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EL TRABAJO ORDINARIO, CAMINO DE SANTIDAD |
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Por Alfonso Rey
Una fuente de energía mal aprovechada
Es evidente que el vapor de agua ya existía desde mucho antes de que James Watt idease la primera máquina destinada a transformarlo en energía; porque ¿acaso no había nubes antes de Watt?... Sin embargo, hasta el siglo XVIII, que fue cuando el célebre físico inglés llamó la atención sobre ella, tal energía de poco sirvió a la humanidad, que no supo aprovecharla como factor de progreso y bienestar. Lo mismo podría decirse de la energía eléctrica, de la atómica y, en general, de todas las energías contenidas en la Naturaleza y, por lo tanto, tan antiguas como ella.
Algo semejante sucedió con el trabajo, tomado en su más amplia acepción, que incluye tanto la actividad del ingeniero como la del peón, la del profesor como la del alumno, la del general como la del soldado, la del poeta como la del futbolista; y la del teólogo como la del sacristán.
Aunque una atenta lectura de los primeros capítulos del Génesis hubiera sido suficiente para apreciar el elevado valor de la actividad temporal, este tesoro precioso hubo de permanecer durante siglos como escondido en las entrañas de un mundo en tinieblas antes de llegar a ser descubierto por el hombre en toda la plenitud de su riqueza.
Fue necesario que llegase la plenitud de los tiempos para que Cristo, la Palabra de Dios, llamase nuestra atención sobre el carácter sobrenatural y la eficacia santificadora del trabajo, que El mismo dignificó en los treinta años de Nazareth.
A pesar de todo, el hecho de que la mayor parte de las almas ávidas de perfección concentrase especialmente su mirada en los tres años de la vida pública del Señor, fue probablemente la causa de que -por lo menos en la práctica- tan espléndido modo de imitar al Maestro quedase relegado a un oscuro segundo término, medio olvidado.
Con facilidad se reconocía valor sobrenatural al trabajo directamente dirigido al apostolado -como el de los misioneros, por ejemplo-, y también al realizado en pro de un evidente e inmediato servicio al prójimo, como el de las Hermanas de la Caridad. En cambio, no sucedía lo mismo con el trabajo profesional de un zapatero, de una cantante de ópera, de un capitán de corbeta o de un jugador de tenis. A éstos se les recomendaba que desempeñasen cristianamente -es decir, buenamente- su profesión, con lo que, desde luego, podrían ganarse el cielo. Pero al que deseaba más, lo normal era aconsejarle la renuncia a la tarea secular -considerada de muy segunda categoría cuando no incompatible con la santidad-, para poder así, libre el alma de cualquier vínculo que la atase al mundo, consagrar a Dios toda la atención y todo el amor.
Hoy, una hora de trabajo es una hora de oración
Ahora, en estos días felices que nos ha tocado vivir, el Espíritu Santo, que «constantemente renueva la faz de la tierra», ha querido llamar de nuevo nuestra atención sobre ese eficaz medio de santidad que el Señor vino a enseñarnos. Y son ya legión las almas que en todo el mundo se sienten llamadas por El a imitar la vida oculta del taller de Nazareth. Es decir, la vida discreta de Jesús, de María y de José.
No a otra cosa se refería S. S. Pablo VI cuando, dirigiéndose a los Superiores de varias órdenes y congregaciones religiosas, les decía: «Hoy los tiempos exigen que el deseo de vivir vida cristiana en el mismo mundo crezca en las almas y se desarrolle; hoy los tiempos exigen la «consecratio mundi», que es tarea principalmente de los laicos. Todo esto sucede porque así lo quiere el Señor, y hay que alegrarse con tan saludables iniciativas».
¡Claro que nos alegramos! ¡Con toda nuestra alma! ¿Cómo no nos vamos a alegrar al comprobar que hoy, como dice el Beato Escrivá de Balaguer, Fundador del Opus Dei, «se han abierto para todos los caminos divinos de la tierra»? Porque ahora ya nadie ignora que para dar al Señor no solamente más, sino incluso todo, no es necesario salirse del sitio que cada uno ocupa en la sociedad. Y, felizmente, ya nadie se escandaliza oyendo decir que «una hora de estudio, para un apóstol moderno, es una hora de oración».
«Todos los fieles -leemos en la Constitución dogmática sobre la Iglesia-, en cualquier condición de vida, de oficio o de circunstancia y precisamente por medio de todo ello, se pueden santificar de día en día siempre que todo eso se reciba con fe de la mano del Padre celestial, siempre que se coopere con la voluntad divina al manifestar a todos, incluso en un servicio temporal, la caridad con que Cristo amó al mundo» (n.41).
El trabajo, un amoroso mandato divino
Al parecer, todo partió de un falso enfoque inicial. Explicablemente obsesionados por las gravísimas consecuencias de lo que Chesterton llamaba el «lamentable incidente de la manzana», incluimos entre éstas al trabajo, por haber leído en la Sagrada Escritura que, al expulsarlo del Paraíso, dijo Dios al hombre: «Por ti será maldita la tierra; con trabajo comerás de ella todo el tiempo de tu vida;... con el sudor de tu rostro comerás el pan» (Gn 3,17.19).
La idea del trabajo quedó de ese modo asociada a la de maldición, pasando prácticamente inadvertido el hecho de que no era ésta la primera referencia -ni la más importante por cierto- que a él se hacía en el libro sagrado.
