Nuestra Redención tiene una historia que conocemos bien. El tenerla tan sabida predispone a no encararnos nunca con su misterio. Y esa postura estática puede llevar anejo el desinterés, siendo así que no hay nada más interesante que la historia del amor de Dios al ser humano, nada tan apasionante como la irrupción del Ser Supremo en la vida de su criatura.
De nuevo conmemoramos el nacimiento de Jesús.
¿Por qué quiso nacer para redimirnos? He ahí una de las incógnitas del misterio. Sobre todo, ¿por qué quiso nacer después de lo que Dios había permitido que los humanos pensasen de su redentor tras los anuncios de la Escritura? (Génesis, Números, Deuteronomio, Salmos, Profetas, etc.). Los sueños humanos son ampulosos. El sueño preferido es siempre el propio gusto sublimado. ¿Para qué poner límites a las ensoñaciones que promete Daniel (7,13) o Zacarías (6,12)? ¿Tiene sentido desvirtuar esos textos con un nacimiento en pobreza y anonimato? También la Sagrada Escritura y los comentarios exegéticos rodean de una misteriosa grandeza a Melquisedec, cuyo origen y fin se desconocen e incluso se da a su figura un simbolismo mesiánico, y en cambio el propio Mesías no asume ese halo misterioso y atractivo: El quiere un día concreto, en un punto concreto y formando parte de un empadronamiento ordenado por el emperador. "Uno de tantos...", según la carta a los Filipenses.
¿Por qué se hace hombre? La naturaleza angélica ¿no habría sido más acorde con el Verbo de Dios, aun a pesar de seguir siendo receptáculo inadecuado?
¿Por qué vive en Galilea? Nuevo contraste, el Redentor asume el estilo, el acento y la fama de un lugar que para los que le esperaban era frecuente pensar: " ¿De ahí puede salir algo bueno?"
¿Por qué en aquella época ? Con un mensaje nuevo que predicar, con un ansia de redención no circunscrita al pueblo elegido sino a toda la humanidad ¿no habría sido más propio su nacimiento en nuestra época actual, de comunicaciones ultrarrápidas y perfeccionadas?
¿Por qué nace durante un viaje? Todo parece indicar que escogió el procedimiento más antagónico para reflejar su divinidad. Si quería ser hombre, y judío, y aparecer en la tierra a 19 siglos de distancia de Abraham y vivir incluso en la forma que proyectó ¿no habría sido más adecuado aparecer a la edad de su primera visita al Templo, donde su valía humana se manifestó palpablemente? ¿Por qué entrar en la vida con el proceso de una gestación y los límites de un niño recién nacido?
Respuestas tenemos muchas. En todos los siglos siguientes al Nacimiento se han ido buscando, profundizando y matizando, con tal de dar buen alimento a la fe y acercarnos cada vez más al mensaje que conllevan las circunstancias de la Encarnación del Verbo. Y así, ante el interrogante de por qué nace hombre, contestamos que solamente el Hombre puede satisfacer por el hombre. Ante las preguntas sobre la época concreta y el lugar donde vive hasta su predicación a las masas, se pueden aducir testimonios escriturísticos sobre la predilección de Dios por lo inepto o devaluado, y hasta indigno, para sus grandes obras: Gedeón, Ana, Betsabé, Isabel, etc. Unos años antes, cuando Salomón estaba en el apogeo de su gloria ¡qué resonancia habría tenido la venida al mundo del Hijo de David! Pero nos contestamos a nosotros mismos que tenía más sentido iniciar la Redención en un pueblo sometido a la dominación de un gran imperio. También al interrogante de por qué fue concebido, nos resulta dulce responder que para tener una Madre que podría darnos después y, asimismo, para comenzar su paso por la tierra igual que lo terminó, sin figura humana. Y también, decimos, nace para ser acogido, ya que la impotencia de un niño requiere el cuidado de alguien para poder subsistir (tan poco seguro estuvo de que ese alguien existiera que tuvo que confeccionarse primorosamente una mujer única). Quería que el acto primero de su Redención tuviera una acogida en el ser humano que iba a redimir. Luego, su muerte, ya no necesitaría de eso, el rechazo que la originó, no necesitaba de hombres singulares para llevarla a efecto.
He aquí una serie de preguntas y respuestas que podrían resumirse en esta afirmación: Cristo Jesús escogió el procedimiento más elocuente para probar su amor al ser humano. ¿Era preciso que fuera tan duro el procedimiento? También se responde que "Quien más ama, más da" y que el Santo por antonomasia debía realizar exhaustivamente lo que por santidad han definido algunos: "Pérdida total de sí mismo, hasta la indefensión"(D. Barsotti). Posiblemente esta respuesta es adecuada para nosotros mismos, que ante las grandes dificultades de la vida, intentamos vivir aceptándolas lo mejor posible, pero es insuficiente ante el misterio de este Nacimiento. No puede ser resuelto por nosotros, solo puede ser adorado.
