SOBRE EL NACIMIENTO
Salud al César: Yo, humilde y fiel servidor de Publio Sulpicio Quirino, gobernador de Siria, me hallo en esta provincia de Judea para ayudar a las difíciles tareas del empadronamiento general ordenado por Augusto. Acabo de llegar a Belén: un pueblecito insignificante, de casas diminutas y calles retorcidas, estrechas y fangosas. La noche es bastante fría, y al andar se parten bajo los pies los cristales de la escarcha.
A pesar de lo avanzado de la noche, las calles de esta aldea hierven con una inusitada animación, pues el edicto de empadronamiento ha hecho afluir a ella mucha más gente de la que puede contener y albergar. Ello obedece a que, según las normas dictadas, el empadronamiento ha de hacerlo cada judío, no en el lugar de su residencia, sino en el solar de su tribu, linaje o familia. Este pueblo es muy amante de la vida familiar.
Hoy Belén es un pueblecito que apenas puede ya albergar ni contener los vástagos de sus viejos troncos. La casa solar es ya estrecha para sus hijos, como el tiesto de barro para el rosal demasiado fecundo. No es cómodo pasar hoy la noche en Belén. Pero todo puede darse por bien sufrido en servicio de esta gran idea cesárea de meter en un padrón, con número y señas, «toda la tierra habitada». Es bello poder hablar así. Mis labios de romano saborean como una golosina las magníficas palabras: «universus orbis».
Los hospedajes de Belén
Este pueblecito de Belén sólo tiene, para su reducido trajín ordinario de tratantes y ganaderos, un «khan» o caravanera, consistente en una nave de regular espacio, donde gratuitamente se suministra a los forasteros vivienda y abrigo, aunque no víveres, que ellos mismos han de cuidarse de llevar. Como no hay otro albergue disponible, pues las viviendas particulares que en estos días ejercitan la virtud excelsa de la hospitalidad están abarrotadas, y como la noche ha templado bastante, he decidido esperar el amanecer vagando por las afueras.
Por las calles me cruzo, a cada instante, con familias forasteras que van, de puerta en puerta, buscando inútilmente albergue. El marido delante, conduciendo del ronzal una borriquilla diminuta y pacífica, como todas las de Palestina, y encima de ésta el bulto blanco de la madre, cubierta totalmente por un amplio velo, bajo cuyos pliegues tiemblan dos o tres criaturas. Así van oyendo, de puerta en puerta, negativas dulces o melosos desahucios, sin inmutarse nunca.
En las afueras
He salido por las afueras de Belén a respirar un poco bajo la claridad de las estrellas. La noche es bastante despejada. La aldea está toda rodeada de tierras de pan llevar, cubiertas apenas, en este mes, de una pelusa verde. Por eso estos judíos, siempre un poco hiperbólicos, la llaman Bett-lehem -«Casa del Pan»-, y ayer le decían Efrata, que quiere decir «La Fértil». Hacia el Sudeste, sobre una montaña cónica, se recorta en la noche la silueta almenada del castillo de Herodes Antipas. Y en el horizonte casi se divisa al través de las brumas la Ciudad Santa de Jerusalén.
Pastores alucinados
Tienen los contornos y cercanías de Belén una respetable tradición pastoril. En estos campos pastoreó Jacob, uno de los más viejos y respetados patriarcas de este pueblo, y también, antes de ser rey, guardó por estas tierras sus rebaños David, el de los versos y la cítara. El oficio pastoril es, pues, el más extendido y corriente de este pueblo, y así, durante estas largas noches del solsticio, las veredas y cañadas que circundan la aldea están animadas, como de día, por el ir y venir de las rondas de pastores que, de cuatro en cuatro horas, se remudan en la guarda del ganado.
No me ha extrañado, pues, esta noche, el encontrar por las veredas grupos pastoriles que van o vienen, con sus cayados y sus perros. Lo que sí me ha extrañado, por insólito, es encontrar uno de estos grupos que, rompiendo el aire ordinario de estos pausados cortejos pastoriles, lentos y resignados como sus propios rebaños, caminaba rápidamente y hablaba y gesticulaba con una desacostumbrada agitación...
