1. El hoy de Dios
La liturgia diaria del Oficio de lecturas se inicia frecuentemente con la recitación del Salmo 94, en el que se nos dice: ¡Ojalá escuchéis hoy su voz! La Iglesia trata de indicarnos con ello que todos los días Dios nos habla y todos los días Dios se hace presente en nuestra vida invitándonos a participar en su misterio.
Hoy retomamos en el ciclo litúrgico los llamados «Domingos de/ tiempo ordinario». Han pasado las fiestas de Navidad y Epifanía, ha pasado la Cuaresma, la Semana Santa, el tiempo pascual y las fiestas de la Ascensión y Pentecostés. Durante este largo periodo hemos revivido en las celebraciones litúrgicas los grandes misterios que van desde la encarnación del Hijo de Dios hasta su muerte, resurrección y ascensión a los cielos, y envío del Espíritu Santo. Y esa vivencia, sin duda, nos habrá ido identificando más y más con los aspectos más fundamentales del misterio cristiano.
Hoy, como decimos, retomamos la liturgia del tiempo ordinario. ¡El tiempo ordinario en el que Dios santifica! ¡El tiempo ordinario con el que el hombre se reencuentra con Dios y con sus hermanos! ¡El cada día! ¡Las mañanas, tardes y noches grises y sin nombre! ¡El quehacer ordinario y sencillo que no recibe nunca diplomas especiales! ¡El hoy, repleto de gracia de Dios, aunque a penas se perciba! ¡El hoy del Cristo viviente en nosotros, aunque a penas lo advirtamos! ¡El hoy de la palabra de Dios y de los sacramentos que se celebran en la liturgia de la Iglesia sin melodías, sin flores, sin lámparas y sin campanas, pero que nos santifican en la desnudez y sencillez de lo que somos!...
Como la semilla enterrada en la oscuridad de tierra, pero que luego florecerá y dará abundantes frutos visibles, así hemos de vivir el hoy de la gracia en nuestra vida ordinaria. Esa gracia cotidiana, sencilla y silenciosa irá trasformando nuestra vida a imagen de los días ordinarios del Jesús del Evangelio. En efecto, los evangelistas ponen un énfasis especial en los acontecimientos más relevantes de la vida de Jesús, pero también nos cuentan lo que hacía cada día: oraba, predicaba, curaba enfermos, bendecía a los niños, acudía a algunas bodas, socorría a las viudas y a los pobres, perdonaba a los pecadores, comía con sus amigos, en incluso con sus enemigos, atendía a su madre, frecuentaba las casas de sus amigos y dialogaba con todos... Pero, además, se da el caso, de que en los evangelios no se recoge todo lo que hizo Jesús durante su estancia terrena entre nosotros. San Juan escribirá al final de su evangelio: «Hay además otras muchas cosas que hizo Jesús. Si se contaran una por una, pienso que ni todo el mundo bastaría para contener los libros que se escribieron».
¿Acaso todos estos días, llamemos anónimos, por no haber hecho cosas extraordinarias, hemos de considerarlos ajenos al misterio de Cristo que se celebra en la liturgia? Para mí estos días, que no han recogido los historiadores, son los que preparan y explican mejor el contenido de los grandes acontecimientos de su vida. En las etapas de la historia de Jesús ocurre lo mismo que en la nuestra. El cada día nos prepara y decide lo que luego realizamos en ciertos momentos o acontecimientos especiales.
Los domingos que llamamos del Tiempo ordinario son también un tiempo importante. Tan importante, que sin él la celebración integral del misterio de Cristo y su progresiva asimilación por parte de los cristianos quedaría muy truncada y se verían reducidos a puros episodios aislados, en lugar de impregnar toda la existencia de los fieles y de las comunidades. Las Normas universales sobre la ordenación del año litúrgico definen así el significado de estos dominos ordinarios: «Además de los tiempos que tienen carácter propio, quedan 33 o 34 semanas en el curso del año en las cuales no se celebra algún aspecto peculiar del misterio de Cristo, sino más bien se recuerda el mismo misterio de Cristo en su plenitud, principalmente los domingos. Este periodo de tiempo recibe el nombre de tiempo ordinario» (n. 43). Solamente cuando se comprende que el Tiempo ordinario desarrolla el misterio pascual de un modo progresivo y profundo, se puede decir que se sabe qué es el año litúrgico. Quedarse tan sólo con los «tiempos fuertes» significa olvidarse de que el año litúrgico consiste en la celebración durante el curso de un año, del misterio de Cristo y de su obra de salvación en su totalidad. La liturgia del año litúrgico pretende que cada doce meses de nuestra historia personal y comunitaria sea una vivencia progresiva de todo el misterio de Cristo.
