Por Sebastián Fuster Perelló, o.p.
Necesito deciros que Dios es bueno, que la Primavera es hermosa, que la Pascua y la Vida empujan una vez más. Necesito enseñaros mi alegría nueva y mi esperanza recién nacida, como los árboles cuentan y cantan sus hojas nuevas de cada primavera, tan iguales y tan distintas, mostrándolas a los demás sin orgullos, sabiendo que es la Primavera la que hace todo en todos.
Nuestra Primavera, nuestra Pascua, nuestra Vida nueva, es Cristo Resucitado, siempre el mismo y siempre distinto para nosotros. Esta Pascua será una nueva fiesta, una nueva alegría, una nueva certeza de que nuestras pequeñas muertes nos traen ya en simiente una gran Vida. De que nuestras encrucijadas, fracasos y discordias, se encontrarán al fin en una gran plaza de la amistad y la convivencia.
Nuestro corazón de cristianos nos dice, con una certeza a la vez indemostrable e invencible, que esto no son palabras ni sueños. El corazón profundo de nuestra fe nos afirma que allá en el fondo hay una savia que sube por nuestras ramas hacia nuestra vida, hacia nuestra existencia concreta de todos los días. El árbol nunca ha visto la savia, pero la siente, la vive, la bebe. Los hombres nunca vemos más que la mitad del árbol, y por eso tenemos de él una idea falsa e incompleta. Así, del hombre no vemos más que la mitad, y nos olvidamos de la otra parte, la que tienen sus raíces en la honda tierra de Cristo, en la ceguera de la raíz, en la firmeza y en la certeza de la raíz.
Que la Primavera Pascual reviente una vez más nuestras secas ramas y haga estallar un nuevo bosque a cuya sombra pueda pasearse el hombre dialogando con Dios y los hermanos.