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1. A lo largo de los distintos ciclos del año litúrgico lo que la Iglesia celebra es el acontecimiento pascual de Cristo. Éste es su contenido básico. Toda eucaristía, toda fiesta, cualquier ciclo, celebran en última instancia la victoria de Cristo sobre la muerte, la Pascua. Pero la Pascua no debe ser considerada como un hecho lejano, como un acontecimiento concluido que duerme para siempre en el pasado histórico. La Pascua personal de Jesús, sí. Él ha pasado de este mundo al Padre de una vez para siempre. Pero nosotros no celebramos sólo la Pascua personal de Jesús, sino la Pascua del Cristo total. Quiero decir con ello que la Pascua de Cristo fue como la semilla la primicia, mejor de una Pascua universal. La transformación radical que se ha operado en él, su paso de una existencia en la carne a una existencia en el Espíritu, debe operarse en todas las cosas, hasta que aparezcan el cielo nuevo y la tierra nueva de que habla el Apocalipsis. Entonces se habrá consumado la Pascua, la Pascua en plenitud. Entonces, por la fuerza del Espíritu, aparecerá la creación nueva, el hombre nuevo, recreado y configurado a imagen y semejanza del Jesús de la resurrección. Por eso digo que la Pascua no es un acontecimiento pasado, pretérito, sino un poderoso proceso de transformación, que cabalga a través de la historia y se prolongará hasta la consumación de los siglos. Todos nosotros, los creyentes, nos vemos implicados y comprometidos en este proceso. Es la fuerza misma del Espíritu del Espíritu que resucitó a Jesús la que impulsa y vigoriza nuestro esfuerzo. Este proceso de transformación no se realizará ni por el camino de la violencia ni mediante falsos recursos de persuasión o proselitismo. Sólo podremos activar la transformación del corazón del hombre y del mundo mediante el anuncio valiente del mensaje de Jesús, mediante la celebración de sus misterios y mediante el testimonio limpio de nuestras vidas comprometidas. Este proceso de transformación universal, cuyo protagonista principal es el Espíritu, se desenvuelve en el tiempo, en la historia. Ésta, sin embargo, no es una plataforma neutra; un simple escenario en el que acaece la acción liberadora y salvadora de Cristo. Hay que decir más. La historia, por la Pascua del Señor, adquiere un sentido nuevo, una dirección clara, un horizonte de luz y de esperanza. La celebración periódica de los misterios de Cristo a lo largo de la historia confiere a ésta unas metas y unas esperanzas nuevas, que la trascienden. 2. Cuando decimos que el año litúrgico celebra la Pascua de Cristo no nos referimos a la muerte y resurrección de Jesús, como si de un hecho histórico aislado se tratara, sino a ese proceso de transformación universal, operado ya en él de una vez para siempre y que culminará plenamente cuando él sea todo en todas las cosas. El acontecimiento pascual de Cristo es, sí, el gesto arquetípico, el modelo y ejemplar de toda transformación pascual. El mundo y el hombre serán transformados en la medida en que se incorporen a la Pascua de Cristo, que es como el fermento o la primicia de la nueva creación. Sólo en comunión con el Cristo de la Pascua es posible vencer la muerte y renacer a la vida, morir al pecado para vivir en comunión de amor y de alianza con el Padre. Por eso es preciso repetir y reproducir sin cesar el acontecimiento pascual de Cristo hasta que el mundo sea transformado plenamente y la historia definitivamente regenerada. Esta repetición debe hacerse de forma periódica y constante, siguiendo el palpitar mismo del tiempo, de los días y de las semanas, de las estaciones y de los años. Esta repetición no es un puro recuerdo psicológico. Al reproducir ritualmente la Pascua de Jesús, a través de gestos cultuales y simbólicos a través de la eucaristía, sobre todo, el acontecimiento se hace realmente presente y actual. De este modo, a través de la celebración ritual, el hombre creyente, la comunidad de bautizados, entran en comunión con el Cristo de la Pascua para compartir, en comunión con él, el impresionante paso de la muerte a la vida. Pero «pasar de la muerte a la vida» no es un expresión poética. Significa vivir en comunión con el Cristo que entrega libremente su vida para la vida del mundo. Significa entrar en comunión solidaria con el