Visita de un ángel
Uno de ellos un vejete de espesas cejas grises y áspera barba fragante de majada casi ha tropezado conmigo. Le he dicho que tenga más cuidado. Se ha inclinado profundamente, ha besado las puntas de sus dedos y ha mascullado unas palabras de disculpa. Me ha sido simpático y le he preguntado entonces qué les ocurría y qué ocasión movía su extraña agitación. Con la uña de su índice, ennegrecida de sus exploraciones venatorias por entre las lanas de su perro, me ha señalado un grupo de palmeras y algarrobos que, a poca distancia, se balancea suavemente. Allí me dijo con firmeza hemos sido visitados por un ángel del Señor. Estos orientales llaman «ángeles» a unas criaturas intermedias, que vienen a ser algo así como nuestros semidioses, ninfas, o faunos. Toda su literatura antigua está llena de avisos y visitas de estos seres celestiales, recaderos y nuncios del Dios de Israel. Me uní, pues, al grupo pastoril y con la mejor sagacidad que pude procuré obtener de ellos la más completa información del caso.
Estábamos proseguía el viejo pastor guardando nuestras ovejas, cuando de pronto todo el aire se inundó en torno a nosotros de una suave y clara luz, como de día. Todos nos sobrecogimos de espanto. Pero, desde el centro de aquella especie de repentina aurora, la voz del ángel nos dijo blandamente: «No temáis». ¿Tanto miedo tenéis a vuestro Dios?, le dije yo. Sí, repuso el pastor, toda luz venida de lo alto nos recuerda la cima inflamada del Sinaí, sobre la que Jehová habló a Moisés, de quien nuestros mayores recibieron la ley grabada en piedra. A Jehová dice el Libro que no se le ve sin morir. A su ángel es justo que no se le vea sin temblar. Pero este ángel bueno comenzó tranquilizándonos: «No temáis.» Y en verdad que podía decirlo sin engaño, porque se había acabado la era del temor, según el anuncio que nos hizo en seguida. «He aquí que os traigo una buena nueva, que será causa de grande alegría para todo el pueblo. En la ciudad de David os ha nacido hoy un Mesías, que es el Cristo Señor».
Transcribo sus palabras fielmente, y estoy seguro que él reproducía fielmente lo que creyó oír en su alucinación. Estos orientales tienen una insospechada fuerza de memoria. Le pregunté quién era el Mesías cuyo nacimiento les había anunciado el ángel tan extrañamente. El Mesías, me contestó, es el Libertador que ha de venir a salvar al pueblo de Israel.
He oído contar, en efecto, por estas tierras que este pueblo vive con la esperanza optimista de un Libertador que ha de venir a sacarle cómodamente y con poco esfuerzo, de su parte, de la continua situación de inferioridad colonial en que viene encontrándose. Es un bello recurso, que hará reír a Roma, éste de abandonar todo trabajo de mejora y administración y arrellenarse en la linda esperanza de un Libertador.
Lo que el pastor me cuenta es interesante. Esta gente cree estar esta noche en el centro y cúspide de la vida judía. Toda la literatura de estas gentes es una literatura de esperanzas proféticas, enfocadas todas hacia ese Libertador que ha de venir un día. Todos sus viejos vates y poetas lo anuncian, lo cantan y lo figuran de mil maneras distintas. Han agotado las metáforas y las imágenes en su loor y su espera. Toda la vida de esta gente es un alba interminable que hoy quiere la fantasía de estos pobres pastores abrir en esplendor de día. Me confirmo cada vez más de que en el fondo de todo esto hay, por lo menos, una interesante información.
Pero ¿cómo es posible, continúo interrogando, que un Rey tan grande y poderoso como el que esperáis venga a nacer en esta mísera aldea? Está escrito, me dijo solemnemente el viejo pastor, que el Salvador de Israel nacerá en la casa de David, y Belén es la casa de David. Me temo que estas gentes alucinadas e imaginativas tomen demasiado en serio esta historieta del Libertador. En el fondo de estos sueños hay dormida una gran fuerza de rebeldía política contra Roma, que bien pueden mover cualquier día, no ya los ángeles inofensivos, pero sí los agitadores de la Sinagoga.