Navidad es algo muy grande que cada año llama a nuestras puertas. Al contemplar lo inadecuado del recipiente para el contenido, hemos de aceptar que, en ese Niño, Dios se nos revela en su incomprensibilidad y se nos da en su incomunicabilidad. El misterio crece en la medida en que Dios se revela y se da. Escribió también Barsotti: "En la vanidad de un mundo que es como una sombra y no tiene consistencia, el misterio es la única realidad verdadera en la que el alma siente tener fundamento, ser y vida".
No deja de ser un respiro para nuestras reflexiones, que ninguna de ellas pueda definir ni a Dios ni a la razón de sus obras. Es una causa de felicidad ir comprobando que El está más allá, mucho más allá de todas nuestras intuiciones, que es el maravillosamente diferente y sobrepasador de todo sueño. El Pseudo-Dionisio (De Divinis Nominibus, c.7) escribió que la manera más digna de conocerle es la de "conocerle a modo de ignorancia, en una unión que supera toda inteligencia... saliendo de nosotros mismos".
Esta unión solo se realiza mediante la fe. Ella es la que nos coloca ante el misterio y nos lleva a pronunciar un ¡Dios mío! Que suponga un mío penetrado, personal, vivencial. ¿No dijo R. Guardini de la palabra misterio que "Es un exceso de la verdad, verdad mayor que nuestra capacidad. El hombre ni puede resolverla ni hacerla desaparecer, solo puede llegar a un acuerdo con ella, respirando en ella y echando raíces en ella"?
Todo esto puede resultar farragoso y complicado para intentar explicarnos algo sobre el por qué del Nacimiento. Me parece mejor fijarnos en el qué. Hemos visto un "estilo", en absoluto coincidente con nuestras categorías humanas para adjudicarlo a Dios. Casi nadie aceptó ese "estilo" cuando Jesús lo predicó. El camino que El indicó para seguirle, no sabemos por qué es ese, pero el camino es El y es ese. Tal vez la NAVIDAD llegue cada año con nuevas luces e impulsos para aceptarla en la fácil sencillez de su significado: poner nuestros pies en las huellas de Jesús. Se nos presentan ¡tantas ocasiones para hacerlo! Por ejemplo:
Noche del 24 de diciembre. Todo preparado para la celebración litúrgica y familiar. Adornos, luces, villancicos, buena cena. Pero llama a la puerta una pareja de inmigrantes, ella está en trance de alumbramiento. Piden ayuda.... Independientemente de nuestra respuesta, que puede ser favorable, en el ánimo se dibuja una contrariada exclamación :¡"Qué inoportunos...!"
La misma noche, estoy preparando en mi habitación copias para un villancico nuevo, apenas me queda tiempo para repartirlas antes de la interpretación, y oigo un estrépito en la habitación de mi anciana vecina. Sí, se nota que se ha caído... pero ¿he de acudir ahora...Y el villancico?
También en Nochebuena: El niño pequeño está recitando una hermosa poesía aprendida en el cole: que si el Niño Jesús tiene hambre, que llora de frío, que unos pastores le llevan queso... Los oyentes, tienen sobre la mesa manjares de precios estelares, medio mordisqueados y desechados... pero la emoción de todos es por¡lo bien que lo hace el chico! Casi no saben qué dice, pero ¡lo dice tan bien! Después de los aplausos comienza el "rapsoda" una gran pataleta porque no le regalan lo que estaba esperando. En seguida promesas de que el regalo llegará, sin alusión alguna al contenido de la poesía... ¡Navidad!...
En ambiente selecto espiritualmente, la misma Noche grande, el nombre de Jesús y citas evangélicas suenan sin cesar, los ecos de los reunidos son estremecedores por lo bien profundizados y expresados. ¡El Evangelio, el Evangelio, Jesús, Jesús, que el consumismo ambiental no lo oculten! Pero esas ideas solo son válidas en la práctica para el círculo de los afines, de los amigos, de su gente, en fin. No hay relación con nadie más... No acaban de coincidir en muchas apreciaciones.
¡Es Navidad! ¡Atención! Un nuevo "estilo" se inauguró hace veintiún siglos. Felices nosotros, por ese regalo. Más felices aun si nos decidimos a ser contagiados por él. También esto es objeto de súplica confiada y nuca falla.