con nostalgia, es un valor pensado, es hacer memoria, y tiene que ser traducido e introducido en la realidad, en nuestra realidad, y hay que dar razón de tal acontecimiento. Leemos en una carta de San Pedro: Estad siempre dispuestos a dar razón de vuestra esperanza a todo el que os pida explicación. Hacedlo, sin embargo, con dulzura y respeto... (1 Pe 3, 15-16)
2. Adviento: hacerlo todo nuevo sin perder la Memoria
En este tiempo de adviento, tiempo de esperanza, se nos invita a revisar nuestra vida para que sea una vida cargada de esperanza, llena de deseos y provocadora, no cargada de sabidillos, desesperanzados, gafes, pasivos, miedosos, buscadores de seguridades, empecinados y empeñados en volver a un pasado que, por mucho empeño que se ponga, es ya batalla perdida; que por mucho deseo y provocación que pongamos en una vuelta atrás no será posible, gracias a Dios.
Pasó lo viejo... empezamos de nuevo... 2001 2002. Todo es nuevo: De modo que si alguien vive en Cristo, es una nueva criatura; el hombre viejo pasó y ha aparecido el nuevo (2 Co 5, 17). Y, ya sea conscientemente o sin darnos cuenta, algo vamos dejando siempre, y algo se va anunciando como posibilidad...
Todo acontecimiento, por muy funesto que sea, puede ser un camino para acercarnos a Dios. Por eso mismo, también en adviento se nos invita a estar atentos y despiertos, a la escucha y vigilantes, y a no perder la memoria.
No perder la memoria, no tanto para quedarse en las nubes de las nostalgias y lamentaciones, sino como posibilidad. La memoria como combustible que nos permite volar. La memoria no puede ser un almacén que guarde cosas, sino una fuente riquísima de operaciones y ocurrencias. La memoria es un proyecto, nunca una imposición ni un destino.
Porque tenemos memoria, y hacemos memoria, interpretamos, comprendemos, percibimos las cosas, la vida, a los otros, desde ella, pero con tal discreción que parece que no sirve para nada la memoria.
Interpretar pues la vida, mirar a los otros desde la memoria del acontecimiento salvador: esto ya es Navidad.
Aún más, esa memoria se hace palpable cuando se conmemora. Es la comunidad quien hace posible la realidad de lo "memorizado", si se puede decir así. La memoria de que Dios cumplió y cumple su palabra y su significado es conmemorado, se hace realidad en la comunidad.
El pasado nos aporta datos, vivencias, experiencias que nos permiten resituarnos en el hoy, comprender el hoy, y nos empuja, nos motiva a construir cada hoy con sentido, nos capacita para seguir siempre aportando algo nuevo, creador..., porque nos sabemos capaces..., estamos vivos y no nos podemos dejar llevar, no podemos abandonar nuestras capacidades, posibilidades, responsabilidades.
Memoria y realidad... Memoria de lo bueno..., para hacerlo posible, pero mejorado. Y también memoria de lo malo... Escribía Dietrich Bonhoeffer: «Creo que Dios puede y quiere que el bien nazca de todo, incluso de lo más malo. Para ello necesita unos hombres por quienes todas las cosas concurran al bien. Creo que Dios nos concederá en toda situación difícil la suficiente fuerza de resistencia que precisemos. Mas no nos la concede por adelantado, a fin de que no confiemos en nosotros mismos, sino únicamente en Él. En dicha fe tendríamos que superar todo miedo ante el futuro. Creo que tampoco nuestras faltas y errores son en vano, y que para Dios no resultará más difícil entenderse con ellos que con nuestras pretendidas buenas acciones. Creo que Dios no es una fatalidad intemporal, sino que espera y responde a nuestras oraciones sinceras y a nuestras acciones responsables" (D. Bonhoeffer).
No hay nada que temer. No hay nada de qué desesperar. Ni desesperar ni temer... Además, nada ha sido inútil. Pero ¡ojo!, sí podemos convertir en inútil aquello que fue y en su momento fue importante, y pretendemos que siga siendo cuando ya pasó su tiempo y su momento. Es hora de despertar, y... los imposibles dejarlos.
No recordéis lo antaño, no penséis en lo antiguo, mirad que realizo algo nuevo, ya está brotando, ¿no lo notáis? (Isaías 43, 18)
3. Adviento, escuchando a los Profetas y al mismo Jesús
En las celebraciones de los domingos de adviento, leeremos textos de los profetas Jeremías, Baruc, Sofonías y Miqueas. Todos ellos sensibles, atentos y escuchadores de la realidad: denuncian y anuncian...
