NAVIDAD DE UN ENFERMO

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Por Vicente Forcada Comíns, o.p.

NAVIDAD es fiesta de luz, de salvación, de alegría desbordante para el mundo entero. Muchos centenares de miles de personas pasarán las Navidades en el lecho del dolor, aquejadas por la enfermedad, que limitará su movilidad, obligándoles a permanecer en reposo obligado, sin poder compartir con sus semejantes la alegría propia de estos días.

Os ofrezco a los enfermos unas reflexiones cristianas que a muchos nos han servido para la celebración de la Navidad con luz y alegría desbordante, a pesar de los pesares.

Lo primero que hay que tener en cuenta es cuestión de enfoque o de perspectiva. Porque una cosa es enfocar o contemplar la NAVIDAD desde la perspectiva de la enfermedad, y otra cosa muy distinta es enfocar la enfermedad desde la perspectiva de la NAVIDAD. Lo primero es como echar un velo opaco sobre una fuente de luz; lo segundo es proyectar la luz sobre las carencias que lleva consigo la enfermedad, que nos acerca a Dios, fuente de vida y de alegría.

NAVIDAD es el acontecimiento de los siglos que celebra y REVIVE la llegada de Dios a la tierra como Salvador de la humanidad. Para nosotros, los cristianos, ya tengamos salud corporal, ya soportemos cualquier enfermedad, la enfermedad más contraria a la VIDA es la que nos aleja de la vida eterna, de la salud eterna, que es la salvación. Es la enfermedad gravísima del pecado.

Jesucristo, Dios-Salvador nació en Belén en NAVIDAD como "Cordero de Dios que quita el pecado del mundo", o sea, la verdadera enfermedad del mundo.

Cuando el ángel del Señor apareció a José en sueños para decirle que aceptara a María como mujer, porque el niño que esperaba era obra del Espíritu Santo, le explicó: María, tu mujer "dará a luz un hijo y le pondrás de nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de los pecados" (Mt. 1, 21).

ENFERMEDAD es una situación anormal en una persona humana que le priva de su rendimiento habitual y le postra en un estado de pasividad, en el que de ordinario se ve asaltado por la tentación de inutilidad y de tornarse una carga insoportable para los que le rodean. Cuando rezamos el Padrenuestro tendríamos que subrayar la petición de no nos dejes caer en esta tentación. que nos asaltará y nos hará sufrir sin motivo.

Porque los seres humanos somos racionales, criaturas que piensan y que aman. Porque tenemos inteligencia y voluntad, que son la semejanza con Dios que se nos concedió en la creación. La enfermedad, excepto el caso de ser enfermedad mental, no nos priva de pensar ni de amar. Mientras pueda pensar y mientras pueda amar, yo no soy un inútil sino muy rentable para la comunidad humana. Normalmente, el enfermo dispone de mucho tiempo para pensar y para amar. El tiempo, que es un tormento para el enfermo que no piensa ni ama, es un tesoro inagotable para el cristiano enfermo que lo ocupa en pensar y en amar. Pensar y, sobre todo, amar a Dios; pensar en el prójimo y amar al prójimo; pensar en sí mismo y amarse a sí mismo como hijo de Dios y hermano de todos los seres humanos, hijos de Dios.

Son muchos los cristianos enfermos que han descubierto a Dios y han descubierto el sentido de su propia vida en la enfermedad. Por eso hay personas y siempre las ha habido, que han visto la enfermedad como una visita especial de Dios. Han pensado que Dios las ha tenido en cuenta y se ha acercado a ellas en la enfermedad.

NAVIDAD Y ENFERMEDAD

NAVIDAD es presencia de Dios en el mundo creado. Una presencia familiar, de confianza. No viene revestido de la pompa y esplendor de los grandes señores, no como Dios de los ejércitos, sino en figura de un niño que ha nacido en una cueva, refugio de ganados y pastores, sin más cortejo que unos padres pobres, que han ido a Belén para empadronarse como habitantes de la ciudad. Nadie sabe que ha nacido el Mesías. Ni siquiera los miembros del Sanedrín, ni los Sumos Sacerdotes, ni los escribas, maestros de la Ley de Moisés. No se ha hecho propaganda. Unos pastores, alborozados, van a visitarlo, porque dicen que una turba de ángeles les ha avisado que en Belén ha nacido el Salvador, el Mesías, el Señor (Lc. 2, 8-15).

Dios se hace visible en Belén en forma de niño recién nacido, débil y pobre, para hacerse asequible a los seres humanos. Un niño recién nacido atrae y capta la atención de los mayores, sobre todo de los sencillos y pobres, como eran los pastores de Belén. Capta la atención de los que se sienten débiles y enfermos, al ver a Dios, Todopoderoso, reducido a un ser todo-necesitado. "Os ha nacido un niño" (Lc. 2, 11), como si fuera el hijo de todos ellos. Y regresaran a sus rebaños "glorificando y alabando a Dios por lo que habían visto y oído (Lc. 2, 20).

El cristiano enfermo se da cuenta de la limitación de sus fuerzas y necesita apoyarse en alguien que le ayude a llevar la cruz pesada que gravita sobre sus hombros, porque es consciente de que él sólo no puede con la carga. Si derrama la mirada a su alrededor, quizá encuentre buenas ayudas o Cireneos entre los familiares, amigos, o buenos asistentes enfermeros. Pero necesita una seguridad que no le pueden dar los seres humanos, débiles como él. Esta seguridad sólo se encuentra en Dios, que es rico en misericordia, rico en AMOR. Al fijar su esperanza sólo en Dios, sin rehusar la ayuda de sus semejantes, renace en él la mejor medicina, el gozo inagotable y duradero que contagia a los demás y lo sume en la serenidad que le trae la paz, que no puede comprarse con todo el oro del mundo.

