Por Sor Mª Teresa de Jesús Gil, dominica contemplativa
La tierra estaba mojada de sangre, había hombres tendidos en el suelo muertos, otros terriblemente mutilados con el gesto contraído por el dolor, niños llorando sin que nadie les consuele.
¿Por qué tanta tragedia? Intenté ayudar, y pude enjugar unas lágrimas, curar algunas heridas, escuchar a muchos y oír el estremecedor diálogo de la tristeza. A pesar de todo y con mucha dificultad iba creciendo la esperanza en aquel lugar.
Pasó el tiempo y anduve nuevos caminos, pude ver otras desolaciones. Y de nuevo la pregunta, ¿por qué tanta tragedia? Vi rostros sin sonrisa, de mirada ausente, personas aún vivas, viviendo entre los muertos. Esta experiencia fue más dura porque sentí el latigazo de la duda, ¿es verdad que existe la luz, la vida, el amor?
Oré mucho tiempo, me puse otra vez en camino, pero sin salir de aquel lugar. Este fue el más duro de los senderos, el que me llevaba a la raíz de la vida; me vestí el vestido de mi pobreza, y para que no se me fuera la luz que tenía, elegí del cielo una estrella.
Anduve mucho tiempo, por la noche miraba mi estrella, por el día el cielo azul y decía: está allí aunque yo no la vea. Fue largo el camino interior hacia la raíz de la vida. Y un día descubrí un brote, en un árbol roto y quemado.
¡Fue inesperado! Lentamente mis ojos aprendieron a saber mirar, y comenzaron a ver. ¡Había más, y más, brotes de vida, donde la hierba y las flores habían sido pisadas! ¿Qué extraña potencialidad queda cuando todo está muerto? Recordé que cada primavera surge, a pesar de todo, la vida.
Así, despacio y sin tirones, aprendí a mirar y ver, y vi más: un destello fugaz, en los ojos cansados de todo; la tierra antes llena de cuerpos tendidos, ahora estaba sembrada, muchas heridas curadas. Un soldado que antes llevaba un fusil ahora educa para la paz.
Llegó la noche, y la tierra durmió. Era temprano cuando un hombre comenzó a notar el milagro: su corazón, que era de piedra, sintió el perfume de la mañana, el canto de los pájaros, y la luz. ¿Desde cuándo la mañana era así?... ¿ Por qué no había gozado de ese sencillo esplendor?... Cuando salió de su casa, se dio cuenta que le conmovía el mendigo que vio en la calle; una mujer con un niño que vendía "La Farola"; un joven que tocaba la guitarra cerca de la catedral. ¿Qué pasaba dentro de él? Tendría que tomar medidas. Imposible, era la vida que estaba tomando las células de su corazón.
Un niño, pobre y alegre, fue corriendo y le dijo parándose: ¡eh! Es que Jesús ha resucitado.
Cuando desperté supe que no podría renunciar nunca a ese sueño, porque es una realidad más cierta que el sol, y las estrellas. Jesús ha resucitado y Él hace posible que aprendamos a mirar, para saber ver; y que el corazón de los hombres se transforme en solidario y bueno, receptivo y comunicador para los otros hombres.