Pero, cortando mis meditaciones, me tranquilizan las palabras siguientes del pastor: Nos dijo también el ángel: «Por esta señal le reconoceréis: hallaréis un niño envuelto en pañales y puesto en un pesebre». Casi no he podido contener la risa. ¡Qué derrumbamiento ha sufrido de pronto la figura del Libertador que me venía dibujando este pobre hombre! No tiene que temer mucho allá entre los tapices de su palacio Herodes Antipas. Su rival ha nacido en un pesebre.
Estos buenos pastores, en contacto continuo con la tierra, el aire, el agua, no extrañan esta paradoja, y los veo muy bien dispuestos a admitir este caso del Rey nacido en un pesebre. Por eso van sin un excesivo asombro, crédulos y sencillos, hacia el prodigio que se les ha anunciado. Llevan a la recién parida, según la costumbre judía de los aldeanos, regalos sencillos y utilitarios: aquél, un par de huevos todavía tibios del montoncillo de paja sobre el que nacieron; el otro, una cantarilla de miel rubia, tapada con un pellejo atado con un cordelillo; el de más allá, una jarra de leche recién ordeñada; el siguiente, un requesón que ya empieza a amarillear de «tan en su punto» como está. Sin que falte un par de pavipollos para el buen caldo de la parturienta.
Gloria y paz
He procurado ahondar todavía un poco más en las revelaciones de mi interlocutor. ¿No añadió nada más el ángel al mensaje ya transcrito? ¿Terminó así el prodigio? No: el pastor de las ásperas barbas blancas creyó oír algo más. Terminado el mensaje del ángel-heraldo se oyó en el fondo de aquella claridad milagrosa como un coro nutrido de voces celestiales que cantaban un cántico suavísimo. Lo recordaba de memoria y lo repetía con ingenua emoción. Era un dístico breve y que decía así: «Gloria a Dios en las alturas y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad».
Un lindo epigrama ciertamente, como para ser grabado en una placa de bronce. Pero un lindo epigrama que suscita mil problemas y consideraciones turbadoras. Porque ¿de dónde ha podido sacar este rústico tan bella sentencia? En un caso de alucinación no existen más fuentes y materiales para construir las imágenes que las que ya duermen de antemano en el espíritu del alucinado. No es fácil comprender cómo este hombre ha podido urdir en su fantasía un cantarcillo tan sobrio y epigramático y, además, tan bello en su paradoja.
Lo desconcertante de este epigrama del pastor barbado, lo que le hace paradójico, doloroso y encantador, es esta originalidad de haber establecido el paralelismo entre una idea de «gloria» y una idea de «paz». No se le hubiera ocurrido nunca a un hijo de la clara y fuerte Roma subrayar con una exaltación de paz un grito de gloria. Un romano hubiera puesto bajo la idea de gloria, como peana y acompañamiento, un estruendo guerrero de cascos y de lanzas, de galopar de caballos y de rodar de carros veloces. ¿Qué vuelo de águilas es éste que subraya un vuelo de palomas? ¿Qué gloria es ésta, hermana de la paz?...
¡Oriente, Oriente: lejano, extraño e inquietante! Tú serás siempre un misterio para nosotros los claros occidentales, que hemos declarado intangibles unas cuantas jerarquías de cosas y de ideas. Como, según dicen ciertos geógrafos, en los horizontes de algunas llanuras, por no sé qué fenómeno visual, se ven las cordilleras invertidas, así, Oriente, mirando hacia ti, todo se invierte y se cambia radicalmente. En ti los reyes nacen en los establos, y la gloria del cielo se apoya sobre la paz de la tierra. ¿Será cosa de que nos riamos o de que pensemos un poco, nosotros, los que no concebimos otro César sino aquel que se agobia de púrpuras, y no comprendemos otra gloria sino aquella, estruendosa de clarines, que se salpica de sangre de hombres y baba de caballos?