LA ESPERANZA DEL ENFERMO CRISTIANO

Se fundamenta en el hecho de que Dios ha nacido en el mundo con ganas de llenar de felicidad a todos los seres humanos que acuden a él. Se trata de conectar con él. El mismo Jesucristo invitó a acercarse a él a los cansados y agobiados. Y nadie más agobiado que el enfermo. "Acercaos a mí todos los que estáis rendidos y abrumados, que yo os daré respiro. Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy sencillo y humilde; encontraréis vuestro respiro, pues mi yugo es llevadero y mi carga ligera" (Mt. 11, 28-30).

Siempre es fácil acercarse a Dios, pues sabemos que no rechaza a nadie. Pero es mucho más fácil acercarse en la NAVIDAD, cuando él ha prescindido de todos los protocolos que le son debidos por la creación entera y se deja encontrar recostado en un pesebre. Acercarse a Belén, en donde no hay listas de espera, en donde sabemos que nos recibirá de inmediato y no le interrumpirán las urgencias.

Acercarse a Belén, en donde se encuentra niño, pequeño y pobre, imposibilitado para muchas cosas, y en donde nos acoge, nos mira y sonríe con cariño.

En Belén encontraremos a Dios, al Mesías, al Salvador y Señor, como lo encontraron los pastores y los magos. Sabemos que entiende nuestro lenguaje, sin necesidad de intérpretes, sin que nadie se lo traduzca. Lo contemplamos pequeño y débil, capaz de sufrir lo que nosotros sufrimos, de tener nuestras mismas necesidades, de pasar por la angustia de la soledad, de estar expuesto a los ataques de los enemigos, como Herodes, que pronto le buscará para matarlo. Expuesto al frío y calor de las estaciones, a las picaduras de los bichos... Lo vemos igual a nosotros en todo. Por eso lo vemos más nuestro, más asequible, más acogedor, más comprensivo.

NAVIDAD Y DOLOR

Dios ha demostrado el AMOR que tiene a la humanidad dándole a su Hijo Unigénito, que tomó carne humana como la nuestra, nació de Santa María, Virgen, habitó entre nosotros y dio su vida por AMOR y con DOLOR por todos nosotros. Toda la vida terrena de Jesús fue una vida de Cruz, que consumó en el Monte Calvario.

El cristiano que sufre dolor físico sabe que el dolor de Cristo tiene valor redentor en la balanza divina. Y piensa que el dolor es signo de amor, del máximo amor. Por eso, cuando sufre, entiende perfectamente a San Pablo, cuando decía: "Ahora me alegro de sufrir por vosotros, pues voy completando en mi carne mortal lo que falta a las penalidades del Mesías por su Cuerpo, que es la Iglesia (Col. 1, 24).

Cuando el enfermo contempla al niño de Belén recostado en el pesebre, o en los brazos de su Madre, lo ve ya en los brazos de la Cruz o sobre la piedra del sepulcro, con los estigmas de la flagelación, de la corona de espinas y de los clavos en pies y manos, de la lanzada que atravesó su pecho... Y piensa: Todo esto por salvarme a mí.

Contemplando al niño de Belén en el pesebre o en brazos de su Madre, se siente llamado a corresponder al AMOR que ese niño le anuncia a través de la vida que ha de pasar sobre la tierra. Y comprende que, si quiere cooperar con Cristo en la obra de la Redención, ha de compartir con Cristo el dolor de la Crucifixión.

Y cree que su dolor, como el de Cristo, no es estéril ni inútil, sino que es dolor que engendra vida, para él y para toda la Iglesia.

El ciclo de las celebraciones navideñas se cierra con la fiesta de la Presentación de Jesús en el Templo. Un hombre anciano y bueno, que esperaba la liberación de Israel fue al Templo, movido por el Espíritu Santo. Y allí encontró a Jesús y a sus padres. Tomó al niño en sus brazos y comenzó a decir cosas calamitosas sobre aquel niño de cuarenta días. Que sería piedra de tropiezo, de caída y levantarse para muchos, y sería una bandera discutida, un signo de contradicción. Anuncio de lucha, de guerra, de dolor, de Sangre. Y mirando a María, la Madre, dijo: "Y a ti, una espada te traspasará eI corazón". Lucha, sangre, dolor.

Nuestra salvación fue comprada no con oro o plata, sino con el precio de la Sangre de Cristo, Cordero Inmaculado, más valiosa que el oro y la plata (1 Pe 1, 18-20)

Belén es para el enfermo cristiano una escuela de oración y de formación cristiana. Una fuente de Vida para el que desea seguir a Cristo. LUZ para el camino que lleva a la VIDA. Lleva a la VIDA POR EL AMOR. El niño de Belén, con su sonrisa, reclama AMOR.

Por eso, el enfermo cristiano hace suyas aquellas palabras de San Pablo, cuando les decía a los Romanos: "¿Quién podrá privarnos de ese amor del Mesías? ¿Dificultades, angustias, persecuciones, hambre, desnudez peligros, espada?. Dice la Escritura: Todo esto lo superamos de sobra, gracias al que nos amó. Porque estoy convencido de que ni muerte ni vida, ni ángeles ni soberanías, ni poderes ni alturas, ni criatura, podrá privarnos en el Mesías Jesús, Señor, ni lo presente ni lo futuro, abismos, ninguna otra de ese AMOR DE DIOS, presente nuestro" (Ro 9, 35-39).