Por Martín Gelabert Ballester, O.P.
Ya en la primera Iglesia estaba dicho, y el
Vaticano II lo retomó, que "el Hijo de Dios con su encarnación se ha
unido, en cierto modo, con todo hombre" (Gaudium et Spes,
22). Esto que los cristianos llamamos encarnación, a saber, la unión
de Dios con una criatura humana, no es algo que afecta sólo a un
individuo particular de nuestra historia, sino a toda la humanidad.
Y le afecta porque el proyecto divino sobre esta
historia, el proyecto en el que Dios se ha puesto en juego, es hacer
de todo este mundo como una encarnación de Dios, no sólo en Jesús,
sino en todo. Esto quedará un día consumado cuando, como dice el
Nuevo Testamento, Dios no sea solamente Dios, sino
Dios-todo-en-todas-las-cosas, o sea, la realidad que todo lo
determine.
La encarnación de Dios en Jesús es la
culminación, la plena anticipación y la definitiva puesta en marcha
de este proceso por el que Dios quiere ser todo en todas las cosas.
Esto tiene dos consecuencias. Por una parte, si
con su encarnación Dios se ha unido con cada ser humano, en cada uno
de nosotros hay una dimensión que nos abre a lo divino y que nos une
con Dios. Esta dimensión se actualiza cuando reproducimos
–producimos de nuevo- la imagen del Hijo en nuestras vidas, o sea,
cuando actuamos con los sentimientos, el talante, el modo de pensar
y de vivir de Cristo. Dicho de otra manera: cuando actualizamos
–hacemos actual, vivo y operante- en nuestra circunstancia el
Evangelio de Cristo.
La segunda consecuencia tiene que ver con nuestro
modo de mirar a los otros seres humanos y de relacionarnos con
ellos. Pues si el Hijo de Dios se ha unido con cada hombre, eso
significa que en cada persona es posible encontrar a Cristo. Cada
ser humano es el sacramento, la presencia de Cristo entre nosotros.
Nuestro modo de tratarle, de mirarle, de considerarle, es traducción
del modo cómo nos comportamos con Cristo (y no a la inversa).
Más aún, en nuestro modo de tratar al otro,
manifestamos si hemos comprendido (en la medida en que humanamente
se puede comprender) lo que significa la encarnación. Para tal
comprensión no basta una explicación teórica; es, sobre todo, fruto
de un comportamiento, de un modo de vivir, de una manera de tratar a
los demás. Si les trato como hijos de Dios y, por tanto, como
hermanos míos; si les considero hijos en el Hijo, o sea,
participantes de la encarnación, sólo entonces puedo comprender
plenamente lo que quiere decir que Jesús es el Hijo de Dios. La
comprensión de la filiación divina de Jesús no se da en un campo
teórico, sino al incorporar en mi vida la experiencia de que el
otro, sea quien sea, es un hijo de Dios y, por tanto, un hermano
mío, con todas las consecuencias que esto comporta.
El misterio de la Encarnación tiene que ver con
la solidaridad de Dios con el ser humano. Allí, Dios manifiesta su
amor a los humanos hasta más no poder, hasta el extremo, hasta el
colmo.
Y tiene que ver también con la solidaridad de los
hombres entre sí, en la medida en que este misterio de unión de lo
humano con lo divino se reproduce sacramentalmente (como en una
imagen real) en la comunión de los unos con los otros. Esta comunión
tiene no sólo consecuencias a nivel de relación interpersonal, sino
también a nivel de relación social (o sea, a nivel de relación de
unos grupos con otros, de unas naciones con otras, de unas
religiones con otras).
Si Dios quiere ser todo en todo, eso afecta
también a las estructuras. El cristiano es el responsable de que, en
nuestro mundo, se cumpla esta pretensión divina.