PASCUA, FIESTA DE PRIMAVERA

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Por Joyce Rupp

Serás como huerto regado, como manantial, cuyas aguas nunca faltan (Is 58,11).

Disfruto trabajando en el jardín aunque puede ser un trabajo duro. No me importa arrancar malas hierbas; me gusta recoger verduras y frutas, pero no remover la tierra para plantar. Después de un largo invierno, la tierra está muy dura por las heladas y las lluvias. La tierra está muy dura para ser cavada. Se resiste y puede llevar horas de incansable trabajo dejarla suelta de nuevo. Esta parte de la jardinería es esencial para que los brotes salgan fuera. Un jardín que tiene la tierra apelmazada será incapaz de recibir la vida de las lluvias de primavera. El agua se escapará y no penetrará. La tierra movida es esencial para regar un jardín.

El espíritu humano es como un jardín en primavera. Si ha de crecer, debe prepararse. El espíritu humano ha de abrirse para que Dios pueda trabajar en él. Las mentes y los corazones están abiertos para recibir la abundante vida que Dios ofrece constantemente. Esta apertura está en el corazón de la Pascua. Empieza con una tumba abierta. Al lado hay un mensajero de Dios pidiendo a las mujeres que se abran, animándolas a que no se asusten. Escuchan un mensaje: «No está aquí, ha resucitado» (Mt 28,6). Mientras sus mentes y sus corazones luchan por aceptar esta tremenda sorpresa, son como jardines preparados para el riego. Las mujeres abren su corazón al gran anuncio, reciben las palabras de la resurrección como tierra reseca y corren a compartir la maravillosa noticia con otros.

No todos los que caminaron con Jesús están preparados para recibir la increíble noticia. La tierra de sus corazones no era receptiva. Marcos escribe que Jesús primero se aparece a María Magdalena y la envía a decírselo a los otros discípulos. «Ellos cuando oyeron que vivía, y que había sido visto por ella, no lo creyeron» (Mc 16,11). También nos dice que Jesús los reprendió por su falta de apertura: «Finalmente se apareció a los once cuando estaban sentados a la mesa, y les reprochó su incredulidad y dureza de corazón, porque no habían creído a los que le habían visto resucitado» (Mc 16, 14-15). Conocemos la historia de Tomás, que rechazó abrirse a la verdad hasta que tuvo la evidencia positiva. Irónicamente, Jesús retó la resistencia de Tomás invitándole a tocar sus heridas. «Tomás», dice Jesús, «no te cierres, cree, permanece abierto, recibe la verdad». Incluso María Magdalena, que buscaba a Jesús en el jardín, tiene que dejar de lado la idea que se había hecho sobre quién era Jesús. Vio a Jesús pero no le reconoció porque tenía su vieja imagen en su mente. María no podía ver más allá hasta que Jesús la llamó por su nombre y la abrió a su presencia resucitada.

Sin embargo, otra historia pascual nos dice que Jesús se apareció a dos discípulos en el camino di Emaús, pero no lo reconocieron. Estaban demasiado sumidos en el dolor y en sus esperanzas frustradas de lo que pensaban que Jesús haría por ellos y por el mundo: «Nosotros esperábamos que sería el que iba a redimir a Israel» (Lc 24,21). Acontecimientos que no sucedieron como ellos pensaban. «Estaban tristes» (Lc 24,17). Jesús se les apareció y empezó a hacerles preguntas. Gradualmente fueron abandonando sus ideas preconcebidas. Lucas nos cuenta que después de que Jesús les explicó las Escrituras y partió el pan con ellos, «se les abrieron los ojos y le reconocieron» (Lc 24,31). Sus espíritus fueron regados con su presencia amorosa. Por su dolor y pena, les resultaba difícil creer en la historia de la Pascua.

Lo mismo nos puede ocurrir a nosotros cuando experimentamos situaciones de cerrazón. Podemos hacer juicios sobre nuestras vidas y la de la gente y situaciones de alrededor. También podemos tener ideas preconcebidas sobre cómo deberían suceder las cosas. Puede ser un reto aceptar el cambio y nuevas actitudes en amigos, esposos, colegas, clientes, hijos o alumnos. Podemos esperar el cambio, pero, cuando sucede, dudamos o incluso rehusamos aceptarlo. Puede ser tan simple como cuestionar las motivaciones que hay detrás de la bondad o la preocupación expresada, o tan complejo como intentar confiar en la recuperación de alguien que se está rehabilitando de una adicción.

