¡Feliz pascua!
Y así la muerte se ha convertido en una pascua, en un paso. La muerte, que normalmente cierra la estación de la vejez, y ella misma es vieja cuanto el mundo, da a luz, en su vejez milenaria, a la vida. El sepulcro se convierte en una especie de cuna. Y quien -como las mujeres- se dirige a una tumba, es informado de que el muerto está esperando, impaciente, pero en otro lugar, por el camino...
¡Feliz pascua!, pues. Decir «feliz pascua» equivale a decir: la pascua es tuya, y para ti. Entra, toma todo lo que es tuyo. Todo, en efecto, se pone a disposición de todos.
Celebrar la pascua no significa ser espectadores de este evento inaudito, oír su narración por enésima vez, sino vivirlo juntamente con el protagonista.
Festeja la pascua, quien «toma parte». Nos lo recuerda el texto de la Carta a los romanos (6, 3-11) que se lee en la misa que cierra la gran vigilia. Se trata de morir y de ser sepultados con él (el bautismo no es otra cosa).
Si no estamos «unidos» en su muerte, no podemos estarlo en su resurrección.
El hombre viejo, o sea, el hombre del pecado (el pecado envejece, nos entrega inexorablemente a la muerte), está condenado a la pena de la crucifixión. Y la sentencia ya ha sido ejecutada en el Gólgota.
«Porque habéis muerto» (Col 3, 3). La comunicación del nacimiento, para ser válida, va acompañada del anuncio de la muerte.
La entrada en la vida nueva, el vivir como resucitados, aquí, en esta tierra, sólo es posible si hemos hecho nuestros funerales...
Cristianos, hermanos míos, no nos hagamos ilusiones. El territorio de la pascua no es un lugar exótico, acariciado por el sol, donde podemos pasar unas vacaciones felices, y que alcanzamos sin dificultad «sobrevolando» en territorio donde llevamos cansinamente nuestra vida habitual.
No es cuestión de sobrevolar, sino de pasar a través de.
El «paso» no es facultativo, sino obligado.
Y no podemos cargar con el acostumbrado bagaje de miserias y baratijas, con las dosis acostumbradas de «levadura vieja» (1 Co 5, 7), con los pesos habituales de las costumbres rancias, las preocupaciones de siempre por «las cosas de aquí abajo». Es necesario hacer desaparecer todo esto, dejarlo atrás, sepultarlo.
En la nueva creación se entra desnudos (Cristo abandonó los vestidos de la muerte en el sepulcro, se desinteresó de ellos. La vida no tiene necesidad de reliquias. El viviente deja rastros incandescentes en los corazones), para ponerse el vestido de la luz.
Así pues, Cristo nos pone a disposición tanto su muerte como su resurrección. Pone a nuestra disposición su pascua. Los creyentes realizan, juntamente con él, una «travesía». Solamente si «pasamos a través» de todo el misterio pascual, nos hacemos capaces de vivir.
(Tomado de "Palabra de Dios", SÍGUEME)