Confirmaré la buena palabra que dije a la casa de Israel y a la casa de Judá. El profeta Jeremías se dirige a un pueblo que sufre, a la vez que denuncia a reyes y otros pastores de Israel, que habían llevado al pueblo a la ruina. Ante el sufrimiento, el profeta quiere despertarles la esperanza: habla de la paz y la justicia. La esperanza activa será el contexto en el que la promesa de Dios tendrá su cumplimiento.
Jerusalén, quítate el vestido de luto y aflicción y vístete ya siempre con las galas de la gloria de Dios. Envuélvete en el manto de la justicia divina y adorna tu cabeza con la gloria del Eterno. El profeta Baruc se dirige a la comunidad que vive en destierro espiritual, porque le falta la grandeza soñada, la libertad necesaria, el gozo de vivir y la paz del espíritu... El profeta incita al cambio, cambiar el porte, la postura de perdedora por el de salvadora.
¡Grita alborozada, Sión, lanza clamores, Israel, celébralo alegre de todo corazón, ciudad de Jerusalén!. Sofonías, desde el oscuro presente del pueblo, trata de poner gozo donde sólo hay tristeza, valor en lugar de miedo, esperanza en lugar del desaliento.
Belén de Efratá, la menor entre los clanes de Judá, de ti sacaré al que ha de ser el gobernador de Israel... Para Miqueas la clave está en la comunidad que espera activamente a su Mesías, es la madre que da a luz a su propio Redentor. Este nace, permanentemente, en los tiempos antiguos y ahora, del seno de la esperanza y del esfuerzo de la comunidad por convertir en realidad la utopía mesiánica.
Como los profetas, como tanta gente de aquel entonces, que anhelaba una vida distinta, nueva, llena de fraternidad, y eran capaces de no cerrar los ojos a la realidad de sus vidas y de su mundo, y no les daba miedo descubrir en ellos tantas carencias, y sentían a la vez el gran anhelo confiado hacia una vida distinta, nueva, llena de bondad y fraternidad, también nosotros estamos llamados a tener los ojos abiertos y a darnos cuenta de lo que pasa en nosotros y en nuestro mundo, y a despertar en nuestra intimidad profundas esperanzas.
Jesús, en el evangelio, se acerca a la gente que encuentra en su camino, y les ayuda a despertar las esperanza que llevan en su interior. Jesús se acerca a los ciegos y a los cojos, a los leprosos, a los enfermos de toda clase, a los pecadores... Les dice que si quieren pueden curarse... Los abre a la esperanza y, además, les invita a ir con él, a continuar el camino, a ir más allá.
Jesús, sin embargo, ante aquellos que han convertido la religión en una forma de vivir seguros y tranquilos, que su aspiración es mantener esa seguridad, etc. (fariseos, sacerdotes...), a éstos Jesús no tiene nada que decirles.
Jesús, ahora, continúa invitando a la esperanza. A la esperanza en el camino de cada día, y a la esperanza plena de Dios. Una esperanza activa, provocadora, que nos pone en movimiento para que llegue eso que esperamos. Un esperar activo y vigilante, despojándonos de todo aquello que hace oscura y gris la vida y, así, realizar las actitudes que acrecientan y manifiestan confianza, de forma que nuestras relaciones sean liberadas de las falsas representaciones, prejuicios, y se desarrollen dentro de la fidelidad y la confianza.
Vivir esta esperanza significa ser persona de comunión con los demás, testimoniar con signos efectivos y elocuentes, el amor que Dios tiene a todos. La esperanza también tiene que ver con el dónde ponemos nuestro corazón. Porque, donde está nuestro corazón, ahí está nuestro tesoro.
¿Cuál es nuestro tesoro?, ¿qué es lo que nos mueve a obrar y para qué?... Obrar y vivir para conservar nuestro tesoro es lo mismo que cerrarse a lo que ya somos y tenemos, y vivir temerosos, con miedo de que alguien pueda venir a robar. Esto es vivir desesperanzados, sin dar la oportunidad de que algo nuevo, distinto y mejor puede suceder, podamos descubrir, podamos hacer realidad.
San Pablo dice a los Romanos, entre otras cosas, que procedan con decoro, limpiamente, sin chapuzas, trampas, excesos comportamientos todos ellos del desesperanzado, "para por si acaso", coherentes, sin envidias ni rencores...
En el evangelio, Jesús insta una y otra vez a estar vigilantes: velad pues no sabéis ni el día ni la hora. Es una invitación a la vigilancia constante y activa, como respuesta a la responsabilidad (como dueños de la casa) que se nos ha confiado.