mundo de los pequeños y de los humildes, de los marginados de nuestra sociedad, de los pobres, de los niños, de los ancianos, de los enfermos. La comunidad cristiana vive en comunión con el Cristo de la Pascua cuando es capaz de estar presente en el mundo de los humildes y oprimidos, haciendo suyas sus ilusiones y sus esperanzas, compartiendo sus luchas y sus afanes. Así, desde la comunión solidaria, es posible abrirnos a la esperanza pascual, atisbar nuevas metas y nuevos horizontes. Solamente así, en comunión con el Cristo de la resurrección y animados por la fuerza de su Espíritu, nuestra esperanza dejará de ser una pura utopía o un espejismo, para convertirse en una seguridad de salvación. Si Cristo ha vencido a la muerte, todos los que creen en él y comparten su muerte, por la celebración de los misterios y el testimonio de su vida, compartirán también con él su triunfo y su victoria. Ésta es la Pascua que nosotros celebramos a lo largo del año: la de Cristo y la de sus miembros, la nuestra. La Pascua del Cristo total. La Pascua consumada en la cruz y la Pascua definitiva que tendrá lugar al final de los tiempos. Pero, sobre todo, esa Pascua diaria de tantos creyentes que van entregando su vida momento a momento; la Pascua de tantos «mártires» de a pie, de pantalón y mangas de camisa, que no tienen miedo al compromiso y a la lucha solidaria por los pobres. También esta Pascua es celebrada, unida a la de Cristo, como una realidad presente, dinámica y progresiva; como un proceso permanente que va creciendo y desarrollándose de día en día, dando testimonio y extendiendo la comunión fraterna por la palabra y por los sacramentos. Por otra parte, en la medida en que celebremos la Pascua definitiva, anticipando la parusía y la presencia viva de Cristo en todas las cosas, nuestra experiencia del futuro escatológico será más intensa. Con otras palabras: en la medida en que celebremos y experimentemos, a través de las celebraciones del culto, el futuro de la promesa, como alianza con Dios y comunión fraterna, en esa misma medida experimentaremos un mayor rechazo del presente, adoptaremos más claramente una postura de denuncia y emprenderemos una lucha más decidida por transformarlo y regenerarlo. 3. La celebración periódica de los misterios del Señor a lo largo del círculo anual reviste también una dimensión personal importante. Uno se pregunta por qué debemos repetir, año tras año, la celebración de los mismos acontecimientos. Por qué todos los años, al comenzar el ciclo de adviento, se nos invita a vivir en la esperanza y a ansiar con todas nuestras fuerzas la venida del Señor. Por qué todos los años, al llegar la cuaresma, debemos albergar en nuestro interior sentimientos de penitencia y de conversión y, al llegar la Pascua, se nos estimula a vivir en la alegría y en el regocijo. Uno tiene la impresión, digo, de que cada año comenzamos desde cero y volvemos a hacer nuestros, de manera un tanto formalista y superficial, unos sentimientos que, aparentemente al menos, se nos imponen desde arriba, como algo formal y prefabricado. ¿Es esto así? Debo decir que no. Año tras año repetimos y reproducimos el misterio pascual de Cristo, haciéndolo presente y actual. Se nos invita a sentirnos identificados con ese Cristo que se encarna, muere y resucita; y, a través de los misterios del culto, se nos ofrece la posibilidad de compartir con él el paso de este mundo al Padre. De esta forma, año tras año, la imagen viva del Cristo de la Pascua va grabándose más en nuestras vidas, apoderándose de nosotros, transformándonos por dentro. Hasta que la imagen pascual de Cristo llegue a ser plena y definitiva en nosotros. De ahí la necesidad de repetir incesantemente el proceso. Pero no comenzando cada año en el punto cero del año anterior. El rodar del tiempo litúrgico es circular. Pero no se trata de un círculo cerrado en sí mismo, sino de un círculo que progresa y se abre en forma de espiral. Por eso, año tras año, nuestra experiencia pascual es, debe ser, más intensa, y la imagen de Cristo más profunda en nosotros. Todo esto no es sino una exigencia de la condición histórica del hombre, condicionado por el tiempo y por el espacio, sometido a un permanente proceso de evolución y de progreso.
Por José Bernal Llorente
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