En efecto, ya en el capítulo anterior, después de narrar la creación de «los cielos y la tierra y de todo su cortejo» y también la creación del hombre, se dice que Dios colocó a éste en «el jardín del Edén para que lo cultivase y guardase» (Gn 2,15). Es decir, para que lo trabajase («Ut operaretur»).
Además, pensándolo bien, ¿qué otra cosa iba a hacer Adán durante todo el día? ¿En qué podría emplear su tiempo? ¿Y podría ser feliz sin emplearlo en nada? Si Dios no se lo hubiera indicado expresamente, él mismo habría descubierto el trabajo, y Eva lo encontraría un cierto día podando las ramas de los árboles o tallando en algún tronco gigantesco la figura de un no menos gigantesco mamut. Y Adán, a su vez, al volver un día a casa con unos fresquísimos peces cogidos por él mismo en cualquiera de los ríos que cruzaban el paraíso, hallaría a Eva tejiendo ilusionada una graciosa guirnalda de flores, mientras la carne se asaba en la brasa. ¿Podríamos acaso imaginarlos felices sin hacer nada en todo el día?
Y es que Dios, que amorosamente había hecho al hombre a su imagen y semejanza, quiso de igual modo que participase en su poder creador. Por eso le llamó a colaborar con El en la germinación de la semilla, en el descubrimiento de la penicilina y del teorema de Pitágoras, en la invención del cine y de la televisión, y en el proyecto del viaje a la luna. Y fue asimismo voluntad del Creador que el hombre, su hijo, le ayudase a plasmar la belleza en obras de arte.
Por eso se ha dicho que «el trabajo para nosotros es dignidad de la vida y un deber impuesto por el Creador, ya que el hombre fue creado «ut operaretur». El trabajo es un medio con el que el hombre se hace participante de la creación y, por tanto, no sólo es digno, sea el que sea, sino que es un instrumento para conseguir la perfección humana y la perfección sobrenatural».
El hombre quedó así constituido colaborador de Dios para la creación del mundo, por lo que trabajar significó desde el principio cumplir un agradable mandato divino. Si alguien le hubiera podido preguntar qué estaba haciendo cuando podaba los árboles, cuando pescaba o segaba los campos de trigo, Adán, lo mismo que cualquier trabajador de nuestros días, podría haberle respondido con toda naturalidad: «Es que estoy realizando un encargo que mi Padre-Dios me ha hecho, ¿sabes?». E idéntica respuesta podría haber dado Eva, mientras ordeñaba las vacas o ponía a cocer los alimentos.
Consecuencia del pecado no es el trabajo, sino el sudor
No es el trabajo consecuencia del pecado, sino el dolor y la fatiga, el sufrimiento que suele acompañarlo.
Es consecuencia del pecado el cansancio de quien se ve obligado a trabajar en condiciones infrahumanas para poder sacar la familia adelante.
Es consecuencia del pecado el dolor de riñones del que tiene que inclinarse sobre la tierra para arrancar de ella los frutos que encierra.
Es consecuencia del pecado la degradación moral producida por ciertos ambientes de trabajo.
Es consecuencia del pecado el horario excesivo que roba el tiempo del que el obrero debería disponer para sí y para los suyos.
Es consecuencia del pecado tener que trabajar en lo que no resulta agradable por no responder a la inclinación y a las cualidades y gustos de cada cual.
Es consecuencia del pecado la discriminación injusta, las puertas abusivamente cerradas, la explotación de menores, el abuso de la autoridad.
Es consecuencia del pecado el comportamiento de algunos profesionales, que atienden mal a quienes -ejerciendo sus derechos- acuden al consultorio o al despacho oficial de aquéllos, para que así tengan luego que acudir a sus consultas de pago.
Es consecuencia del pecado el egoísmo que nos lleva a ir a lo nuestro y a olvidar lo de los demás.
Todo eso, sí, y muchas cosas más, son consecuencia del pecado y de la maldición divina.
El trabajo es una bendición de Dios
Porque si el modo de ganarse el cielo es hacer la voluntad de Dios; y si el mismo Dios dispuso -ya antes de la falta original- que el hombre colaborase con El mediante el trabajo, ¿qué mejor medio de santificación que el cumplimiento fiel de ese amoroso mandato divino?
Y si eso era antes agradable y ahora resulta penoso, no por ello deja de ser, después de la Redención, igualmente santo y santificador. E incluso el sudor, la fatiga, la injusticia, cuando son recibidas y abrazadas por amor a Dios y en unión con Cristo, se convierten en otros tantos tesoros de santidad puesto que «el trabajo hecho por amor a Dios es la participación humana, no sólo en la obra de la creación, sino también en la de la Redención; toda labor, en efecto, comporta una parte de fatiga y de agobio que podemos ofrecer al Señor como expiación por las culpas humanas... Aceptar humildemente esa parte de esfuerzo, que incluso la mejor organización laboral no logra eliminar, significa colaborar a la purificación de nuestra inteligencia, nuestra voluntad y nuestros sentimientos, o sea, devolver al hombre todo aquello que, gracias al trabajo, es susceptible de mejora» (Cardenal WYSZYNSKY).
Y la Constitución pastoral sobre la Iglesia y el mundo de hoy, del Concilio Vaticano II, nos dice que, «si ofrendan el trabajo a Dios, los hombres pueden colaborar en la obra redentora de Jesucristo, quien dio al trabajo una dignidad eminente, trabajando con sus propias manos en Nazareth» (n. 67).
(Tomado de "Santidad en la vida ordinaria", Ed. PALABRA)
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