El palacio de la paradoja
Pero a todo esto hemos llegado al nuevo y extraño Palacio Real de la Paradoja. Perdonad esta ironía, que no sé si me rebosa de los labios como un auténtico desdén o como un habilidoso disimulo de mi perplejidad. Porque ello es que el palacio del recién nacido Rey, hacia donde estos pastores me arrastran, no se me anuncia con un previo sonar de crótalos ni arpas, sino con un fuerte y acre olor de establo: tufo de ganado, hedor de paja estercolada y húmeda.
Efectivamente, el irónico palacio está cavado en una peña, a modo de cueva o hendidura, como otras varias que hay por las cercanías de Belén, dispuestas para recibir y alojar ganado mayor. Estas cuevas, habilitadas para establos, suelen ser dependencias de la caravanera o «khan» de la aldea, y en ella pernoctan los beduinos y animales de las caravaneras, cuyos amos duermen en aquel otro principal establecimiento.
El establo es bastante espacioso, de forma abovedada y con el suelo de tierra, empapada de malolientes residuos. Hay en la pared, colgada por una argolla, una lámpara de aceite de estas que suelen usar los judíos; una especie de mano de barro, alargada y de graciosas curvas, en cuyo extremo brilla una llamita intermitente, que corona una alta columna de humo lento, espeso y fragante. Toda la bóveda rocosa está, por esto, ahumada y ennegrecida. En el fondo de la cueva, adosada a la pared, hay una larga pesebrera, construida con palos y estacas y dividida en compartimentos como para cinco o seis animales.
El burro y el buey
Cuesta trabajo acostumbrar la vista a esta luz temblorosa y desigual. Mientras los pastores se han aventurado hacia el interior de la cueva, yo, poniendo mi mano sobre los ojos, a modo de visera de casco, he procurado escudriñar las semitinieblas del recinto. A mi vista han ido apareciendo, en un rincón, dos fuertes trazos de sombra, divergentemente oblicuos y unidos por abajo en ángulo, a modo de V.
Poco a poco, mi vista, más perspicaz y adaptada a la media luz, ha descubierto bajo el cononamiento de la V, enhiesta y solemne, el cuerpo largo y huesudo de un asno de más que mediana alzada, cuyas orejas, pacientemente quietas bajo un enjambre de moscas, forman sobre la pesebrera el misterioso ángulo de sombra. ¡Buen hallazgo para una primera exploración por el Palacio de la Paradoja! ¡Buen cortesano del César del pesebre!...
Hacia el otro extremo de la pesebrera mis ojos perciben ahora dos trazos blancos y curvos, graciosos, como el marco de una lira de marfil. Ya esto es, por los dioses, más cortesano y palaciego. Salvo que no es tal lira ni arpa, si ahora mis ojos no me engañan, sino los cuernos de un inmenso buey negro, que está tendido junto a la pesebrera, sumido en una suave modorra, que mueve acompasadamente su cuerpo, hinchado de satisfacción y hartura. Sus ojos adormilados tienen una expresión inefable, y como otra ofrenda de calor y de vida, tiende hacia el pesebre en funciones de cuna sus gordos labios blancos, colgados, como en una fiesta, de tallos verdes y flores amarillas, residuos de su larga jornada de gula sobre los ricos pastos de «la Fértil». He aquí otro dios vencido por el recién nacido cupidillo del pesebre. Porque el buey también fue dios en Egipto, y en Roma, si no dios, amigo y galán de diosas caprichosas y alegres.
La familia
Y luego, en plácida convivencia con aquellos dulces dioses caídos, la familia allí acogida. Una familia en su más elemental y esquemática acepción. La losa triangular, padre, madre, hijo, que, encajando sus puntas y sus ángulos, forma el pavimento del mundo. El padre va y viene, con su turbante y su túnica, ajetreado en recoger los avíos que le traen los pastores y en agradecérselos con pausadas zalemas. Tiene la barba gris y la expresión dulce. La madre apenas se distingue, en el fondo de la penumbra, sentada junto al pesebre. Es un bulto blanco al que las tocas largas dan un perfil como de colina de nieve, de duna de arena, de montoncillo de trigo o lirios blancos. Sólo de vez en cuando las ráfagas discontinuas de la lamparilla dejan vislumbrar el rostro ovalado y perfectísimo; moreno de viento y sol; color de pan, de tierra, de espiga; hermano de todas las cosas mejores y más sencillas. En cuanto al niño... El pesebre es hondo y el niño no se ve. Se le siente, a veces, rebullir como un pájaro en el fondo del pesebre y sobre los bordes tiemblan entonces las pajas de oro que rebosan.