La esperanza que nos hace predicadores de la buena nueva no es un vago optimismo, es la fe en que al final podemos descubrir un significado para nuestra vida, significado no impuesto sino que está ahí, esperando que lo descubramos. No hay experiencia más cruel de desesperación que la de una soledad absoluta, la de una persona humana introvertida, encerrada en sí misma. El individualismo radical de nuestro tiempo parece una liberación, pero puede sumergirnos en una soledad desesperanzadora. Solamente juntos podremos atrevernos a esperar en un mundo renovado.
La esperanza rechaza toda resignación o fatalidad. La esperanza cristiana no puede brotar más que del mantillo de la esperanza humana.
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¿Cómo se puede pasar de la esperanza, como sentimiento humano, a la esperanza cristiana, considerada como una virtud teologal, un don de Dios?... Por el salto de la fe en el acontecimiento Jesucristo. Espero, porque creo en este hombre Dios, muerto y resucitado. Creo en este Dios que ha venido, que viene y que vendrá al encuentro del hombre.
La esperanza cristiana no es un simple consuelo para soportar este "valle de lágrimas", sino que unifica, orienta, ilumina y ensancha todas mis esperanzas humanas. Que el Dios de la esperanza llene de alegría y paz vuestra fe, y que la fuerza del Espíritu Santo os colme de esperanza (Rm 15,13). Que nos colme de esperanza el Espíritu Santo, no para quejarnos ni lamentarnos, para culpar a los demás, sino para luchar, para resolver problemas, para aprender de los errores. Del barro de los fracasos, de las limitaciones, de las debilidades, de las luchas y de las caídas podemos sacar provechosas lecciones de esperanza. ¡Esta es una hermosa aventura!
4. El Adviento es de los poetas y soñadores
No se puede admitir que los hombres y mujeres que nos decimos cristianos, vayamos pregonando las trágicas excelencias de la negatividad. Y, siendo así que el derrotismo es contagioso, lo único que lograremos es emponzoñar y ensuciar las bonitas ilusiones de los demás.
Posiblemente, si de verdad nos mostramos optimistas, porque lo sentimos, ese optimismo saldrá de lo más hondo, nos mostraremos atrevidos que no quiere decir imprudentes ni osados, sino decididos, dando la cara, si hay que darla, porque no tenemos nada que ocultar, ni privilegio que defender. De esta forma serviremos de contrapunto a la vulgaridad, medianía y mediocridad e, incluso, a la estupidez de nuestro tiempo.
¡Atención!, es necesario, por otra parte, que regresemos a menudo si queremos aprender de nuestros errores y de nuestros éxitos, a nuestro santuario interior para repostar energías, para purificar nuestra mirada, para descargar nuestras acumuladas reticencias y para aprender la verdadera dimensión de los fracasos y de los éxitos. El silencio nos remitirá a nuestra interioridad, a ese fondo riquísimo de justicia y de amor que Dios ha depositado en nosotros, a ese fondo que nos permite tener un corazón de poeta, aunque nos cueste entonar y expresar su canción.
Porque poeta es el que sabe cambiar las tinieblas en luz;
el que hace germinar flores en campos de piedras;
el que adorna con perlas de alegría los campos de la tristeza;
el que es capaz de que jueguen las fieras con los corderitos;
el que convierte a los hombres en niños;
el que transforma a los niños en dioses;
el que crea un mundo sin guerras, sin odios, sin rencores;
el que riega con su sonrisa las raíces de la ilusión;
el que ve a Dios en una flor, en una puesta de sol, en los ojos de un niño;
el que opone a la tempestad el arco iris de la calma;
el que sabe esperar contra toda esperanza.
(Gregorio Mateu)
La esperanza no está negada a nadie. Como tampoco el soñar está negado a nadie. Todos podemos enfocar la vida desde otra perspectiva, desde otra realidad, siempre con esperanza; con otras palabras y otros deseos.