La incapacidad para estar abiertos al cambio y sorprendernos está en todas partes. He notado en el ambiente de Iglesia la oposición directa a expresar la fe en la historia de cambio y transformación de la Resurrección. Algunas personas se encierran en las expectativas de lo que debería ser. Otras se ponen ansiosas y se enfadan porque un nuevo párroco hace las cosas de manera diferente. Por otra parte, algunos sacerdotes se refieren siempre a donde estuvieron antes y a cómo se hacían allí las cosas. Están lejos de las actitudes de la gente de la Resurrección abierta al riego por la gracia sorpresiva de Dios.

Algunas veces tenemos miedo a que, si nos abrimos a una nueva idea, persona o perspectiva nueva, podemos resultar heridos, parecer locos o incompetentes. ¿Qué sucede cuando una persona abre sus emociones y se permite llorar delante de otros? ¿Quién apoya al maestro que mantiene una postura de constante compasión y paciencia con un estudiante rebelde que molesta al sistema escolar? ¿Cómo se abre el personal médico a un doctor cuando intuye que una aproximación radicalmente nueva puede ayudar a un paciente? ¿Cómo los jóvenes padres, preocupados con la falta de dinero, permanecen abiertos a la alegría y a la belleza del crecimiento diario de sus hijos? ¿Cuánta gente rechaza una casa de rehabilitación de drogadictos o criminales en su vecindad? ¿Quién permanece abierto al potencial que estas personas tienen para salir de su pasado?

Podemos padecer falta de apertura hacia nosotros mismos. Dudamos de nuestro propio crecimiento o tenemos expectativas inconfesadas respecto a quienes somos o podemos llegar a ser. Dudamos de nuestra propia habilidad para «resucitar de la muerte» de nuestro pasado. Nos cerramos a la posibilidad de crecer más allá de las cadenas que nos atan o de la historia personal que nos ha hecho daño. Nos cerramos a la posibilidad de que nuestros jardines interiores tienen grandes potenciales para crecer si su tierra es removida y replantada con esperanza y confianza.

Nada impide más la transformación personal que una mente y un corazón cerrados. El cambio no puede tener lugar si nos agarramos a lo que pensamos. Cuando nuestra seguridad está en juego, nos retiramos o luchamos en lugar de escuchar, pensar o rezar, y hablar sobre el reto que tenemos delante de nosotros...

Necesitamos abandonar las preguntas temerosas: ¿Si me abro, seré alimentado y regado?, ¿me dejarán secar?, ¿quedaré vació y desierto?, ¿me llevará el agua de la lluvia que no para?... Parece difícil dejar nuestra inseguridad. Estamos llamados a esperar, a cree con todo nuestro corazón que el crecimiento vendrá. Necesitamos recordar que Dios está con nosotros, regando nuestros jardines interiores. No nos ahogaremos ni nos secaremos. Sólo debemos esperar, con corazón y pensamiento abiertos. Las lluvias vendrán y cuando vengan, cantarán en nuestros corazones el aleluya pascual.

Cuando leemos las historias de la resurrección escuchamos a Dios engatusándonos a abrirnos de la misma manera que la tierra seca lo hace a las lluvias. Escuchemos a Dios:

· Abre tu mente y tu corazón.

· Abandona tus fuertes expectativas.

· Arroja las armas de tu violencia interior.

· Deja atrás tus ideas fijas.

· Vuelve de tus preocupaciones de invierno.

· Abandona tus miedos ofensivos.

· Disponte a sentirte inseguro por un instante.

· Permite que la sorpresa sorprenda tu corazón.

La Pascua es apertura, Dios mimando el crecimiento de la tierra de nuestro espíritu. Dios riega el jardín de nuestra tierra. ¿Estamos dispuestos y abiertos a recibir las semillas de la gracia? ¿Crecerán los verdes vástagos divinos en nuestro jardín interior?...

(Tomado de "Dios-Compañero en la danza de la vida", NARCEA EDICIONES)

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