Esto es todo. El Libertador, el Mesías que decían estos zagalones, es apenas un leve temblor de vida entre unas pajas. Y, sin embargo, en torno suyo, como un marco extraño, hay unos dioses orientales y romanos destronados, y unos pastores alucinados que se acercan temerosamente a mirar el fondo del pesebre-cuna, como quien se asomara a un precipicio..., y un funcionario romano que ¿por respeto?, ¿por ironía? no se ha decidido a atravesar los umbrales del establo ni mirar el fondo del pesebre.
Una sola cosa hay evidente, y es que, siguiendo esa inversión oriental de las cosas que antes decía, el triángulo familiar ha dado aquí una voltereta. Porque en todo triángulo, aun siendo perfectos e iguales sus ángulos, uno es el vértice y dos son la base. Y en Roma, el vértice es el padre de familia, argolla de hierro de donde penden, con cadenas de sumisión, como platos de balanza, la madre y el hijo. Pero aquí, en este establo paradójico, el vértice es el niño: el leve rebullir de vida entre las pajas. Y colgado de esa nada, con hilos de adoración y ternura, penden el padre y la madre, como esos dobles tazones con flores que, en forma de serón o alforjas, cuelgan los judíos de un clavo en las paredes de su casa... Esto no tiene que decírmelo nadie; se toca, se adivina. Ese soplo de vida entre las pajas tiene aquí toda la fuerza y todo el empuje. Todo, padre, animales y pastores, va aquí como arrastrado por Él. Él es el pico de este triángulo que se enfila, como una proa, hacia no sé qué rutas desconocidas.
La lógica en el absurdo
Todo cuanto he visto esta noche es una paradoja; pero una paradoja hilada y encadenada con una justeza clara y racional. Todo está vuelto del revés, como el paisaje que se refleja en un lago; pero todo está en orden. Es un absurdo que sean unos zagalones rústicos los primeros en recibir el anuncio de la proclamación de un César; pero este absurdo se convierte a la lógica cuando sabemos que éste es un César especialísimo que ha nacido en un pesebre, que se anuncia con exaltaciones de Gloria unidas a promesas de Paz; que se rodea de la veneración de sus propios padres... Todo está invertido para nuestra mente romana: la majestad cesárea, la gloria, la familia. Todo está irónicamente vuelto sobre sí mismo. Esto es la púrpura de Roma, vuelta de modo que se vean las costuras. Éste es nuestro claro Occidente, reflejado boca a bajo en no sé qué aguas extrañas y purísimas. Si este César paradójico imperase un día, todo se volvería sobre sí, como unas alforjas de cuyo fondo se tirase hacia afuera; en ese reino extraño, los pobres serían los bienaventurados; los pacíficos, virtuosos; los mansos, héroes; los humildes, dioses. En rigor de justicia, éste no debe llamarse, crudamente, un mundo absurdo, sino, con más humildad y sencillez ... un mundo nuevo.
Envío
Salud al César. A vosotros, mis amigos de Roma, yo, fiel servidor de Publio Sulpicio Quirino, gobernador de Siria, os envío estas letras. Son la información llana y sencilla de una noche extraña y misteriosa. Vosotros pensad lo que queráis; pero temo que mañana va a parecerme más vana que antes esta tarea de meter en un padrón, con cifras y nombres, «toda la tierra habitada». Acaso vosotros digáis, mis amigos, que me he contagiado un poco de la alucinación milagrera de estos orientales. Pero yo, que vi la ingenuidad de aquellos pastores y el «no sé qué» de aquel establo, os digo que acaso sea que esta información, como la Paz que el ángel prometía, sólo esté destinada a «los hombres de buena voluntad».
Por José Mª Pemán
La Navidad de Pemán, EDIBESA