NAVIDAD DE UNA CONTEMPLATIVA

Volver a menú principal

Por Ana María Primo Yúfera, o.p.

Navidad es amor

Felicitémonos por el inmenso gozo que nos trae la venida salvadora de Jesucristo. Alegrémonos porque irrumpe en nuestra carne para divinizarla. Inabarcable misterio, ante el cual, la gran familia humana debería quedar muda de asombro, si no hubiera perdido, absorbida por una sociedad de consumo que la tiraniza, su capacidad de admiración, ante un Dios que se hace uno de nosotros y se nos entrega.

Navidad es ese gesto de amor; Navidad es un misterio de pobreza y sencillez; Navidad es una urgencia, un reclamo a pensar si, tal vez, nuestro amor es tan mezquino o tan superficial, que casi ni es amor. Porque amar es compartir, es plantearse el tremendo problema, no sólo de quienes pasan hambre en el Tercer Mundo, sino de aquellos que, más afines a nosotros en nuestra propia familia religiosa quizás, necesitan, de una manera o de otra, nuestra ayuda.

¿Quién no piensa, ante la realidad de un Dios hecho niño desvalido, en los más pobres, en los más solos, en los más tristes?... Hasta la fibra menos sensible de nuestro ser, se conmueve de lástima. Pero no basta; a veces, amar a todos es no amar, en concreto, a nadie. Y no podemos justificar nuestra conciencia cristiana con esta concepción universal y teórica del amor, ni siquiera concretando la caridad en una cesta de víveres que se da a un pobre cercano o en una limosna a Cáritas diocesana...

Navidad nos compromete muy seriamente a los profesionales del amor. Navidad debe levantar ampollas en el alma cada vez que, como contemplativas, nos planteemos el deber de la comunión de bienes. Navidad no podrá ser nunca felicidad –a pesar del mucho dinero que se gaste en felicitaciones– si el amor no es el máximo exponente de nuestra conciencia cristiana.

Que, como decía San Pablo a la comunidad de Tesalónica, «el Señor nos colme y nos haga rebosar de amor mutuo y de amor a todos, lo mismo que nosotros os amamos».

Navidad y silencio

Hay un poema navideño que dice:

«Cuando venga
¡ay! yo no sé
con qué le envolveré yo
con qué ... »

Cuando venga –cuando viene, que es siempre y allí donde encuentra capacidad de acogida– un cobijo de amor y silencio será su mejor envoltura.

Amor apasionado y profundo silencio, porque la pasión cobra hondura cuando logra cierta serenidad y necesita entonces soledad y aislamiento en tomo al alma...

Silencio que no es represión forzada y carente de contenido, sino silencio que vale como condición de la presencia de Dios.

Las contemplativas sabemos que nuestro silencio no es cerrazón, sino apertura; que no debe causar ensimismamiento ni inquietud, sino sosiego y paz; que no es semillero de egoísmos, sino fuente de magnanimidades.

El silencio es la señal de que la contemplativa se mantiene en el amor: un ir diciendo a todos, sin palabras, que la Palabra se ha encarnado en ella; que Dios vive, oculto y misterioso, en su alma. Porque es en los grandes surcos del silencio donde brota esa capacidad de amar que compendia la vida teologal.

Hay silencios de muerte, pero el silencio es vida. Dice Tomás Merton que, ni el silencio –de suyo– es virtud, ni el ruido pecado, pero la confusión y el constante alboroto en un mundo saturado de propaganda, crispado de disputas, de adulaciones y mentiras, están pidiendo a gritos ambientes silenciosos para poder escuchar, para entendemos de corazón, para amarnos un poco más...

«El hombre –dice también Merton– no puede recibir un mensaje espiritual mientras su mente y su corazón están esclavizados por el automatismo».

El silencio es el descanso de la mente en la verdad: un descanso que no es reposo, sino ardiente tensión, suma actividad íntima en el amor. En el fondo, el amor al silencio sólo lo sienten quienes sienten respeto y amor a la palabra, y la transparencia de su palabra nos la garantiza la transparencia de su silencio.

Y he aquí que cuando reinaba un profundo silencio, la Palabra se hizo carne, y acampó entre nosotros.

Mensaje de alegría, de paz, de amor. ¿No garantizará la diafanidad del mensaje la hondura y diafanidad del silencio contemplativo que lo acoja y lo dé a los hombres de buena voluntad?

La Virgen de la Navidad

Dice San Agustín que «nada hay tan bello como el Verbo encarnado». Y comenta un autor moderno que, de haberlo visto una vez, tan imposible sería olvidarlo como recordarlo. Con Cristo Jesús la primavera ha irrumpido en la historia de la humanidad, la Belleza ha tocado la inalcanzable cúspide de lo infinito, la Bondad ha aparecido, suave y tierna en la carne de un niño.

Ha estallado la Luz y la Estrella de Jacob, después de largo tiempo de un clima de espera y tensión mesiánica, ha brillado radiante y esplendorosa.

«Levántate, Jerusalén, y resplandece, pues ha llegado tu luz y la gloria de Yahvé alborea sobre ti». Es la Virgen quien ha hecho visible a nuestro ojos la majestad de la Gloria de Dios. Misterio –admirable comercio, lo llama la Liturgia– ante el que exclamaba también San Agustín: «Tiemblo en cuanto soy distinto; me enardezco de amor, en cuanto soy semejante».

Ante el desvalimiento de un niño pequeño y la infinitud del Poder de Dios, sólo cabe ese profundo e inexplicable sentimiento que es la adoración: fascinación ante el inabarcable misterio del cielo asomado por las pupilas de un recién nacido.

Dios ha plantado su tienda entre nosotros. Ha quedado asegurada la Salvación ante la maravilla extrema de que un Dios inefable, inabarcable e incomprensible, haya querido morar en el seno de una Virgen. Paz y Bendición de Dios nos ha venido por esa aurora virginal «de tiernas rosas y de luz vestida». Ella, fanal de la alborada, limpio Espejo de Dios, nuestra Esperanza iluminada, nos ha introducido en la zona de lo divino por caminos de amor, de fe y de obediencia.

Ella, Madre del Sol sin ocaso, Arca incorrupta de la santidad, imagen que encierra y enamora a su propio artífice, sencillo Trono de Dios, en cuyo seno virginal ha mecido todo su Poder, de quien San Efrén escribió que «lleva el fuego entre sus dedos y con sus brazos abraza la llama».

Ella, regazo caliente, rama espiritual que sostiene el fruto sabroso, el racimo de la alegría inagotable.

Virgen del asombro
de la Presencia viva
de la Delicadeza y la sencillez
del estupor silencioso
de la humildad florida.
Virgen del silencio y
de la adoración;
del secreto acariciado
de la fe robusta
y el abandono confiado.
Virgen hecha a la medida de Dios.

Se ha hecho carne el Verbo y el mundo, sin saberlo –«vino a los suyos y no lo recibieron»– contiene ya lo que puede transformarle.

La Virgen María le ha dado cobijo en su seno y nos felicitamos ante la gran Noticia.

navidad1_copia.JPG (56739 bytes)