Navegando, leímos a Eduardo Galeano sobre el nuevo milenio, y nos contaba: ¿Qué tal si empezamos a ejercer el jamás proclamado derecho de soñar? ¿Qué tal si deliramos, por un ratito? Vamos a clavar los ojos mas allá de la infamia, para adivinar otro mundo posible:
- el aire estará limpio de todo veneno que no venga de los miedos humanos, de las humanas pasiones;
- en las calles, los automóviles serán aplastados por los perros;
- la gente no será manejada por el automóvil, ni será programada por la computadora, ni será comprada por el supermercado, no será mirada por el televisor;
- el televisor dejará de ser el miembro más importante de la familia, y será tratado como la plancha o el lavarropas,
- la gente trabajará para vivir, en lugar de vivir para trabajar;
- se incorporará a los códigos penales el delito de estupidez, que cometen quienes viven por tener o por ganar, en vez de vivir por vivir no más, como canta el pájaro sin saber que canta, y como juega el niño sin saber que juega;
- en ningún país irán presos los muchachos que se nieguen a cumplir el servicio militar, sino los que quieran cumplirlo;
- los economistas no llamarán nivel de vida al nivel de consumo, ni llamarán calidad de vida a la cantidad de cosas;
- los cocineros no creerán que a las langostas les encanta que las hiervan vivas;
- los historiadores no creerán que a los países les encanta ser invadidos;
- los políticos no creerán que a los pobres les encanta comer promesas;
- la solemnidad se dejará de creer que es una virtud, y nadie tomará en serio a nadie que no sea capaz de tomarle el pelo;
- la muerte y el dinero perderán sus mágicos poderes, y ni por defunción ni por fortuna se convertirá el canalla en virtuoso caballero;
- nadie será considerado héroe ni tonto por hacer lo que cree justo, en lugar de hacer lo que más le conviene;
- el mundo ya no estará en guerra contra los pobres, sino contra la pobreza, y la industria militar no tendrá más remedio que declararse en quiebra;
- la comida no será una mercancía, ni la comunicación un negocio, porque la comida y la comunicación son derechos humanos; nadie morirá de hambre, porque nadie morirá de indigestión;
- los niños de la calle no serán tratados como si fueran basura, porque no habrá niños de la calle; y los niños ricos no serán tratados como si fueran dinero, porque no habrá niños ricos;
- la educación no será el privilegio de quienes puedan pagarla;
- la policía no será la maldición de quienes no puedan comprarla;
- la justicia y la libertad, hermanas siamesas condenadas a vivir separadas, volverán a juntarse, bien pegaditas, espalda contra espalda;
- una mujer negra será presidenta de Brasil y otra mujer negra será presidenta de los Estados Unidos de América; una mujer india gobernará Guatemala y otra, Perú;
- en Argentina, las locas de Plaza de Mayo serán un ejemplo de salud mental, porque ellas se negaron a olvidar en los tiempos de la amnesia obligatoria;
- la Santa Madre Iglesia corregirá las erratas de las tablas de Moisés, y el sexto mandamiento ordenará festejar el cuerpo; la Iglesia también dictará otro mandamiento, que se le había olvidado a Dios: «Amarás a la naturaleza, de la que formas parte»; serán reforestados los desiertos del mundo y los desiertos del alma;
- los desesperados serán esperados y los perdidos serán encontrados, porque ellos son los que se desesperaron de tanto esperar y los que se perdieron de tanto buscar;
- seremos compatriotas y contemporáneos de todos los que tengan voluntad de justicia y voluntad de belleza, hayan nacido donde hayan nacido, y hayan vivido cuando hayan vivido, sin que importen ni un poquito las fronteras del mapa o del tiempo;
- la perfección seguirá siendo el aburrido privilegio de los dioses;
- pero en este mundo chambón y jodido, cada noche será vivida como si fuera la última y cada día como si fuera el primero (Eduardo Galeano)
5. El Adviento es siempre tiempo de esperanza
«Tener 70 años de juventud es a veces más esperanzador que tener 40 años de vejez» (J. Ward Howe). O, desde otra perspectiva, como decía E. Fromm: «No tengo ninguna razón para el optimismo, pero mi esperanza aumenta día a día». Comenzamos estas reflexiones con la esperanza y volvemos a ella. Insistimos.
La esperanza, no es esperar aguardando a que algo tenga lugar, sino que es una irrenunciable confianza en que algo cambia para bien. Ese cambio no se propiciará desde el exterior, de una forma mágica, como un golpe de suerte, sino como una actividad responsable ejercida por cada uno. La esperanza cristiana pasa a través de genuinas esperas humanas. Queremos, aspiramos, deseamos un mundo mejor y éste no es una promesa a la cual hemos de asistir pasivamente, sino una tarea a realizar, un compromiso, un propósito a cumplir. Cada uno de nosotros, con su actuación responsable, puede crear un mundo nuevo, un orden distinto.