2. Organización de la liturgia de estos Domingos
El Tiempo ordinario no constituye, propiamente hablando, un período litúrgico especial, en el que los domingos guardan una relación entre sí en torno a un aspecto determinado del misterio de Cristo. La fuerza del Tiempo ordinario está en cada uno de los 33 o 34 domingos que lo integran, y durante los cuales la Iglesia revive los distintos momentos de la vida de su Señor.
Este tiempo comienza el lunes que sigue al domingo del Bautismo del Señor, fiesta que, a la vez que clausura el período natalicio, inaugura la serie de los domingos durante el año. Por eso, el domingo siguiente al del Bautismo del Señor se denomina domingo 2º del Tiempo ordinario. El tiempo se extiende hasta el miércoles de Ceniza, para reanudarse de nuevo el lunes después del domingo de Pentecostés, y terminar antes de la primeras Vísperas del domingo 1 de Adviento. Los domingos inmediatos a Pentecostés centran su liturgia en el misterio de Dios uno y trino (domingo de Trinidad), y en la presencia permanente de Cristo en la eucaristía (fiesta del Corpus).
El hecho de que el Tiempo ordinario venga a continuación de la fiesta del Bautismo del Señor y de la fiesta de Pentecostés permite apreciar el valor que tiene para la liturgia el desarrollo progresivo, episodio tras episodio, de la entera vida histórica de Jesús, siguiendo la narración de los evangelios. Éstos comienzan con lo que se denomina el ministerio público del Señor. Cada episodio evangélico es un paso para penetrar en el misterio de Cristo, un momento de su vida histórica que tiene un contenido concreto en el hoy litúrgico de la Iglesia, y que se cumple en la celebración, de acuerdo con la ley de la presencia actualizadora de la salvación en el «aquí-ahora-para nosotros».
Por eso puede decirse que la lectura evangélica adquiere en el Tiempo ordinario un relieve mayor que en otros tiempos litúrgicos, debido a que en ella Cristo se presenta con su Palabra dentro de la historia concreta, sin otra finalidad que la de mostrarse a sí mismo en su vida terrena, reclamando de los hombres la fe en la salvación que él fue realizando día a día. Los hechos y las palabras, que cada evangelio va recogiendo de la vida de Jesús, hacen que la comunidad de los fieles tenga verdaderamente presente, a lo largo del año, a Cristo el Señor con su vida histórica, contenido obligado y único de la liturgia.
La reforma posconciliar ha introducido en la distribución de las lecturas del Tiempo ordinario algo importante para lo que venimos diciendo. A partir del primer domingo se inicia la lectura semicontinua de los tres evangelios sinópticos, uno por cada ciclo: ciclo A (Mateo), ciclo B (Marcos) y ciclo C (Lucas), de forma que se va presentando el contenido de cada evangelio a medida que se desarrolla la vida y predicación del Señor. Así se consigue una cierta armonía entre el sentido de cada evangelio y la evolución del año litúrgico. El cristiano, celebrando sucesivamente todos estos pasos de Jesús, hace suyo este camino y programa pascual del Señor, camino y programa que ha de realizarse no sólo en el curso del año litúrgico, sino a lo largo de toda la vida.
En cuanto a las otras lecturas, las del Antiguo Testamento se han elegido siempre en relación con el evangelio y como anuncio del correspondiente episodio de la vida del Señor. Las segundas lecturas no forman unidad ni con el evangelio ni con la del Antiguo Testamento, salvo excepciones. Están tomadas, de forma semicontinua, de las cartas de San Pablo y de Santiago (Julián López Martín).
Por Roberto Ortuño Soriano, o.p.