La esperanza no está en la sociedad, en las instituciones y en las situaciones, ni en los credos religiosos, sino en cada uno de nosotros, en ti y en mí... Por todo esto, en este tiempo de adviento, camino de esperanza, conviene poner la mirada en nuestro interior para revisar, evaluar, ser conscientes de cómo va nuestra vida. Pues la vida es tal, cuando tengo en mi boca nombres que provocan respuestas, y salen nombres que dan vida e identidad a los nombrados; cuando tengo en mi corazón sentimientos que me hablan de alegrías y de tristezas, y me permiten experimentar gozos y penas; cuando me descentro y salgo de mí porque me olvido de mí, ya que todo mi corazón esta ocupado por los otros.
Ya ahora, en vísperas de la Navidad, en este tiempo de adviento sin entrar en el discurso del "consumo", pensamos y nos disponemos a preparar algo que rompa la cotidianeidad y que sea expresión de nuestro interior, de nuestros sentimientos, de nuestro deseo provocador, de estar abiertos para los demás, de nuestro querer. Y será el adorno que pone una nota de color, será el alimento que hace especial la mesa del encuentro y nos predispone con una sonrisa ante la sorpresa, por el gozo de algo nuevo que nos permitirá y nos invitará al comentario, el recuerdo y el deseo de saber... Que permitirá y despertará el aprecio, el agradecimiento, la valoración... Siempre será posible el detalle, la novedad que nos indique que somos capaces de la sorpresa, del asombro, que nos anime a desear y soñar, a creer que es posible salir del aburrimiento, de lo mediocre, de la conformidad, de la resignación, del aguantarse, del "no queda más remedio". Y, en último extremo, si ha de seguir siendo como hasta ahora, al menos vivirlo de forma nueva, distinta, y seguro que al vivirlo de otra forma se está abriendo un camino nuevo de solución y de sentido.
Pongamos la mirada en nuestro interior, y descubriremos que todo lo que andamos buscando por ahí, fuera, está en nuestro interior, como le ocurrió al vigía de esta parábola:
Había una vez un castillo rodeado por un vasto desierto. A veces una solitaria caravana se detenía allí; pero, aparte de eso, la vida del castillo era monótona, sin cambios apenas, día tras día. y año tras año.
Un día el rey envió un mensaje: "Estad preparados. Nos han dicho que Dios proyecta visitar nuestro país y que desea detenerse en vuestro castillo. Estad dispuestos para recibirle".
Los oficiales que vivían en el castillo, siguieron las instrucciones del rey. Dispusieron que se pintaran las paredes y se limpiaran las habitaciones, y ordenaron que el vigía permaneciera alerta a cualquier señal de la proximidad de Dios. El vigía se sintió muy orgulloso. Jamás se le había confiado antes una misión tan importante.
Se pasaba el día y la noche en la atalaya avizorando el horizonte, constantemente alerta y atisbando los indicios de la presencia de Dios. Con frecuencia se decía: "¿Cómo será Dios? ¿Llegará con un gran séquito? ¿Vendrá acompañado de un poderoso ejército?"
Absorto en aquellos pensamientos, el fiel vigía pasó semanas y meses observando y esperando, lleno de esperanza, mientras que en el interior del castillo, los oficiales y soldados se había olvidado completamente de la visita de Dios.
Pasados muchos años, el vigía comenzó a sentirse cansado. "¿Llegará Dios alguna vez?", se preguntaba. "¿Por qué tarda tanto en venir? ¿Querrá encontrarse con un pobre hombre como yo cuando llegue aquí?"
Siguió escrutando el vacío horizonte hasta que su vista comenzó a fallar y a duras penas podía moverse, oír o ver. Supo que su fin se acercaba. Tristemente murmuró: "He pasado toda mi vida esperando a Dios. Todo lo que he deseado ha sido verle, pero él no viene. ¿Ha sido vana mi espera?". Entonces llegó hasta él una voz; estaba tan cerca que parecía salir del fondo de su mismo corazón. "¿No me reconoces? ¿No me ves? Estoy aquí, a tu lado, dentro de ti".
El vigía se sintió azorado, pero henchido de alegría. "Dios mío", dijo, "¿sois realmente Vos? ¿Habéis venido por fin? ¿Qué me sucede? Nunca os he oído ni visto llegar. Mas, ¿por qué me habéis hecho esperar tanto?..." Dulcemente la voz respondió: "Desde el mismo momento en que decidiste esperarme, he estado dentro de ti. He estado aquí todo el tiempo. ¿No conoces el secreto? Sólo los que me esperan me verán".
Una maravillosa sensación de paz invadió al vigía. "¡Así que estabais dentro de mí, y yo os buscaba fuera!", dijo. "¡Que necio he sido! Ahora conozco el secreto. Puedo irme en paz" (Pedro Ribes).